“El Peo”

Más que alumbrado, parido sin remedio. Más que desarraigado, plantado entre el mortero del empedrado, como una mala hierba. El Peo, alto y rubio, hierba rara en el barrio, hierbajo, sarmiento de raíces aéreas. Qué raras se me fueron antojando las caras y las calles: donde las barricadas de los rojos, puestos de chumbos frescos en las mañanas de verano; y en las tardes de invierno, hornacinas de vírgenes de las angustias, temblorosas a la luz de las candelas. A menudo veo al Peo bajar por las cuestas del barrio, desemboca en la plaza igual que un río seco. Con su faz cadavérica, con su andar de camello viejo. Allí el aljibe lleno de fusiles en la estampida, aquí la huella de la bomba del Carril de La Lona, las Cuatro Esquinas beneméritas, el Huerto del Carlos, la pierna reventada de Frasquito “Berzana”… Por cada yunque y por cada taberna, un chivato sentado en la Plaza Larga. Ya nada queda de eso y es todo un bello decorado. Cuarenta años de paz. Ya ni El Peo vende merca. De esos cuarenta, me pregunto cuántos pasó entre rejas. Pero de aquella desmemoria baja todos los días en silencio, con sus raíces a cuestas. Indiferente a todo, a los fortines encalados y a los jazmines, a los turistas y a las vecinas viejas. Ya nada le intimida al Peo. Ya no intimida a nadie. Cruza delante de la iglesia sin prisa, de los bares, sin prisa, de los bancos, sin prisa. Ni siquiera la metadona lo apremia. Es como si un barco, el mismo barco todos los días, se hundiera una y otra vez detrás de su memoria.

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SUEÑO DE VERANO NÚM. 5

Todo se tambalea, nada es seguro.
Este siglo XXI —muerto en vida que abarrota las calles,
niebla sin suelo, humo entre las horas
firmes que, sin embargo, nos arrastran—,
no se parece a nada:
no ha heredado los ojos que quisimos
ni las manos que nos acariciaron,
en él no habita el resplandor
de los siglos, ni siquiera la huella
de los mejores días por venir
está a salvo
en este siglo descarnado,
hijo de nadie,
padre de nada.
Y se pregunta mi cabeza vieja,
revieja, avejentada,
quién ha proscrito de este siglo el vértigo,
la emoción o el talento,
quién decretó esta línea recta,
quién secó el césped,
quién apagó la luz,
quién disfruta moviéndonos
este puente de mala muerte.
¿O acaso solo es que me hago viejo?
¿Soy solo yo o el mundo
también se hace viejo?
Tal vez si sólo fueran cosas de mi cabeza,
de mi vieja, revieja, de mi avejentada cabeza…
Tal vez si al menos, si acaso, por suerte,
no me entendiera ningún hijo nuestro…

SUEÑO DE VERANO NÚM. 4

Me ha despertado de la siesta el fresco de este octubre que parece que por fin ya se aviene a ser lo que es, desde luego no un mes más del verano abrasador que hemos padecido (y disfrutado). Me he dicho (o le he dicho), ¡ya está bien, octubre, cabeza loca, deja ya de travestirte, deja de jugar a ser lo que no eres, mira a tu alrededor, míranos, todos esperamos el frescor de la lluvia, mira el mapa ajado, mira la pobre tierra gallega cómo se consume por culpa de incendios devastadores y tú ni siquiera ayudas lo más mínimo, octubre, cabeza buque…! Me he despertado en lo alto de la cama, desnudo y sin tapar, y el airecillo frío ha ido soplando como un niño huérfano en cada cala ya sin bañistas: solo la espuma solitaria cerca de la orilla, esa saliva infantil y cruel que el mar escupe después de golpear los acantilados insomnes, impávidos, inconmovibles. Me ha despertado la voz de mi hija en mis brazos, como cuando era pequeña y yo miraba su boca, asombrado por el torrente de palabras y medias palabras con que describía a cada paso el mundo, un mundo nuevo, también para mí. En mis brazos alcanzaba con su menuda mano las uvas de un emparrado frondoso que engalanaba la calle. Sin duda era una noche de verbena, de domingo o de fiesta, al final del verano. Yo le explicaba qué uvas coger, pero las probábamos todas, las blancas y las negras, y todas eran casi dulces en el torrente de su boca nueva, y más dulces eran en mis ojos, que se alimentaban sólo con verla. Me ha despertado la voz de mi hija veinte años después, hablando por teléfono en la cocina, y también me ha despertado la luz fría que se escapaba de su puerta entreabierta, una luz como de invierno o de estrellas muy lejanas, y que inundaba poco a poco mi habitación.

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El verano en Lisboa

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           Una vecina aguanta estoicamente entre los turistas que abarrotamos el famoso tranvía 28 de Lisboa. Nos bajamos en la misma parada y le preguntamos por una dirección, sonríe y nos da toda suerte de indicaciones. Un turista japonés camina desconfiado entre la gente, abrazado a la mochila que cuelga sobre su pecho. Las columnas manuelinas del Mosteiro dos Jerónimos son aún más bellas, si cabe, vistas desde el coro alto de la iglesia. En el avión una mujer nos contó el truco para no hacer cola al comprar los Pastéis de Belém. Callejeamos por el barrio de Alfama entre balcones con macetas y ropa tendida, pequeños miradores desde donde contemplar el mar del Tajo, casas abandonadas o casi derruidas, vendedores de hachís y tascas encantadoras. Hemos llegado al olivo frente a la Casa dos Bicos. No está Pilar, pero sí A semente e os frutos de Saramago, permanentemente expuesta entre una arquitectura espléndida. Por las colinas verdes de Sintra se mueve la niebla al atardecer y baja el frío. Las luces amarillas de las ventanas son pequeños incendios en las fachadas de colores y cada casa es un pequeño Palácio da Pena. Atravesamos como fantasmas los esqueletos del Convento do Carmo y de la pequeña torre Eiffell de Santa Justa, y aterrizamos en Rossio y Avenida da Liberdade, donde los cañones de los fusiles y los tanques dispararon un día claveles rojos. Hemos estado en Lisboa cuatro días. Entre los barrios Alto y Chiado alquilamos un estudio cerca del metro, cerca de la estación de tren, cerca del muelle y de varias paradas de autobuses y tranvías: nada excepcional, porque en Lisboa funcionan bastante bien los medios de transporte y no son caros, pese a la Troika europea. He visto muy poca gente pidiendo limosna en las calles de Lisboa, pero multitud de edificios, hasta en pleno centro, tras cuyos bellos azulejos no había nadie, no había nada. Turistas y vecinos comemos sardinas gordas y sabrosas en plena Rúa Augusta, sin marquesinas ni toldos fijos. La Torre de Belém se mece a la orilla del río, y en Cascais las grutas de Boca do Inferno no dejan de tragarse al Atlántico. Me hago una foto junto a la fea escultura de Pessoa y probamos el café de A Brasileira, los pasteles de A Brasileira, las tapas de A Brasileira, la cerveza, las copas y el váter de A Brasileira.

Nada me ata a nada.
Quiero cincuenta cosas al tiempo.
Con angustia del que tiene hambre de carne anhelo
no sé bien qué:
definidamente lo indefinido…
Duermo inquieto, y vivo en el soñar inquieto
de quien duerme inquieto, a medias soñando.

(De Lisbon revisited (1926), Fernando Pessoa)

     Un grupo de jazz inaugura la noche frente a la estatua de Chiado, en las calles se retiran los vendedores de vasos de melón y sandía, un furgón de los años veinte aparca junto a la acera, abre un lateral repleto de vinilos y CD y comienzan a sonar las primeras notas de un fado. A estas horas las sombras habrán sellado ya el pozo iniciático de Quinta da Regaleira y la alquimia de la noche confundirá las quimeras: la realidad y la utopía, la vigilia y el sueño. La marea atraviesa el delta y penetra en Cais das Colunas, hasta mañana no volverá a verse en ellas el verdín que saludara a tantos navíos venidos de ultramar. El ferry nos lleva a Cacilhas, llena de marisco y barrios humildes. En la otra orilla, sobre los turistas rubios que toman el sol de agosto y sobre el Monumento a los Descubrimientos (Padrão dos Descobrimentos: saudade del imperio perdido) que impulsara el dictador Salazar, un avión cruza el cielo cada minuto. Lisboa está viva, muy viva.

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La cruz franquista de Larrabetzu

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Acudes a ver cómo se derriba por fin la cruz que levantó Franco en memoria de su cruzada y te caen encima los cascotes. Leyendo en Facebook la noticia del derribo de la cruz franquista en Larrabetzu y su fatal desenlace (varios heridos, huesos rotos, etc.), no me sorprende la burla y hasta la crueldad de algunos comentaristas. Destaca uno que dice no poder parar de reír desde que se enteró de la noticia. A pesar de que el tipo usa esa tontada, tan en boga, del karma (en lugar del veterotestamentario y vengativo “¡castigo de Dios!” o de los clásicos “que se jodan” o “que tomen por saco/culo”, menos elegantes, eso sí) no escribe mal, hay que reconocerlo; no tiene faltas de ortografía ni usa palabras groseras o insultos. En unas cuantas líneas defiende el monolito, justifica el franquismo y se ríe de que, para más inri, los castigados por Dios, o por Franco, fueran precisamente vascos. Así, asimila esta desgracia (y a Franco) con la leyenda del Cid Campeador, montado ya muerto a caballo y aun así ganando batallas a base de espantar o apedrear a los moros o a los rojos. Entro perezosamente en su muro dispuesto a buscar y encontrar un rastro, discreto o zafio, de facherío. Pero no encuentro ondeando ninguna bandera con el águila, ningún podemita ardiendo y, ni tan siquiera, una mención a Venezuela. Sólo encuentro enlaces a páginas culturales y fotos de arte. Y todo el contenido es reciente y público. Esto demuestra por enésima vez que ser un malnacido y al mismo tiempo un amante del arte no es en absoluto incompatible. Me acordé de aquellos contactos y amigos míos de carácter, digamos, más vehemente, de izquierdas, y quizá no tan apasionados por el arte, y pensé que probablemente ellos también se hubieran reído si, por ejemplo, se diera el caso de que algún admirador del dictador al ir a quitar una bandera republicana de un balcón, se cayera y se rompiera la tibia y el peroné (que es lo que le ha ocurrido a una de las heridas con el monolito). Me ha dado que pensar porque, si bien no estoy seguro de que me divirtiera mucho la escena, sí lo estoy de no ser capaz de reñirles ni afearles la conducta (al menos no en público) por tan venial pecado. Ya ven, yo me considero cada día más equilibrado (que no equidistante o imparcial) al tratar estos temas ¿éticos? y, sin embargo, los ojos de mis amigos más… ¿exquisitamente correctos? no me ven así. Y es que sé que para muchos (cada vez más) la distancia que hay de unas risas u otras a un imaginario centro ético es exactamente la misma: pero no para mí. Yo soy, por suerte o por desgracia, absolutamente parcial, en absoluto neutral y por eso el centro, para mí, estará siempre más cerca de una de esas dos —hablando metafóricamente— trincheras. No sé si al malnacido del comentario le sucederá lo mismo que a mí, puede que sí.

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SUEÑO DE VERANO NÚM. 3

El coche rueda montaña arriba por una estrecha carretera. A través de los claros y oscuros del bosque que la flanquea, el sol se estrella como un flash sobre el parabrisas. Apenas caben dos coches y la carretera no tiene fin. Un periodista que va sentado en el asiento de atrás exclama: «¡De puuta madre!». Es más de medio día y la mujer que limpia las habitaciones del hotel ha cruzado varias veces el jardín con un bebé en los brazos; sube y baja con él los escalones que llevan del parterre a una terraza, de la terraza a una habitación, de una habitación a otra. Los coches van llegando de uno en uno hasta el hotel: fin y final de la carretera; ahí acaba la extensión del minúsculo universo que a duras penas controlamos: la estrecha lengua de asfalto da paso ahora al bosque impredecible. La mujer cubre la cara del bebé cuando un huésped se acerca a mirarlo y se aleja deprisa, malhumorada. Un hombre la sigue; trabaja también en el hotel. A veces es el hombre el que lleva en sus brazos al bebé. Ambos trabajan limpiando las habitaciones que habremos de ocupar; son extranjeros, parecen árabes. Hace fresco y charlamos en el jardín alrededor de unas cervezas. Uno de nosotros se tumba al sol en una hamaca, contempla los nudos vertiginosos de las nubes. Es un sitio extraño dentro de un día luminoso. La joven pareja que regenta desde hace poco tiempo el hotel nos tranquiliza; él dice tener alguna experiencia, pero hasta el potente sol que luce arriba parece cogido con alfileres en este lugar. Sin embargo, el periodista vuelve a exclamar: «¡De puuta madre!». Almorzamos solos en un extremo del salón. Los precios de la carta son los propios de los confines del mundo; nosotros, los únicos habitantes. Turistas, o montañeros, mañana saldremos muy temprano de ruta. Hemos planeado este día desde hace tiempo, hace meses que reservamos el resplandor de este hotel. Estamos contentos, nada nos lo va a impedir. La mujer del bebé cruza el jardín y entra de vez en cuando en la cocina, ahora está enfurecida. Se oyen voces. Discuten. Algo no va bien. No es un déjà vu porque esto lo hemos visto ya en películas y lo hemos leído en novelas de serie negra: algo irreversible y trágico está a punto de suceder, y no se trata de lo que le pueda ocurrir al cantor engreído que uno de nosotros lleva secuestrado en el maletero (eso no es grave porque canta muy mal). Mientras tanto, atardece más abajo de la casa, junto a la pequeña piscina, a donde no llega ni el trajín ni el malestar del personal del hotel. A lo lejos hay algunas casas y cortijos ajenos al escenario. El cielo es azul y los nudos de las nubes de deshacen ahora lentamente sobre nuestras cabezas. Apenas rompen el silencio el ruido de la depuradora o el vuelo de un mosquito. La calma de la tarde y la temperatura del aire son extremadamente perfectos, demasiado para ser reales. Algunos montañeros se bañan, otros charlan despreocupados. Acordamos coger los coches y cenar en el pueblo más cercano. Pasamos el resto de la tarde fuera. De vuelta al hotel es ya noche cerrada. Dos coches todoterreno de la Guardia Civil llegan al mismo tiempo que nosotros; aparcan improvisadamente junto a la entrada. Todos los números se dirigen rápidamente al establecimiento sin responder a nuestra curiosidad. Llaman al portón y sale el joven dueño a recibirlos. Les describe a dos hombres: uno moreno, el otro muy violento; uno iba de azul, el otro le agredió por la espalda; le han roto la camisa, iban borrachos. Menos mal que algunos nuevos huéspedes lo han defendido; los dos tipos se han marchado escupiendo amenazas. Son familiares de la mujer y el hombre que portaban al bebé con la cara cubierta. Querían que el dueño les pagara, a toda costa, las horas trabajadas a prueba ese día. Se fueron todos; la pareja con el bebé, también. Por fin los ocho números se suben en los dos coches y se marchan: ya tienen la descripción de los agresores. En el salón del restaurante un grupo numeroso espera la cena; son también montañeros o turistas. Nosotros tenemos dos perros pequeños, aún estamos en el zaguán del hotel, comentando lo sucedido. Alguien se acuerda del cantante malo que tenemos encerrado en el maletero y todos nos reímos, pero pronto se nos hiela la risa. El hombre que miraba a las nubes sale al jardín con su hija y uno de los perros pequeños. Van a dar un paseo o a templar los nervios, pero a través de la verja que da a la oscura carretera del fin del mundo ven a dos tipos encaminarse hacia la puerta de entrada del hotel. Uno va vestido de azul, el otro lleva al hombro una escopeta armada que trata de disimular bajo el brazo. El hombre que miraba a las nubes y su hija entran pálidos en el zaguán y nos relatan lo que han visto en la negrura; también al joven dueño, quien llama de nuevo a la Guardia Civil y echa la llave al portón de entrada. Teme que entren. Todos lo tememos. Alguien habla de Puerto Hurraco y también de la Alpujarra profunda, y alguien vuelve a recordar al cantor presuntuoso encerrado en el maletero, y todos nos reímos al otro lado del portón, donde merodea el ángel exterminador, donde ya se sabe que la noche es más oscura que en ningún otro lugar del mundo. Por eso el joven dueño suelta por el parterre al perro grande que hasta entonces tenía encerrado, para que nos avise si se acercan a la cancela el hombre de azul y el hombre de la escopeta armada que merodean por el bosque. De pronto, el perro grande entra donde todos nos congregamos temiendo a los locos de la escopeta y esperando la llegada de los agentes. La bestia olisquea a uno de nuestros perros pequeños y lo ataca, lo muerde ferozmente en el lomo y lo zarandea. El aullido de dolor del animal se mezcla con los gritos de todos los presentes. El joven dueño acude a separar a los perros, le patea brutalmente la cabeza al perro grande y lo saca a rastras al jardín. Balbucea unas disculpas y se escuda en su nerviosismo por lo acontecido con los dos agresores. La tensión va en aumento y ya ni el cantante malo encerrado en el maletero ni el periodista que acaba de gritar «¡de puuta madre!» nos consuelan. La autoridad tarda mucho en venir y mañana hemos de madrugar si los locos de la escopeta no nos han volado para entonces a todos los sesos. Alguien llama al portón. Silencio. El joven dueño mira por la ventana. Son las dos patrullas. Los dos testigos les cuentan lo que vieron a través de la verja. Los guardias discuten con el joven qué hacer y cómo hacerlo. Esto es serio, mucho más serio que el secuestro del cantor petulante encerrado en el maletero. Por fin acuerdan que una pareja se quedará apostada cerca de la casa. Ya son más de la una de la madrugada. La noche en el fin del mundo es fría incluso en verano. Habrá que apestillar las puertas y dormir con una manta la poca noche que queda. Cruzamos el jardín en busca de nuestras habitaciones. Yo estoy ya delante de ella, pero un griterío detrás me sacude y sacude de nuevo el aire. Corro. Corremos todos. El perro grande mantiene en vilo en sus fauces a nuestro pequeño perro. Un corro de gente intenta hacer que lo suelte. Los ladridos agudos y lastimeros no cesan, lo ha mordido por todo el cuerpo, incluso en la boca, y aún sigue con los dientes apretados, sin soltar su presa. El joven dueño tira en vano del perro asesino, lo estruja, lo golpea. Todos los huéspedes han salido del comedor al jardín, algunos gritan, otros se apartan sin querer mirar. El hombre que miraba las nubes descarga de pronto en la cabeza del gran perro un puñetazo que le hace abrir por fin el cepo de las mandíbulas. El pequeño parece moribundo, es un puro lamento. Todo el mundo se olvida por un momento de los locos que merodean afuera. Pero el perro no está muerto. Tantean su cuerpo buscando las múltiples heridas y a cada roce le sigue un aullido infinito. Agua, desinfectante, apósitos, antibiótico… Son las dos de la madrugada. Esta iba a ser la primera de nuestras dos noches en el hotel. Nada podía salir mal, lo llevábamos preparando durante meses… La noche se hace impenetrable y ya se ha colado como una niebla espesa por cada rincón del parterre que rodea los apartamentos, las escaleras que suben y bajan al aire libre y negro, las puertas y terrazas que dan a la piscina y a la hierba. Vuelvo a mi habitación. La puerta está entreabierta y el interior a oscuras. No me atrevo a entrar. Ya no oigo los lamentos del pequeño perro, ahora oigo mi propia sangre latir en el pecho. Registramos la habitación. No hay nadie, no hay nada. También se han esfumado el periodista y el mal cantante. Ya no habrá que poner temprano los despertadores, sino cerrar a cal y canto las habitaciones. El frío del fin del mundo baja del monte y se cuela por todas las rendijas. Intentaremos dormir un poco, intentaremos no despertarnos dentro de ninguno de los sueños que tengamos: sabemos que si lo hacemos puede que no nos guste lo que acabemos viendo.

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SUEÑO DE VERANO NÚM. 2

Estoy sentado en la terraza de una cafetería. Mientras espero el desayuno observo al tipo de la mesa de al lado. Él ha desayunado ya y en el centro del plato vacío ha colocado el tenedor y el cuchillo perfectamente paralelos entre sí, ha dejado sobre la loza varias servilletas de papel usadas pero dobladas de forma impecable y ha barrido el plato y reunido en un montoncito las migas de pan desperdigadas. Todo eso lo hizo antes de que yo llegara, ahora fuma un gran puro cuyo humo, asfixiante y desagradable, flota sobre toda la terraza. Lee el periódico de la casa, lo acapara, y alterna las chupadas al puro con brevísimos sorbos a una taza de café que nunca se acaba y a un gran vaso de agua que tampoco: calada-sorbo de café-sorbo de agua-calada… Sobre la mesa reposa un cenicero de cristal en el que reparte y nivela la ceniza con la boquilla del puro. Hay también un sombrero Panamá cuyo frontal señala perpendicularmente al respaldo de la butaca, el cual está perfectamente alineado con su espalda. Aunque mantiene una pierna cruzada sobre la otra, apenas se mueve para pasar de vez en cuando una página del periódico. Tampoco se le acaba nunca el periódico. Llevo esperando mi desayuno diez minutos o diez horas y el tipo sigue apestando el aire, dando pequeños sorbos al café, al agua y pasando página tras página del periódico. Calza unas impolutas zapatillas de deporte rojas, un pantalón blanco y un polo rojo sin arruga alguna, por supuesto. Por fin viene mi café y mi tostada; comienzo a devorarlos. El tipo lee, repanchingado, cada línea del periódico sin despegar ni un milímetro la espalda del asiento. Es consciente de su perfecta disposición espacial y se deleita en ello. Yo también soy consciente, y eso me irrita cada vez más, tanto como su ritual de caladas y sorbos. Acabo de desayunar y pido mi deseo: quiero que una nube se pose en su vertical y lo deje completamente empapado, perfectamente empapado; que le desbarate su perfecto peinado, que le arrugue el niqui, que le desajuste todos los ejes de simetría de su vida y, sobre todo, que le apague el puro. De pronto aparece en escena un arzobispo. Tiene ademanes garrulos, pero viste pamela y traje de cola rojos. Le da una calada cómplice al puro y el del puro ni se inmuta, y acto seguido nos hace un truco de magia. Por los túneles triangulares de sus grandes y sedosas mangas aparecen varias palomas que no son sino varios Espíritus Santos. El del puro aplaude: ahora es un oficial de las SS en un teatro parisino de varietés. De pronto truena y el agua cae a cántaros sobre el arzobispo, sobre el del puro y sobre las palomas. No pueden moverse, son avispas en una piscina y yo no voy a mover un dedo por salvarlos. Observo la escena ataviado con un traje militar de la Gran Guerra, llevo un casco prusiano, un pickelhaube de pincho brillante. Pero no soy prusiano, sino que pertenezco a la resistencia francesa de la Segunda Guerra. Estoy en una trinchera, en la trinchera opuesta; el barro y las ratas me cubren las botas, escupo y declaro que hace tiempo que dejé de creer en la simetría. Una amiga de Facebook que aparece por allí, me riñe, me despierta y evita que se ahoguen las avispas. Me habla de la reciprocidad, de la ecuanimidad y de la humanidad, y me recuerda que yo también fumo. “¿Y qué, para eso me has despertado?”, le pregunto.”Me cago en la simetría y me cago en Dios”: me quejo mientras tanteo el suelo en busca de la zapatilla perdida, la zapatilla asimétrica.

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SUEÑO DE VERANO NÚM. 1

«Después de cenar nos reunimos todos en la oscuridad de la terraza. Todos menos él. Yo estoy tumbado en una hamaca; sobre mis párpados flotan las rutas invisibles que trazan las estrellas. A medida que la luna asoma tras el tejadillo nuestra piel adquiere la palidez cérea de los reclusos. La expectación es una mancha de aceite que nos va inundando en el silencio de la noche. No soy el único absorto en el suave bamboleo de la cortina que da paso a la terraza. Tememos que el miedo irrumpa en escena y nos atrape irremediablemente, como sentados en una butaca de palco. Él aparecerá, todos lo sabemos. No puedo recordar cuánto tiempo hace que mi hermano perdió la cordura. O quizá no quiera saberlo. A menudo eludo la palabra locura, como si la elusión, por sí misma, ya fuese un conjuro capaz de protegerme. Pienso en esto mientras la angustia me va calando como un sirimiri sin poder desclavar los ojos de la cortina. De pronto ésta se abre. Durante un instante, el temor da paso al alivio, esperando por fin ver la mueca de su sonrisa, esperando por fin que todo acabe. Él avanza dos pasos y, al salir de la penumbra y recibir la luz lunar, un escalofrío me traspasa: veo en él mi propio rostro y mi propio cuerpo, me veo a mí mismo como si se tratara del hermano gemelo que nunca tuve.»

Este fue el primero. El sueño de mi hermano era idéntico, aunque fechado un día después. El médico quería que los anotáramos antes de que se nos olvidaran. Decía que esa terapia haría que pronto voláramos de allí.

Cómo hace el pequeño cocodrilo

Cómo hace el pequeño cocodrilo (1998) Leonora Carrington

¿Qué será el infinito?

Ya hace 32 años que un hombre sentado en el patio mira al infinito y no logra verlo. El sol de la tarde proyecta la sombra de la casa a sus pies. Parece una frontera, recta y poligonal, como esas fronteras africanas del atlas —piensa. El hombre mira hacia atrás sin mover los ojos, vuelve a buscar el infinito y se pierde pensando en cosas que ya no recuerda bien. Quizá el infinito sea eso, las cosas que ya no recordaremos nunca, quizá se parezca al olvido —piensa. La tarde avanza y lo envuelve en sus sombras. Ya está dentro, envuelto en el tiempo de, por ejemplo, esa tarde. La casa, la sombra de la casa y el hombre se confunden. Son como gotas de mercurio que se unen en la palma de la mano. El hombre respira pausadamente y de su boca salen los días y los años como pequeñas bocanadas de humo, o como nubes infantiles, o tal vez son blancas y perezosas mariposas. Aún no se han encendido las luces del verano y el patio queda en penumbra. La pequeña hamaca de playa donde se sienta el hombre es un bote que se aleja más y más de la orilla. A medida que se adentra en el mar, a medida que pierde de vista la tierra, todo lo ve más claro. El infinito debe de ser eso, aquello que ya nunca va a suceder, las cosas que ya nunca pasarán, ¿qué, si no? —piensa.

El paraíso y los chirimoyos

Cuando era chico me pasaba horas mirando los dibujos de las enciclopedias antiguas que andaban por casa. Me gustaban sobre todo los que ilustraban pasajes de la “Historia Sagrada”: las alas del ángel de la Anunciación y los rayos de luz divina trazados con simples líneas rectas a plumilla; el porcino descomunal en la frente del gigantón Goliat abatido por la pedrada de un mequetrefe (como debía de serlo yo con mi gomero por el Huerto del Carlos de mi barrio); el infierno y el demonio tridentino con cuernos y alas como las de Batman; la enorme caldera donde se cocían por toda la eternidad a fuego vivo los malos cristianos de pecados capitales inconfesables… Pero los que más me gustaban eran los dibujos del Paraíso Terrenal, del Edén. Eva con ese pelazo (rubio, seguramente) tan bien dispuesto sobre su delantera, y ese Adán escultural y torpe, pobrecito mío, castigado para siempre a pagar facturas o evadir impuestos a causa de un solo desliz, un solo bocado de manzana prohibida (qué buena estaba Eva y qué mala, malísima, era). En el Paraíso no se veían ni elefantes ni jíbaros, ni monos ni lianas (craso error). A lo sumo se veía algún avecilla o algún  pavo real, todo muy light, pero yo los imaginaba. Era lo razonable en una selva. Si había una serpiente gorda, (una boa, seguro), ¿por qué no iba a haber un cocodrilo como en las películas de Tarzán? Casi todo era en blanco y negro, así que el color se lo fui poniendo yo poco a poco, a medida que mi padre me completaba el álbum de Vida y Color traficando con otros padres en el kiosco del Chalo de Plaza Nueva. A esto también contribuyó lo suyo una postal que mi abuela nos mandó desde la playa aquel verano de 1969 y que mi madre dejó, como la foto de la prima de Madrid, durante muchos meses apoyada sobre una de las tazas del juego bueno de café que nunca se usaba. En primavera, con seis años, yo había hecho ya la Primera Comunión y, por supuesto, me había leído el catecismo de cabo a rabo. No sé si habrá sido bueno o malo para mí, pero con cinco años yo ya sabía leer, según mi madre. En la postal se veía un paisaje tropical, o subtropical, a vista de pájaro, seguramente de chirimoyos junto a una playa dorada y absolutamente despoblada, y un mar de un azul tan compacto y polinésico que sólo faltaba la figura de un náufrago para ser perfecto o, en su defecto, las de Adán y Eva todavía en pelotas y cogidos de la mano. Detrás de la foto, alguien con cuidada caligrafía había escrito: “Querida familia, os mando este recuerdo desde el paraíso. Feliz verano, 1969”.  El Paraíso. Eso fue para mí en aquel tiempo el Paraíso, una postal de la costa de Motril que la señorita Pepitina, la hija de los señoricos para los que trabajaba como criada mi analfabeta abuela, habría escrito amablemente para nosotros, los hijos y nietos de la chacha. Se me olvidaba decir que mi madre siempre contestaba a mis preguntas indiscretas (“Mamá, ¿dónde está el infierno?, mamá, ¿dónde está el Paraíso?, mamá, ¿dónde está el abuelo?…”) con la misma respuesta: “En el Cielo, hijo”. Todo lo que no sabíamos dónde estaba, resulta que estaba en el Cielo. Y a mí me parecía una proeza que el Cielo aguantara tanto, sobre todo que aguantara el peso del Paraíso, que debía de pesar mucho con tantos animales grandes. Eso también hizo que lo mitificara más aún, que el Paraíso fuera el no va más para mí. El caso es que nunca abandoné ni olvidé ese paraíso, ni ningún otro de los que me fui fabricando con el tiempo. Por ejemplo, últimamente habito otros, digamos, en el extremo opuesto al mar, es decir, en la montaña. Y es curioso que algunos tengan nombres tan contrarios a lo que se esperaría de las parcelas de un paraíso: Cuesta de los Presidiarios, Refugio del Calvario, Cuesta del Desmayo, Río Valdeinfierno… Pero no importa porque ya se sabe que los paraísos no están en el mismo lugar todo el tiempo para todo el mundo, ¿cómo iba a ser la sierra un paraíso para los presidiarios, los maquis, los arrieros, los mineros, los pastores…? Hasta el Paraíso dejó de serlo para Adán y Eva. La sierra es ahora un paraíso para mí porque voy de turista, por puro placer, casi como un pijo comparado con las gentes que la han poblado a la fuerza o la siguen poblando porque allí está su vida o su trabajo. Y es que el paraíso no está a menudo donde uno lo busca, sino donde uno lo encuentra (y juro que esto no lo he leído en ningún azucarillo, al menos que yo recuerde, pero es una verdad como un templo). Aunque siempre haya que buscarlo para encontrarlo, eso es de cajón. Hay, sin embargo, otras formas de paraísos que no necesitan de viajes ni apenas de dinero. Son parecidos al de la postal de chirimoyos de 1969 (que ahora guardaré yo en algún baúl de mi casa) y se alimentan y crecen con un poco de atención. Abrir un libro y leer la primera frase, y luego otra, y otra, y otra más, como si diéramos pasos en la orilla hasta zambullirnos por completo en ese mar ajeno y hacerlo nuestro, es otra forma de habitar un paraíso. Temporal, sí. Se termina, se acaba, de acuerdo. Pero, ¿hay algo que no se acabe acaso? Y además, hay tantos libros por leer, tantas chirimoyas y tantas veredas por andar… ¡Foh!

Pecado original