Exorcistas

En mitad de Plaza Nueva, Granada, uno de los muchos guías turísticos que trabajan por allí relata por enésima vez la historia de Bernardo, el último verdugo de la Real Chancillería, a los atentos turistas que lo rodean y, por supuesto, no se olvida de enfatizar las andanzas de su fantasma por los pasillos de este palacio que, dicho sea de paso, ha sido, y sigue siendo, el lugar de trabajo de un servidor (servidor público) durante más de 20 años. Nuestro cicerone también afirma que, en 5 años, son 16 los trabajadores que se han procurado la baja médica aquejados de “fantasmitis” (no lo expresa así, pero esa es la idea). Yo, que no debo tener las capacidades sensitivas necesarias, o no muy bien afinadas, jamás vi a dicho fantasma, o no lo reconocí (quizá no vestía en esa ocasión su capa y su sombrero de ala ancha). Por allí, sin embargo, he visto a otros fantasmas, pero vivos, muy vivos. En fin, a lo que vamos: Que he recordado que, no hace muchos años, ante la inminente inauguración de uno de los juzgados mixtos de esta provincia, cabecera de partido para más señas, y ante la negativa de la superioridad judicial a que la Iglesia bendijera el edificio, la jefa de personal (antes llamadas Secretarias Judiciales y hoy Letradas de la Admón. de Justicia) compró en “los chinos” un pulverizador, lo rellenó con un cuartillo de agua, se fue a que el párroco se la bendijera y, acto seguido, salpimentó de santidad todos los rincones del juzgado ante la vista atónita del personal.
No dispongo de la estadística de bajas por fantasmitis correspondiente a ese juzgado, pero si fuera abultada “se sabría”, como dice el chiste; lo mismo que, al parecer, se sabe la de la Chancillería. De manera que he aquí el posible remedio: el cura de la iglesia cercana de Santa Ana (o el de la Virgen de las Angustias, que es más potente), hisopo en mano, pulverizando bancadas fiscales y poltronas magistrales o, en su defecto, Juan, el compañero que barre y tiene el palacio espercojado, haciendo flis flis por los rincones. También nos valdría un magistrado (que además saben latín) de toga negra y puñetitas blancas llevando a cabo el exorcismo. Más que nada por la puesta en escena, tan parecida a la eclesiástica.
Y es que todo sacrificio es poco por la salud y el erario públicos.

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Maturanas

El féretro reposa frente al altar sobre una mesa plateada y brillante con ruedas. Cuando la ceremonia termina, un operario empuja la mesa con el ataúd hacia la salida de la iglesia, donde espera un coche funerario impoluto y perfectamente equipado para albergar la caja. Basta una sola persona, con la pericia que da la rutina del trabajo, para culminar bien la maniobra. La presión de su pie sobre un pedal hidráulico de la mesa alza el ataúd a la altura del coche. Un dispositivo hace que la parte delantera de la caja ruede suavemente hasta introducirse casi por completo en el coche, después separa la mesa rodante y, con un leve empujón, el féretro rueda hasta dentro del vehículo, ancla la parte posterior de la caja para evitar que se mueva con los baches o los vaivenes de las curvas, mete dentro las coronas de flores y cierra la puerta. Todos los asistentes observan en silencio la operación, solo se oyen los ruidos inevitables, el deslizar de la caja, el broche metálico de los cierres, las ruedas de la mesa rodando sobre el suelo, alguna tos y las primeras gotas de lluvia rebotando en el barniz brillante del féretro. El coche es eléctrico, no hace ruido ni despide humos, y la comitiva lo sigue a pie hasta el lugar de sepultura. Todo está perfectamente medido y estipulado después de la muerte, cada acción de los operarios, cada pauta de la ceremonia final. Al llegar al sitio sucede con éxito la operación inversa. Un vehículo montacargas espera a la comitiva. Carga perfectamente el féretro y lo eleva, en varios movimientos precisos, a la altura justa del nicho. Dos operarios acaban la faena con una artesa de cemento y una paleta de albañil. De nuevo todos los asistentes observan en silencio durante 10 o 15 minutos cada una de las maniobras efectivas de los operarios, como si supervisaran cada giro del montacargas, cada paletada de cemento, como si cada una de esas acciones mecánicas fueran por sí mismas parte de un último homenaje (tal vez el único recibido en vida), como si cada movimiento certero de los trabajadores, o cada corona de flores que es quebrada y empujada hacia dentro, o cada exacta maniobra del conductor, estuvieran dotadas de una extraña solemnidad. Nada que ver con esa ambulancia que llega sin médico al domicilio, con un solo conductor que también hace de camillero, que saca de la cama como puede al anciano, que lo carga en una silla, que lo baja a duras penas al frío de la calle, que lo carga él solo en la camilla, que vuelve a subirse a la ambulancia y la conduce hasta el hospital, tal vez para quedarse en los pasillos de un hospital. Alguien llora o alguien reprime el llanto mientras concluyen los operarios. La lluvia cae inmisericorde sobre todo y sobre todos. El montacargas se retira. El silencioso coche fúnebre se retira. Todos los operarios desaparecen. Solo quedan unos abrazos frente al nicho con las coronas quebradas y encajadas perfectamente, unas lágrimas y la lluvia empapándolo todo. El sepelio ha sido un éxito. Tan solo la lluvia, con su desorden, nos devolvía por momentos a la realidad. Hoy hemos enterrado a la última Maturana. Que descanse en paz.

Cuatro años

Desde hace ya varios años se vienen publicando en revistas científicas artículos que alertan sobre la aceleración de una masiva extinción de especies en el planeta (ya iniciada desde principios del siglo XX). Al parecer no sería la primera extinción de la historia de la Tierra sino, según se lee por ahí, la sexta; aunque esto es necesario ponerlo, en cierto modo, en cuarentena, ya que los trabajos de campo sobre esta materia no dejan de actualizarse. Lo que sí está comprobado es que esta mengua de la biodiversidad va tomando tintes alarmantes (y a saber si no irreversibles) debido a su patente aceleración en el último siglo. La novedad de esta extinción masiva de especies animales y vegetales estriba en la colaboración del ser humano. Nos vamos yendo poco a poco a la mierda. Lo sabemos y tampoco es que nos pille por sorpresa. La sorpresa puede estar en que sea antes de lo que preveíamos. Si los ecosistemas se resienten gravemente, nos afectará gravemente a los humanos: falta de agua, movimientos masivos de migración, plagas, nuevas enfermedades, alteración irreversible de las condiciones meteorológicas… El sistema económico que hemos adoptado en prácticamente todo el planeta no ayuda: huimos hacia adelante a un ritmo cada vez mayor. Si año tras año el crecimiento no fuera del 1 o del 2%, dicen ciertos gurús que el sistema quebraría. Y, aunque el decrecimiento paulatino sería la opción, conllevaría sacrificios que la población (occidental, claro está) no estaría dispuesta a aceptar. No tener a mano de todo en los supermercados de todo el mundo, no poder hacer uso y abuso de las energías no renovables cuando y como queramos, no gastar o malgastar el agua que decidamos gastar o malgastar, no viajar en avión a cualquier sitio en cualquier momento, no son, ciertamente, opciones populares. Y ningún gobernante del mundo va a ponerle el cascabel al gato para cuatro u ocho años que va a durar su mandato. Así que, previa criba de los millones de desheredados (que serán los primeros en extinguirse) nos iremos todos los demás a la mierda también, más pronto que tarde. Lo de los cuatro años tiene miga: para cuatro años que voy a estar no voy a gastar dinero en prevenir o en evitar nada que no pueda ocurrir en mi mandato, porque no me lucirá después, de cara a una posible reelección. Y así andamos, dejándolo todo para mañana, para los que vengan después de nosotros. Es decir, nuestros nietos, bisnietos, tataranietos…

ecologia

Feas calaveras

¿Quienes son estos muertos que vienen a esta hora a molestar

con sus feas y rotas calaveras?

¿Quiénes son estos fantasmas silenciosos

que osan emerger de esta tierra de paz

que cree no deberles nada?

¿Quiénes son éstos por los que nadie clama justicia

a las puertas de los juzgados o las comisarías?

¿Quiénes son estos muertos que incordian nuestras leyes,

que ensucian las cunetas de nuestra patria,

que afean nuestras pantallas de plasma?

 

¿Quiénes son éstos a los que solo esperan cuatro hijos

o cuatro nietos más viejos aún que ellos?

Kaiser

La imagen en Internet de un paquete de tabaco Kaiser (no creo que aún lo vendan) me trae hasta aquí. Desde muy pequeño me iba con mi padre a trabajar siempre que no tenía clase, es decir, Semana Santa, vacaciones de verano, Navidad, e incluso sábados y domingos: hubo un tiempo no muy lejano en que los panaderos trabajaban todos los días, excepto tres o cuatro fiestas importantes al año. Eso me hizo muy difícil mantener las amistades fuera del colegio y del instituto. Las excursiones y las primeras salidas en pandilla me las perdí porque, aunque tenía las tardes libres, eran las mañanas, sobre todo las de verano, las importantes para esas hazañas, alejarse de la casa, jugar a ser mayores, disfrutar de la camaradería, creerse libres. Por las tardes me enteraba dónde habían estado, si en el Charcón o en el Cerro del Aceituno; si había ido también la Tere o habían ido solos. Me enteraba, sí, pero también sabía que lo que me perdía (y no me refiero a los lugares) no lo recuperaría nunca. He tardado muchos años en dejar de lamentarme de esto, y no porque haya olvidado lo que en mi cabeza suponía perderme para siempre esos paraísos: los puramente naturales y los otros (recuerdo muy bien la pena), sino porque con los años supe bien que allí donde estés, y con quienes estés, en el momento que estés, tu vida y tu persona y la idea que vas forjándote del mundo y sus cosas, nunca cesa y todo te va modelando. Y yo, por ahora, me siento bien con este molde, con lo tengo y con lo que no tengo, y con lo que no soy (más que con lo que soy, también es cierto), aunque sin echar las campanas al vuelo, por supuesto, porque ya sabemos que la vida se puede deshacer en un suspiro. El paquete de Kaiser lo abrí en una zanja  que a mí se me figuraba como las de la Primera Guerra: hasta me pasaban las balas por encima. Era el campo de tiro de Las Conejeras, o sea nada intrépido, ni aventurero, ni digno de contar a los amigos. Era un curro que mi padre me había buscado y que yo dije que sí: se trataba de reponer las dianas de papel cuando alguien te lo ordenaba, nada más. Una mañana entera de domingo metido en una zanja, leyendo y fumando del paquete que mi padre, creyéndome ya un hombrecito, me había comprado muy temprano en el bar de la esquina. No sé por qué Kaiser, digo yo que, como era dorado y ponía Extra Lujo, supondría él que era mejor que los Goya que yo le mangaba. Una mañana entera de domingo, y otra, y otra, cada uno metido en una zanja. Y luego un quinto o dos de cerveza, juntos. Y un Kaiser. Si no quieres venir, si no te gusta, no tienes por qué hacerlo, me decía cada domingo, sintiéndose culpable. Encima, la puta culpa.

kaiser

La edad de la lluvia

No sé si fue la lluvia,
a una incierta edad,
suceso o trance mágico
en dos ojillos nuevos,
absortos, sin preguntas.

Pero sin duda fue
—la vieja, la envidiosa bruja— cómplice
de encierros infantiles,
inclemente aguafiestas,
súbita dueña y señora de calles,
plazas y patios, que sólo la luna
se atrevía a acostar.

Algo tuvo en común con el tormento
del potaje y la sopa:
sin duda nos indujo al parricidio,
atávico y fugaz,
de tantas madres torvas y obsesivas
con cara de verdura.

Debió de ser la lluvia,
con su nariz en la ventana,
testigo de proezas inefables;
alguna vez, la clac agradecida;
la experta tramoyista en mil batallas,
o el gris telón de fondo
en más de un miedo.

Solía ser la lluvia
—un poco más crecida—
como esa amiga, fea y confidente,
de nuestro verdadero amor platónico;
la errada víctima
del angelito ciego.
Solía ser, en fin, un aluvión
de acné y soledad.

Hoy ha vuelto la lluvia.
Hoy ha vuelto mi vista atrás
y casi todo está en su sitio:
lo que pudo haber sido y nunca fue,
el miedo que acallaba
las razones del corazón,
cada ternura ahorrada,
cada pasión sin dueño.
Hoy ha vuelto la lluvia
a abrir el viejo álbum.
Como llave de paso, ha puesto a funcionar
mis ojos del revés.
Hoy ha vuelto la lluvia
y era como si un niño escudriñara
en el cajón de un viejo
desmemoriado
que alguna vez creyó
rozar el paraíso.

Pero ha llovido mucho desde entonces,
y aunque ahora tolero ser su huésped,
brujesca y entrañable,
aún puede conmigo.

La sopa, sin embargo,
es bálsamo si afuera llueve.
Y miedo y soledad
son dos fantasmas familiares,
discretos y educados,
que me hacen la vida posible.

Hoy ha vuelto la lluvia,
como pan, como sal,
y mi mano agradece su limosna de olvido.

Duane Michals (2)

‘LA PARTE MÁS BELLA DEL CUERPO MASCULINO, 1986’ (de Duane Michals)

“La parte más bella del cuerpo de un hombre creo que debe estar ahí, en las caderas y donde reposa el torso, esas curvas de trazo gemelo que ciñen el tronco con gracia femenina guiando el ojo hasta su intersección, el punto de placer.”

‘LA PARTE MÁS BELLA DEL CUERPO FEMENINO, 1986’ (de Duane Michals)

“En los sueños más antiguos de los hombres viejos aún habitan los pechos femeninos, mucho después de que sus deseos se hayan convertido en polvo. Son sus primeros recuerdos, cálidos, nutrientes, hogar, el punto de satisfacción, perfectos en la amabilidad de sus arcos, las mujeres lucen sus pechos como medallas. Emblemas de su amor.”

 

Sin título-1

Duane Michals (McKeesport, Pennsylvania, 1932), fotógrafo, poeta, artista. Exposición de su obra en el Centro José Guerrero, hasta el 1 de abril de 2018.