Cuatro años

Desde hace ya varios años se vienen publicando en revistas científicas artículos que alertan sobre la aceleración de una masiva extinción de especies en el planeta (ya iniciada desde principios del siglo XX). Al parecer no sería la primera extinción de la historia de la Tierra sino, según se lee por ahí, la sexta; aunque esto es necesario ponerlo, en cierto modo, en cuarentena, ya que los trabajos de campo sobre esta materia no dejan de actualizarse. Lo que sí está comprobado es que esta mengua de la biodiversidad va tomando tintes alarmantes (y a saber si no irreversibles) debido a su patente aceleración en el último siglo. La novedad de esta extinción masiva de especies animales y vegetales estriba en la colaboración del ser humano. Nos vamos yendo poco a poco a la mierda. Lo sabemos y tampoco es que nos pille por sorpresa. La sorpresa puede estar en que sea antes de lo que preveíamos. Si los ecosistemas se resienten gravemente, nos afectará gravemente a los humanos: falta de agua, movimientos masivos de migración, plagas, nuevas enfermedades, alteración irreversible de las condiciones meteorológicas… El sistema económico que hemos adoptado en prácticamente todo el planeta no ayuda: huimos hacia adelante a un ritmo cada vez mayor. Si año tras año el crecimiento no fuera del 1 o del 2%, dicen ciertos gurús que el sistema quebraría. Y, aunque el decrecimiento paulatino sería la opción, conllevaría sacrificios que la población (occidental, claro está) no estaría dispuesta a aceptar. No tener a mano de todo en los supermercados de todo el mundo, no poder hacer uso y abuso de las energías no renovables cuando y como queramos, no gastar o malgastar el agua que decidamos gastar o malgastar, no viajar en avión a cualquier sitio en cualquier momento, no son, ciertamente, opciones populares. Y ningún gobernante del mundo va a ponerle el cascabel al gato para cuatro u ocho años que va a durar su mandato. Así que, previa criba de los millones de desheredados (que serán los primeros en extinguirse) nos iremos todos los demás a la mierda también, más pronto que tarde. Lo de los cuatro años tiene miga: para cuatro años que voy a estar no voy a gastar dinero en prevenir o en evitar nada que no pueda ocurrir en mi mandato, porque no me lucirá después, de cara a una posible reelección. Y así andamos, dejándolo todo para mañana, para los que vengan después de nosotros. Es decir, nuestros nietos, bisnietos, tataranietos…

ecologia

Anuncios

Feas calaveras

¿Quienes son estos muertos que vienen a esta hora a molestar

con sus feas y rotas calaveras?

¿Quiénes son estos fantasmas silenciosos

que osan emerger de esta tierra de paz

que cree no deberles nada?

¿Quiénes son éstos por los que nadie clama justicia

a las puertas de los juzgados o las comisarías?

¿Quiénes son estos muertos que incordian nuestras leyes,

que ensucian las cunetas de nuestra patria,

que afean nuestras pantallas de plasma?

 

¿Quiénes son éstos a los que solo esperan cuatro hijos

o cuatro nietos más viejos aún que ellos?

Kaiser

La imagen en Internet de un paquete de tabaco Kaiser (no creo que aún lo vendan) me trae hasta aquí. Desde muy pequeño me iba con mi padre a trabajar siempre que no tenía clase, es decir, Semana Santa, vacaciones de verano, Navidad, e incluso sábados y domingos: hubo un tiempo no muy lejano en que los panaderos trabajaban todos los días, excepto tres o cuatro fiestas importantes al año. Eso me hizo muy difícil mantener las amistades fuera del colegio y del instituto. Las excursiones y las primeras salidas en pandilla me las perdí porque, aunque tenía las tardes libres, eran las mañanas, sobre todo las de verano, las importantes para esas hazañas, alejarse de la casa, jugar a ser mayores, disfrutar de la camaradería, creerse libres. Por las tardes me enteraba dónde habían estado, si en el Charcón o en el Cerro del Aceituno; si había ido también la Tere o habían ido solos. Me enteraba, sí, pero también sabía que lo que me perdía (y no me refiero a los lugares) no lo recuperaría nunca. He tardado muchos años en dejar de lamentarme de esto, y no porque haya olvidado lo que en mi cabeza suponía perderme para siempre esos paraísos: los puramente naturales y los otros (recuerdo muy bien la pena), sino porque con los años supe bien que allí donde estés, y con quienes estés, en el momento que estés, tu vida y tu persona y la idea que vas forjándote del mundo y sus cosas, nunca cesa y todo te va modelando. Y yo, por ahora, me siento bien con este molde, con lo tengo y con lo que no tengo, y con lo que no soy (más que con lo que soy, también es cierto), aunque sin echar las campanas al vuelo, por supuesto, porque ya sabemos que la vida se puede deshacer en un suspiro. El paquete de Kaiser lo abrí en una zanja  que a mí se me figuraba como las de la Primera Guerra: hasta me pasaban las balas por encima. Era el campo de tiro de Las Conejeras, o sea nada intrépido, ni aventurero, ni digno de contar a los amigos. Era un curro que mi padre me había buscado y que yo dije que sí: se trataba de reponer las dianas de papel cuando alguien te lo ordenaba, nada más. Una mañana entera de domingo metido en una zanja, leyendo y fumando del paquete que mi padre, creyéndome ya un hombrecito, me había comprado muy temprano en el bar de la esquina. No sé por qué Kaiser, digo yo que, como era dorado y ponía Extra Lujo, supondría él que era mejor que los Goya que yo le mangaba. Una mañana entera de domingo, y otra, y otra, cada uno metido en una zanja. Y luego un quinto o dos de cerveza, juntos. Y un Kaiser. Si no quieres venir, si no te gusta, no tienes por qué hacerlo, me decía cada domingo, sintiéndose culpable. Encima, la puta culpa.

kaiser

La edad de la lluvia

No sé si fue la lluvia,
a una incierta edad,
suceso o trance mágico
en dos ojillos nuevos,
absortos, sin preguntas.

Pero sin duda fue
—la vieja, la envidiosa bruja— cómplice
de encierros infantiles,
inclemente aguafiestas,
súbita dueña y señora de calles,
plazas y patios, que sólo la luna
se atrevía a acostar.

Algo tuvo en común con el tormento
del potaje y la sopa:
sin duda nos indujo al parricidio,
atávico y fugaz,
de tantas madres torvas y obsesivas
con cara de verdura.

Debió de ser la lluvia,
con su nariz en la ventana,
testigo de proezas inefables;
alguna vez, la clac agradecida;
la experta tramoyista en mil batallas,
o el gris telón de fondo
en más de un miedo.

Solía ser la lluvia
—un poco más crecida—
como esa amiga, fea y confidente,
de nuestro verdadero amor platónico;
la errada víctima
del angelito ciego.
Solía ser, en fin, un aluvión
de acné y soledad.

Hoy ha vuelto la lluvia.
Hoy ha vuelto mi vista atrás
y casi todo está en su sitio:
lo que pudo haber sido y nunca fue,
el miedo que acallaba
las razones del corazón,
cada ternura ahorrada,
cada pasión sin dueño.
Hoy ha vuelto la lluvia
a abrir el viejo álbum.
Como llave de paso, ha puesto a funcionar
mis ojos del revés.
Hoy ha vuelto la lluvia
y era como si un niño escudriñara
en el cajón de un viejo
desmemoriado
que alguna vez creyó
rozar el paraíso.

Pero ha llovido mucho desde entonces,
y aunque ahora tolero ser su huésped,
brujesca y entrañable,
aún puede conmigo.

La sopa, sin embargo,
es bálsamo si afuera llueve.
Y miedo y soledad
son dos fantasmas familiares,
discretos y educados,
que me hacen la vida posible.

Hoy ha vuelto la lluvia,
como pan, como sal,
y mi mano agradece su limosna de olvido.

Duane Michals (2)

‘LA PARTE MÁS BELLA DEL CUERPO MASCULINO, 1986’ (de Duane Michals)

“La parte más bella del cuerpo de un hombre creo que debe estar ahí, en las caderas y donde reposa el torso, esas curvas de trazo gemelo que ciñen el tronco con gracia femenina guiando el ojo hasta su intersección, el punto de placer.”

‘LA PARTE MÁS BELLA DEL CUERPO FEMENINO, 1986’ (de Duane Michals)

“En los sueños más antiguos de los hombres viejos aún habitan los pechos femeninos, mucho después de que sus deseos se hayan convertido en polvo. Son sus primeros recuerdos, cálidos, nutrientes, hogar, el punto de satisfacción, perfectos en la amabilidad de sus arcos, las mujeres lucen sus pechos como medallas. Emblemas de su amor.”

 

Sin título-1

Duane Michals (McKeesport, Pennsylvania, 1932), fotógrafo, poeta, artista. Exposición de su obra en el Centro José Guerrero, hasta el 1 de abril de 2018.

Duane Michals (1)

UNA CARTA DE MI PADRE (de Duane Michals)

“Hasta donde me alcanza la memoria, mi padre siempre me decía que algún día me escribiría una carta muy especial. Pero nunca me dijo sobre qué trataría esa carta. Yo solía tratar de adivinar lo que leería en ella, qué misterio revelaría, qué intimidad compartiríamos finalmente entre los dos, qué secreto familiar descubriría. Yo sé lo que me habría gustado leer en la carta. Quería que me dijera dónde había escondido su cariño. Pero entonces murió y la carta nunca llegó, y yo nunca encontré ese lugar donde había escondido su amor.”

[Fotografía y texto, 1975, de Duane Michals (McKeesport, Pennsylvania, 1932), genial fotógrafo, poeta, artista. Exposición de su obra en el Centro José Guerrero, hasta el 1 de abril de 2018]

duane-michals-a-letter-from-my-father-1975

La Comisión Judicial

Aunque yo soy panadero en excedencia (y poeta a tiempo parcial) me gano la vida como funcionario al servicio de la Admón. de Justicia. Pues bien, hoy volvíamos la Comisión Judicial (compuesta por mí) con el objetivo de intentar embargar la Alhambra o parte de ella (cosa que al final no ha podido ser), y a la altura del Puente del Cadí, por la Carrera del Darro, hemos visto (los turistas que por allí pasaban y esta Comisión unipersonal que les habla) a un señor ‘trochar’ monte abajo por la orilla opuesta y dando voces con gran escándalo público porque al parecer no podía frenar en su descenso (de hecho, ha estado a pique de un repique de caerse al cauce del río Darro). Como representante de Su Señoría en el universo de los mortales y estando, como estaba, de servicio, me he visto obligado a afearle su conducta y a requerirle para que, en lo sucesivo, se abstenga de ‘trochar’ por estos lares y baje por los caminos ad hoc so pena de incurrir en responsabilidad penal y bla bla bla… Pero el susodicho ha farfullado algo en un idioma desconocido para este agente judicial que redacta esta diligencia en Granada, a quince de febrero de dos mil dieciocho, y le ha lanzado una lata de cerveza (con el agravante de ser de la marca ‘Cruzcampo’) que portaba en la mano y que, por suerte, al estar casi vacía, no ha logrado alcanzar la otra orilla del río ni, por tanto, impactar en esta Comisión, sino que ha caído en su lecho, a su amor. Todo lo cual, y siendo las 14 horas del día de la fecha, certifico. Ea. (No hay foto).