Calixta, o el amor a los tontos

Calixta era una joven muy lista, la más lista del pueblo y aun de los alrededores. Si se estropeaba algún aparato de la casa, ella era la que podía arreglarlo; si dos vecinos se enemistaban, ella era la que podía mediar con éxito en la riña. También en amores no correspondidos era diestra, y bien que lo había demostrado años atrás emparejando al pastor con la farmacéutica, e incluso posibilitando el amour fou que orbitaba entre el farmacéutico y el sargento de la Guardia Civil sin ellos saberlo. Pero hacía ya tiempo que esos asuntos habían dejado de interesarle. Ahora prefería mil veces intervenir en las batallas cotidianas que acontecían ante cualquier mirada atenta, como la suya; batallas que, no por incruentas, dejaban de saldarse con víctimas, o con secuelas de por vida para alguno de los contendientes. Este era, al cabo, simplemente un ejercicio más de los que Calixta se imponía, no sin cierta pereza, para disipar por un tiempo el sopor que la desesperanzaba. Hábil en el manejo de las cosas y de los problemas, y hábil en el manejo de las relaciones sociales, sabía utilizar a las personas, en su propio beneficio casi siempre. Esto, que por algunos podría ser tachado de deshonesto, para ella no era ni más ni menos que una empresa jugosa, y necesaria como el aire que respiramos: la savia que extraer de una florecilla más en su camino, la minúscula larva con la que mitigar el vacío de su estómago, la dosis indispensable que una garrapata precisa para sobrevivir un día más. En su universo de placeres, sin embargo, no ocupaban un lugar relevante esas habilidades suyas; Calixta hacía lo que mejor sabía hacer, más que por puro pasatiempo, por matar, bien muerto, el rato. Y es que el peor de los males que la aquejaban era el del aburrimiento: la vida la aburría soberanamente. Tan sólo había una cosa en el mundo que la salvara de su tedio vital: los tontos. Sí, los tontos, eso era lo que más le gustaba. Y —como bien es sabido— son tantos los tontos que nos rodean, que esa afición suya, ese vicio menor que la hacía verdaderamente gozar, ese pequeño pecado inconfesable, esa alta pasión incontrolable, era fácil de saciar. Y barata. Sin embargo, a estos, a los tontos, no los instrumentalizaba como al resto de los mortales, sino que los disfrutaba igual que un entomólogo disfruta excrutando la naturaleza de un bichito nuevo, de su bichito nuevo. Le sorprendían sus ocurrencias, tan alejadas de lo predecible en los demás (sin duda menos tontos pero más vulgares, del montón, del inmenso montón en el que no figuraba ella). Calixta tenía buena conciencia de estos matices aristocráticos y libertinos de su carácter, también de su inevitabilidad y de su venenoso e incurable arraigo. A veces los pensaba como una mancha en el alma imposible de limpiar, tanto más cuanto más placer le procuraban. Su gusto enfermizo por los tontos era esa mancha con la que convivía, una pupa viva a la que alimentar, un lugar hondo en la piel que no dejaba de proporcionarle placer a medida que lo rascaba más y más. Los tontos eran en sí un universo lleno de posibilidades por explorar. Porque un loco puede desvariar tanto que se haga imposible entenderlo, pero un tonto no, un tonto bien tonto guarda un poso virgen y añorado de frescura, un espejo de aguas cristalinas donde verse reflejado, donde descubrirse a uno mismo sin vergüenzas. Así que, con el tiempo, alejó de su conciencia la consideración de enfermiza de estos gustos suyos tan íntimos y, por ende, dejó de preocuparle que todo el mundo supiera de su afición. Hasta el punto de que cuando algún amigo —¿he dicho amigo?, más bien tributario— se topaba con un tonto a estrenar, no tardaba en ofrecérselo a Calixta para que ella lo trabajara y lo disfrutara, como un regalo, como la mejor ofrenda que se podía dejar en su altar.

Así fui yo regalado a Calixta un día, como el guardia civil al farmacéutico, sin saberlo. Y sin comerlo ni beberlo engrosé su catálogo de tontos y pasé a ocupar un lugar preeminente en él: tonto entre los tontos, bufón y rey al mismo tiempo. Tanto disfrutó Calixta conmigo que, aun en mi idiotismo, siendo yo consciente de su felicidad, que era la mía, intenté por todos los medios que no se me notara ese puntito de luz, entre mis cortas luces, a través del cual yo observaba en secreto y soportaba con gusto sus mofas más hirientes (sin duda las más sutiles): tan a gusto me encontraba frente a sus ojos. Pero el amor, ¡ay, el amor!, el amor que nos hace volar o nos sume, dio al traste con todo. Por el mismo agujerito por el que yo espiaba y gozaba con dolor los escupitajos que Calixta lanzaba al fondo de mi alma, acabó ella descubriéndome un día tal y como soy, o mejor dicho, tal y como ella me hizo: bobo enamorado sin remedio. Y lo peor: se vio nítidamente reflejada en el espejo. Y eso no, eso sí que no lo pudo soportar su desengrasado corazón. Marchó lejos de todo y de todos (tal vez a la cima más alta o alejada del mundo), marchó lejos de mí, pobre tonto incapaz de rastrear su amor. Y nunca más supe ni se supo de Calixta, la chica más lista del pueblo y aun de los alrededores.

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Retrato del bufón Jester Gonella (Jean Fouquet, 1445)

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“El Peo”

Más que alumbrado, parido sin remedio. Más que desarraigado, plantado entre el mortero del empedrado, como una mala hierba. El Peo, alto y rubio, hierba rara en el barrio, hierbajo, sarmiento de raíces aéreas. Qué raras se me fueron antojando las caras y las calles: donde las barricadas de los rojos, puestos de chumbos frescos en las mañanas de verano; y en las tardes de invierno, hornacinas de vírgenes de las angustias, temblorosas a la luz de las candelas. A menudo veo al Peo bajar por las cuestas del barrio, desemboca en la plaza igual que un río seco. Con su faz cadavérica, con su andar de camello viejo. Allí el aljibe lleno de fusiles en la estampida, aquí la huella de la bomba del Carril de La Lona, las Cuatro Esquinas beneméritas, el Huerto del Carlos, la pierna reventada de Frasquito “Berzana”… Por cada yunque y por cada taberna, un chivato sentado en la Plaza Larga. Ya nada queda de eso y es todo un bello decorado. Cuarenta años de paz. Ya ni El Peo vende merca. De esos cuarenta, me pregunto cuántos pasó entre rejas. Pero de aquella desmemoria baja todos los días en silencio, con sus raíces a cuestas. Indiferente a todo, a los fortines encalados y a los jazmines, a los turistas y a las vecinas viejas. Ya nada le intimida al Peo. Ya no intimida a nadie. Cruza delante de la iglesia sin prisa, de los bares, sin prisa, de los bancos, sin prisa. Ni siquiera la metadona lo apremia. Es como si un barco, el mismo barco todos los días, se hundiera una y otra vez detrás de su memoria.

SUEÑO DE VERANO NÚM. 5

Todo se tambalea, nada es seguro.
Este siglo XXI —muerto en vida que abarrota las calles,
niebla sin suelo, humo entre las horas
firmes que, sin embargo, nos arrastran—,
no se parece a nada:
no ha heredado los ojos que quisimos
ni las manos que nos acariciaron,
en él no habita el resplandor
de los siglos, ni siquiera la huella
de los mejores días por venir
está a salvo
en este siglo descarnado,
hijo de nadie,
padre de nada.
Y se pregunta mi cabeza vieja,
revieja, avejentada,
quién ha proscrito de este siglo el vértigo,
la emoción o el talento,
quién decretó esta línea recta,
quién secó el césped,
quién apagó la luz,
quién disfruta moviéndonos
este puente de mala muerte.
¿O acaso solo es que me hago viejo?
¿Soy solo yo o el mundo
también se hace viejo?
Tal vez si sólo fueran cosas de mi cabeza,
de mi vieja, revieja, de mi avejentada cabeza…
Tal vez si al menos, si acaso, por suerte,
no me entendiera ningún hijo nuestro…

SUEÑO DE VERANO NÚM. 4

Me ha despertado de la siesta el fresco de este octubre que parece que por fin ya se aviene a ser lo que es, desde luego no un mes más del verano abrasador que hemos padecido (y disfrutado). Me he dicho (o le he dicho), ¡ya está bien, octubre, cabeza loca, deja ya de travestirte, deja de jugar a ser lo que no eres, mira a tu alrededor, míranos, todos esperamos el frescor de la lluvia, mira el mapa ajado, mira la pobre tierra gallega cómo se consume por culpa de incendios devastadores y tú ni siquiera ayudas lo más mínimo, octubre, cabeza buque…! Me he despertado en lo alto de la cama, desnudo y sin tapar, y el airecillo frío ha ido soplando como un niño huérfano en cada cala ya sin bañistas: solo la espuma solitaria cerca de la orilla, esa saliva infantil y cruel que el mar escupe después de golpear los acantilados insomnes, impávidos, inconmovibles. Me ha despertado la voz de mi hija en mis brazos, como cuando era pequeña y yo miraba su boca, asombrado por el torrente de palabras y medias palabras con que describía a cada paso el mundo, un mundo nuevo, también para mí. En mis brazos alcanzaba con su menuda mano las uvas de un emparrado frondoso que engalanaba la calle. Sin duda era una noche de verbena, de domingo o de fiesta, al final del verano. Yo le explicaba qué uvas coger, pero las probábamos todas, las blancas y las negras, y todas eran casi dulces en el torrente de su boca nueva, y más dulces eran en mis ojos, que se alimentaban sólo con verla. Me ha despertado la voz de mi hija veinte años después, hablando por teléfono en la cocina, y también me ha despertado la luz fría que se escapaba de su puerta entreabierta, una luz como de invierno o de estrellas muy lejanas, y que inundaba poco a poco mi habitación.

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El verano en Lisboa

           Una vecina aguanta estoicamente entre los turistas que abarrotamos el famoso tranvía 28 de Lisboa. Nos bajamos en la misma parada y le preguntamos por una dirección, sonríe y nos da toda suerte de indicaciones. Un turista japonés camina desconfiado entre la gente, abrazado a la mochila que cuelga sobre su pecho. Las columnas manuelinas del Mosteiro dos Jerónimos son aún más bellas, si cabe, vistas desde el coro alto de la iglesia. En el avión una mujer nos contó el truco para no hacer cola al comprar los Pastéis de Belém. Callejeamos por el barrio de Alfama entre balcones con macetas y ropa tendida, pequeños miradores desde donde contemplar el mar del Tajo, casas abandonadas o casi derruidas, vendedores de hachís y tascas encantadoras. Hemos llegado al olivo frente a la Casa dos Bicos. No está Pilar, pero sí A semente e os frutos de Saramago, permanentemente expuesta entre una arquitectura espléndida. Por las colinas verdes de Sintra se mueve la niebla al atardecer y baja el frío. Las luces amarillas de las ventanas son pequeños incendios en las fachadas de colores y cada casa es un pequeño Palácio da Pena. Atravesamos como fantasmas los esqueletos del Convento do Carmo y de la pequeña torre Eiffell de Santa Justa, y aterrizamos en Rossio y Avenida da Liberdade, donde los cañones de los fusiles y los tanques dispararon un día claveles rojos. Hemos estado en Lisboa cuatro días. Entre los barrios Alto y Chiado alquilamos un estudio cerca del metro, cerca de la estación de tren, cerca del muelle y de varias paradas de autobuses y tranvías: nada excepcional, porque en Lisboa funcionan bastante bien los medios de transporte y no son caros, pese a la Troika europea. He visto muy poca gente pidiendo limosna en las calles de Lisboa, pero multitud de edificios, hasta en pleno centro, tras cuyos bellos azulejos no había nadie, no había nada. Turistas y vecinos comemos sardinas gordas y sabrosas en plena Rúa Augusta, sin marquesinas ni toldos fijos. La Torre de Belém se mece a la orilla del río, y en Cascais las grutas de Boca do Inferno no dejan de tragarse al Atlántico. Me hago una foto junto a la fea escultura de Pessoa y probamos el café de A Brasileira, los pasteles de A Brasileira, las tapas de A Brasileira, la cerveza, las copas y el váter de A Brasileira.

Nada me ata a nada.
Quiero cincuenta cosas al tiempo.
Con angustia del que tiene hambre de carne anhelo
no sé bien qué:
definidamente lo indefinido…
Duermo inquieto, y vivo en el soñar inquieto
de quien duerme inquieto, a medias soñando.

(De Lisbon revisited (1926), Fernando Pessoa)

     Un grupo de jazz inaugura la noche frente a la estatua de Chiado, en las calles se retiran los vendedores de vasos de melón y sandía, un furgón de los años veinte aparca junto a la acera, abre un lateral repleto de vinilos y CD y comienzan a sonar las primeras notas de un fado. A estas horas las sombras habrán sellado ya el pozo iniciático de Quinta da Regaleira y la alquimia de la noche confundirá las quimeras: la realidad y la utopía, la vigilia y el sueño. La marea atraviesa el delta y penetra en Cais das Colunas, hasta mañana no volverá a verse en ellas el verdín que saludara a tantos navíos venidos de ultramar. El ferry nos lleva a Cacilhas, llena de marisco y barrios humildes. En la otra orilla, sobre los turistas rubios que toman el sol de agosto y sobre el Monumento a los Descubrimientos (Padrão dos Descobrimentos: saudade del imperio perdido) que impulsara el dictador Salazar, un avión cruza el cielo cada minuto. Lisboa está viva, muy viva.

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La cruz franquista de Larrabetzu

Acudes a ver cómo se derriba por fin la cruz que levantó Franco en memoria de su cruzada y te caen encima los cascotes. Leyendo en Facebook la noticia del derribo de la cruz franquista en Larrabetzu y su fatal desenlace (varios heridos, huesos rotos, etc.), no me sorprende la burla y hasta la crueldad de algunos comentaristas. Destaca uno que dice no poder parar de reír desde que se enteró de la noticia. A pesar de que el tipo usa esa tontada, tan en boga, del karma (en lugar del veterotestamentario y vengativo “¡castigo de Dios!” o de los clásicos “que se jodan” o “que tomen por saco/culo”, menos elegantes, eso sí) no escribe mal, hay que reconocerlo; no tiene faltas de ortografía ni usa palabras groseras o insultos. En unas cuantas líneas defiende el monolito, justifica el franquismo y se ríe de que, para más inri, los castigados por Dios, o por Franco, fueran precisamente vascos. Así, asimila esta desgracia (y a Franco) con la leyenda del Cid Campeador, montado ya muerto a caballo y aun así ganando batallas a base de espantar o apedrear a los moros o a los rojos. Entro perezosamente en su muro dispuesto a buscar y encontrar un rastro, discreto o zafio, de facherío. Pero no encuentro ondeando ninguna bandera con el águila, ningún podemita ardiendo y, ni tan siquiera, una mención a Venezuela. Sólo encuentro enlaces a páginas culturales y fotos de arte. Y todo el contenido es reciente y público. Esto demuestra por enésima vez que ser un malnacido y al mismo tiempo un amante del arte no es en absoluto incompatible. Me acordé de aquellos contactos y amigos míos de carácter, digamos, más vehemente, de izquierdas, y quizá no tan apasionados por el arte, y pensé que probablemente ellos también se hubieran reído si, por ejemplo, se diera el caso de que algún admirador del dictador al ir a quitar una bandera republicana de un balcón, se cayera y se rompiera la tibia y el peroné (que es lo que le ha ocurrido a una de las heridas con el monolito). Me ha dado que pensar porque, si bien no estoy seguro de que me divirtiera mucho la escena, sí lo estoy de no ser capaz de reñirles ni afearles la conducta (al menos no en público) por tan venial pecado. Ya ven, yo me considero cada día más equilibrado (que no equidistante o imparcial) al tratar estos temas ¿éticos? y, sin embargo, los ojos de mis amigos más… ¿exquisitamente correctos? no me ven así. Y es que sé que para muchos (cada vez más) la distancia que hay de unas risas u otras a un imaginario centro ético es exactamente la misma: pero no para mí. Yo soy, por suerte o por desgracia, absolutamente parcial, en absoluto neutral y por eso el centro, para mí, estará siempre más cerca de una de esas dos —hablando metafóricamente— trincheras. No sé si al malnacido del comentario le sucederá lo mismo que a mí, puede que sí.

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SUEÑO DE VERANO NÚM. 3

El coche rueda montaña arriba por una estrecha carretera. A través de los claros y oscuros del bosque que la flanquea, el sol se estrella como un flash sobre el parabrisas. Apenas caben dos coches y la carretera no tiene fin. Un periodista que va sentado en el asiento de atrás exclama: «¡De puuta madre!». Es más de medio día y la mujer que limpia las habitaciones del hotel ha cruzado varias veces el jardín con un bebé en los brazos; sube y baja con él los escalones que llevan del parterre a una terraza, de la terraza a una habitación, de una habitación a otra. Los coches van llegando de uno en uno hasta el hotel: fin y final de la carretera; ahí acaba la extensión del minúsculo universo que a duras penas controlamos: la estrecha lengua de asfalto da paso ahora al bosque impredecible. La mujer cubre la cara del bebé cuando un huésped se acerca a mirarlo y se aleja deprisa, malhumorada. Un hombre la sigue; trabaja también en el hotel. A veces es el hombre el que lleva en sus brazos al bebé. Ambos trabajan limpiando las habitaciones que habremos de ocupar; son extranjeros, parecen árabes. Hace fresco y charlamos en el jardín alrededor de unas cervezas. Uno de nosotros se tumba al sol en una hamaca, contempla los nudos vertiginosos de las nubes. Es un sitio extraño dentro de un día luminoso. La joven pareja que regenta desde hace poco tiempo el hotel nos tranquiliza; él dice tener alguna experiencia, pero hasta el potente sol que luce arriba parece cogido con alfileres en este lugar. Sin embargo, el periodista vuelve a exclamar: «¡De puuta madre!». Almorzamos solos en un extremo del salón. Los precios de la carta son los propios de los confines del mundo; nosotros, los únicos habitantes. Turistas, o montañeros, mañana saldremos muy temprano de ruta. Hemos planeado este día desde hace tiempo, hace meses que reservamos el resplandor de este hotel. Estamos contentos, nada nos lo va a impedir. La mujer del bebé cruza el jardín y entra de vez en cuando en la cocina, ahora está enfurecida. Se oyen voces. Discuten. Algo no va bien. No es un déjà vu porque esto lo hemos visto ya en películas y lo hemos leído en novelas de serie negra: algo irreversible y trágico está a punto de suceder, y no se trata de lo que le pueda ocurrir al cantor engreído que uno de nosotros lleva secuestrado en el maletero (eso no es grave porque canta muy mal). Mientras tanto, atardece más abajo de la casa, junto a la pequeña piscina, a donde no llega ni el trajín ni el malestar del personal del hotel. A lo lejos hay algunas casas y cortijos ajenos al escenario. El cielo es azul y los nudos de las nubes de deshacen ahora lentamente sobre nuestras cabezas. Apenas rompen el silencio el ruido de la depuradora o el vuelo de un mosquito. La calma de la tarde y la temperatura del aire son extremadamente perfectos, demasiado para ser reales. Algunos montañeros se bañan, otros charlan despreocupados. Acordamos coger los coches y cenar en el pueblo más cercano. Pasamos el resto de la tarde fuera. De vuelta al hotel es ya noche cerrada. Dos coches todoterreno de la Guardia Civil llegan al mismo tiempo que nosotros; aparcan improvisadamente junto a la entrada. Todos los números se dirigen rápidamente al establecimiento sin responder a nuestra curiosidad. Llaman al portón y sale el joven dueño a recibirlos. Les describe a dos hombres: uno moreno, el otro muy violento; uno iba de azul, el otro le agredió por la espalda; le han roto la camisa, iban borrachos. Menos mal que algunos nuevos huéspedes lo han defendido; los dos tipos se han marchado escupiendo amenazas. Son familiares de la mujer y el hombre que portaban al bebé con la cara cubierta. Querían que el dueño les pagara, a toda costa, las horas trabajadas a prueba ese día. Se fueron todos; la pareja con el bebé, también. Por fin los ocho números se suben en los dos coches y se marchan: ya tienen la descripción de los agresores. En el salón del restaurante un grupo numeroso espera la cena; son también montañeros o turistas. Nosotros tenemos dos perros pequeños, aún estamos en el zaguán del hotel, comentando lo sucedido. Alguien se acuerda del cantante malo que tenemos encerrado en el maletero y todos nos reímos, pero pronto se nos hiela la risa. El hombre que miraba a las nubes sale al jardín con su hija y uno de los perros pequeños. Van a dar un paseo o a templar los nervios, pero a través de la verja que da a la oscura carretera del fin del mundo ven a dos tipos encaminarse hacia la puerta de entrada del hotel. Uno va vestido de azul, el otro lleva al hombro una escopeta armada que trata de disimular bajo el brazo. El hombre que miraba a las nubes y su hija entran pálidos en el zaguán y nos relatan lo que han visto en la negrura; también al joven dueño, quien llama de nuevo a la Guardia Civil y echa la llave al portón de entrada. Teme que entren. Todos lo tememos. Alguien habla de Puerto Hurraco y también de la Alpujarra profunda, y alguien vuelve a recordar al cantor presuntuoso encerrado en el maletero, y todos nos reímos al otro lado del portón, donde merodea el ángel exterminador, donde ya se sabe que la noche es más oscura que en ningún otro lugar del mundo. Por eso el joven dueño suelta por el parterre al perro grande que hasta entonces tenía encerrado, para que nos avise si se acercan a la cancela el hombre de azul y el hombre de la escopeta armada que merodean por el bosque. De pronto, el perro grande entra donde todos nos congregamos temiendo a los locos de la escopeta y esperando la llegada de los agentes. La bestia olisquea a uno de nuestros perros pequeños y lo ataca, lo muerde ferozmente en el lomo y lo zarandea. El aullido de dolor del animal se mezcla con los gritos de todos los presentes. El joven dueño acude a separar a los perros, le patea brutalmente la cabeza al perro grande y lo saca a rastras al jardín. Balbucea unas disculpas y se escuda en su nerviosismo por lo acontecido con los dos agresores. La tensión va en aumento y ya ni el cantante malo encerrado en el maletero ni el periodista que acaba de gritar «¡de puuta madre!» nos consuelan. La autoridad tarda mucho en venir y mañana hemos de madrugar si los locos de la escopeta no nos han volado para entonces a todos los sesos. Alguien llama al portón. Silencio. El joven dueño mira por la ventana. Son las dos patrullas. Los dos testigos les cuentan lo que vieron a través de la verja. Los guardias discuten con el joven qué hacer y cómo hacerlo. Esto es serio, mucho más serio que el secuestro del cantor petulante encerrado en el maletero. Por fin acuerdan que una pareja se quedará apostada cerca de la casa. Ya son más de la una de la madrugada. La noche en el fin del mundo es fría incluso en verano. Habrá que apestillar las puertas y dormir con una manta la poca noche que queda. Cruzamos el jardín en busca de nuestras habitaciones. Yo estoy ya delante de ella, pero un griterío detrás me sacude y sacude de nuevo el aire. Corro. Corremos todos. El perro grande mantiene en vilo en sus fauces a nuestro pequeño perro. Un corro de gente intenta hacer que lo suelte. Los ladridos agudos y lastimeros no cesan, lo ha mordido por todo el cuerpo, incluso en la boca, y aún sigue con los dientes apretados, sin soltar su presa. El joven dueño tira en vano del perro asesino, lo estruja, lo golpea. Todos los huéspedes han salido del comedor al jardín, algunos gritan, otros se apartan sin querer mirar. El hombre que miraba las nubes descarga de pronto en la cabeza del gran perro un puñetazo que le hace abrir por fin el cepo de las mandíbulas. El pequeño parece moribundo, es un puro lamento. Todo el mundo se olvida por un momento de los locos que merodean afuera. Pero el perro no está muerto. Tantean su cuerpo buscando las múltiples heridas y a cada roce le sigue un aullido infinito. Agua, desinfectante, apósitos, antibiótico… Son las dos de la madrugada. Esta iba a ser la primera de nuestras dos noches en el hotel. Nada podía salir mal, lo llevábamos preparando durante meses… La noche se hace impenetrable y ya se ha colado como una niebla espesa por cada rincón del parterre que rodea los apartamentos, las escaleras que suben y bajan al aire libre y negro, las puertas y terrazas que dan a la piscina y a la hierba. Vuelvo a mi habitación. La puerta está entreabierta y el interior a oscuras. No me atrevo a entrar. Ya no oigo los lamentos del pequeño perro, ahora oigo mi propia sangre latir en el pecho. Registramos la habitación. No hay nadie, no hay nada. También se han esfumado el periodista y el mal cantante. Ya no habrá que poner temprano los despertadores, sino cerrar a cal y canto las habitaciones. El frío del fin del mundo baja del monte y se cuela por todas las rendijas. Intentaremos dormir un poco, intentaremos no despertarnos dentro de ninguno de los sueños que tengamos: sabemos que si lo hacemos puede que no nos guste lo que acabemos viendo.

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