Azar

Aún era mayo, pero decidieron ir a la playa, al rincón al que iban últimamente después de que el suyo, el de toda la vida, lo arrasara el futuro. En el pequeño restaurante solo quedaba una mesa al sol, pero las nubes y el leve viento que traía el primer olor a sal de la temporada refrescaron el ambiente y pudieron comer a gusto. Después de pasear un rato por la orilla se tumbaron en la arena, frente al mar, un mar tranquilo, azul y aún frío como el cristal. Sin quitarse la vieja camisa estampada, recuperada días atrás de algún rincón de la casa al resguardo durante décadas de la luz, cruzó los brazos detrás de la nuca y cerró los ojos debajo de las gafas oscuras. Todo transcurría tan placenteramente, que acabó llamando su atención. Qué extraño es el azar. ¿Por qué estos momentos tan gratos suceden casi siempre cuando nuestra voluntad se mantiene más al margen? ¿Por qué justo cuando nos defendemos del mundo cavando una zanja entre él y nosotros, para no recibir un nuevo revés, aparece ese azar de la felicidad? ¡Qué caóticas, o absurdas, o crueles, son las leyes que lo rigen! ¿Y qué azar, de entre todos los azares, es entonces, en cada ocasión, el decisivo? Ningún ruido, ni el cadencioso de las olas vertiéndose a sus pies, ni el del roce del viento en la ropa, lo perturbaba; solo se concentró en uno, el del murmullo de recuerdos que iba emergiendo tan vívidamente como emergen los seres queridos en los sueños. Recordó los días de playa de su primera juventud, las mañanas de verano en que las horas pasaban tan deprisa que era difícil retener en la memoria algo más que los colores del agua o el olor de la brisa. ¡Cuánto había cambiado la tersura de su piel, la turgencia de sus músculos, la respuesta de su cuerpo a los estímulos de la luz o de la contemplación de los cuerpos desnudos! Ya solo era una felicidad primordial la que le procuraban esos momentos, una felicidad exenta de deberes, sí, pero sobre todo de ambiciones. Bajo los párpados comenzaron a flotar pequeñas nubes grises y rosas. Alguna vez había leído que el humor vítreo se condensaba y se deshidrataba de forma natural, con la edad, y daba vida a esas arañas que ahora se mecían con él en la quietud de un mar inabarcable y arcano, un mar que lo arrastraba, como cuando niño, en una deriva de sargazos y quimeras. Esas sombras le recordaron el suave vaivén sobre las olas de los colchones inflables; sus manos jóvenes y fuertes sumergidas junto al plástico brillante, suspendidas e inertes como las de un ahogado, con las yemas de los dedos asombrosamente ajenas. Cada vez más lejos de la orilla, su madre lo llamó, con gestos lo requirió una y otra vez, corrió unos metros por la línea de playa, se hundió en el agua hasta la cintura; pero él ya no la oyó. Siguió alejándose más y más. Con los ojos llenos de arañas sintió su corazón galopar, una sola vez, como uno de esos azares decisivos, también como el de aquel niño que fue. Y despué se durmió plácidamente para siempre. Y ya todo dejó de importar.

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La abuela que desapareció

La abuela que servía en la casa del señor procurador; la que a escondidas le llenaba el buche de sal a un pollo y esperaba, paciente, la orden de deshacerse del pobre animal; la que se llevaba en el doble fondo de su bolso las pescadillas fritas que sobraban de la noche, y que ella misma había enharinado y enroscado boca con cola, cola con boca, las medias tabletas de chocolate abandonado, los culos de los chorizos de la matanza de los señores; la que lloraba cuando reía y sus tetas subían y bajaban, ufanas, como grandes góndolas de noria; la que decía catredal, y fresquera, y rodilla, y se reían los nietos, y tráeme un vaso de agua, nenico, o una naranja, nenico, si es que te vas a levantar; la que se llamaba Claudia tan solo para su hombre, y la única que llamaba Alberto a su hombre, sobre todo cuando la llevaba el Corpus a los toros, o a la Venta del Loro un domingo de sol: esa abuela es la que un día desapareció.

Fue raro porque se llevó la palangana esmaltada de su cuarto y todas las horquillas enganchadas en su pelo amarillo; se llevó sus pares de zapatos negros, todo su luto y todos sus huesos molidos en el doble fondo de su bolso. Y desapareció, por donde las viejas islas de su espejo: porque no había otra salida en su cuarto y porque todos sabían que ella siempre, siempre, había querido volver al mar. Por eso tuvo que suceder así.

En esa casa, como en todas, no desaparecían las cosas de un día para otro; no al menos como ahora. Tampoco desaparecían las personas, con todas sus cosas, de un día para otro. Por eso fue raro lo de la abuela. Se la veía subir la cuesta empedrada, meciéndose como una barca, y echar el ancla en cada escalón, con cada suspiro. Nadie sabía de qué color eran sus ojos porque el asma y las lágrimas se los habían comido, pero todos los imaginaban azules, como el mar en invierno. El caso es que Claudia —o María, como la llamaban los demás—, nunca había tenido prisa para nada; pelaba las manzanas mientras los demás dormían, abría los boquerones y los limpiaba a conciencia, y después los dejaba sobre la estraza con cuidado, como si fueran pequeños ahogados. Un día, cuando Alberto —o Mariano, como lo llamaban los demás—, se lo pidió con un hilo de voz desde la cama del hospital, se casó con él, delante de un cura, después de toda una vida.

Por eso fue tan raro lo de la abuela. ¿Cómo pudo correr tanto al final, irse sin despedirse de nadie, no dejar más que estas pequeñas huellas, ella, que nunca había tenido prisa para nada?

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Vilhelm Hammershøi, Woman Seen from the Back, 1888

Buenos días, tormento

A Ramón

Un hombre sobrenada los minutos,

se detiene en el verdín que rodea las piedras,

toma café y fuma, y reza en silencio

dentro de sus zapatos sin lustre.

Un hombre escribe su nombre

en las paredes de un pozo,

se ata lentamente los cordones,

se desata los nudos que le aprietan:

amor asustado, pequeño tiempo,

noticias sin respuesta.

Ajusta las arrugas del pañuelo

a su cabeza descosida y rala,

se agarra a las crines de los días,

que pasan deprisa, como árboles.

Ruge el motor de nuevo,

sinfonía del viento que vivifica,

suero de la mañana.

Dice estar preparado,

mas dice en voz baja ‘buenos días, tormento’.

También cree que se irá como todos,

vuelto bruma.

Y así será, pero no todavía,

aún no, si yo nombro su nombre.

Exorcistas

En mitad de Plaza Nueva, Granada, uno de los muchos guías turísticos que trabajan por allí relata por enésima vez la historia de Bernardo, el último verdugo de la Real Chancillería, a los atentos turistas que lo rodean y, por supuesto, no se olvida de enfatizar las andanzas de su fantasma por los pasillos de este palacio que, dicho sea de paso, ha sido, y sigue siendo, el lugar de trabajo de un servidor (servidor público) durante más de 20 años. Nuestro cicerone también afirma que, en 5 años, son 16 los trabajadores que se han procurado la baja médica aquejados de “fantasmitis” (no lo expresa así, pero esa es la idea). Yo, que no debo tener las capacidades sensitivas necesarias, o no muy bien afinadas, jamás vi a dicho fantasma, o no lo reconocí (quizá no vestía en esa ocasión su capa y su sombrero de ala ancha). Por allí, sin embargo, he visto a otros fantasmas, pero vivos, muy vivos. En fin, a lo que vamos: Que he recordado que, no hace muchos años, ante la inminente inauguración de uno de los juzgados mixtos de esta provincia, cabecera de partido para más señas, y ante la negativa de la superioridad judicial a que la Iglesia bendijera el edificio, la jefa de personal (antes llamadas Secretarias Judiciales y hoy Letradas de la Admón. de Justicia) compró en “los chinos” un pulverizador, lo rellenó con un cuartillo de agua, se fue a que el párroco se la bendijera y, acto seguido, salpimentó de santidad todos los rincones del juzgado ante la vista atónita del personal.
No dispongo de la estadística de bajas por fantasmitis correspondiente a ese juzgado, pero si fuera abultada “se sabría”, como dice el chiste; lo mismo que, al parecer, se sabe la de la Chancillería. De manera que he aquí el posible remedio: el cura de la iglesia cercana de Santa Ana (o el de la Virgen de las Angustias, que es más potente), hisopo en mano, pulverizando bancadas fiscales y poltronas magistrales o, en su defecto, Juan, el compañero que barre y tiene el palacio espercojado, haciendo flis flis por los rincones. También nos valdría un magistrado (que además saben latín) de toga negra y puñetitas blancas llevando a cabo el exorcismo. Más que nada por la puesta en escena, tan parecida a la eclesiástica.
Y es que todo sacrificio es poco por la salud y el erario públicos.

Maturanas

El féretro reposa frente al altar sobre una mesa plateada y brillante con ruedas. Cuando la ceremonia termina, un operario empuja la mesa con el ataúd hacia la salida de la iglesia, donde espera un coche funerario impoluto y perfectamente equipado para albergar la caja. Basta una sola persona, con la pericia que da la rutina del trabajo, para culminar bien la maniobra. La presión de su pie sobre un pedal hidráulico de la mesa alza el ataúd a la altura del coche. Un dispositivo hace que la parte delantera de la caja ruede suavemente hasta introducirse casi por completo en el coche, después separa la mesa rodante y, con un leve empujón, el féretro rueda hasta dentro del vehículo, ancla la parte posterior de la caja para evitar que se mueva con los baches o los vaivenes de las curvas, mete dentro las coronas de flores y cierra la puerta. Todos los asistentes observan en silencio la operación, solo se oyen los ruidos inevitables, el deslizar de la caja, el broche metálico de los cierres, las ruedas de la mesa rodando sobre el suelo, alguna tos y las primeras gotas de lluvia rebotando en el barniz brillante del féretro. El coche es eléctrico, no hace ruido ni despide humos, y la comitiva lo sigue a pie hasta el lugar de sepultura. Todo está perfectamente medido y estipulado después de la muerte, cada acción de los operarios, cada pauta de la ceremonia final. Al llegar al sitio sucede con éxito la operación inversa. Un vehículo montacargas espera a la comitiva. Carga perfectamente el féretro y lo eleva, en varios movimientos precisos, a la altura justa del nicho. Dos operarios acaban la faena con una artesa de cemento y una paleta de albañil. De nuevo todos los asistentes observan en silencio durante 10 o 15 minutos cada una de las maniobras efectivas de los operarios, como si supervisaran cada giro del montacargas, cada paletada de cemento, como si cada una de esas acciones mecánicas fueran por sí mismas parte de un último homenaje (tal vez el único recibido en vida), como si cada movimiento certero de los trabajadores, o cada corona de flores que es quebrada y empujada hacia dentro, o cada exacta maniobra del conductor, estuvieran dotadas de una extraña solemnidad. Nada que ver con esa ambulancia que llega sin médico al domicilio, con un solo conductor que también hace de camillero, que saca de la cama como puede al anciano, que lo carga en una silla, que lo baja a duras penas al frío de la calle, que lo carga él solo en la camilla, que vuelve a subirse a la ambulancia y la conduce hasta el hospital, tal vez para quedarse en los pasillos de un hospital. Alguien llora o alguien reprime el llanto mientras concluyen los operarios. La lluvia cae inmisericorde sobre todo y sobre todos. El montacargas se retira. El silencioso coche fúnebre se retira. Todos los operarios desaparecen. Solo quedan unos abrazos frente al nicho con las coronas quebradas y encajadas perfectamente, unas lágrimas y la lluvia empapándolo todo. El sepelio ha sido un éxito. Tan solo la lluvia, con su desorden, nos devolvía por momentos a la realidad. Hoy hemos enterrado a la última Maturana. Que descanse en paz.

Cuatro años

Desde hace ya varios años se vienen publicando en revistas científicas artículos que alertan sobre la aceleración de una masiva extinción de especies en el planeta (ya iniciada desde principios del siglo XX). Al parecer no sería la primera extinción de la historia de la Tierra sino, según se lee por ahí, la sexta; aunque esto es necesario ponerlo, en cierto modo, en cuarentena, ya que los trabajos de campo sobre esta materia no dejan de actualizarse. Lo que sí está comprobado es que esta mengua de la biodiversidad va tomando tintes alarmantes (y a saber si no irreversibles) debido a su patente aceleración en el último siglo. La novedad de esta extinción masiva de especies animales y vegetales estriba en la colaboración del ser humano. Nos vamos yendo poco a poco a la mierda. Lo sabemos y tampoco es que nos pille por sorpresa. La sorpresa puede estar en que sea antes de lo que preveíamos. Si los ecosistemas se resienten gravemente, nos afectará gravemente a los humanos: falta de agua, movimientos masivos de migración, plagas, nuevas enfermedades, alteración irreversible de las condiciones meteorológicas… El sistema económico que hemos adoptado en prácticamente todo el planeta no ayuda: huimos hacia adelante a un ritmo cada vez mayor. Si año tras año el crecimiento no fuera del 1 o del 2%, dicen ciertos gurús que el sistema quebraría. Y, aunque el decrecimiento paulatino sería la opción, conllevaría sacrificios que la población (occidental, claro está) no estaría dispuesta a aceptar. No tener a mano de todo en los supermercados de todo el mundo, no poder hacer uso y abuso de las energías no renovables cuando y como queramos, no gastar o malgastar el agua que decidamos gastar o malgastar, no viajar en avión a cualquier sitio en cualquier momento, no son, ciertamente, opciones populares. Y ningún gobernante del mundo va a ponerle el cascabel al gato para cuatro u ocho años que va a durar su mandato. Así que, previa criba de los millones de desheredados (que serán los primeros en extinguirse) nos iremos todos los demás a la mierda también, más pronto que tarde. Lo de los cuatro años tiene miga: para cuatro años que voy a estar no voy a gastar dinero en prevenir o en evitar nada que no pueda ocurrir en mi mandato, porque no me lucirá después, de cara a una posible reelección. Y así andamos, dejándolo todo para mañana, para los que vengan después de nosotros. Es decir, nuestros nietos, bisnietos, tataranietos…

ecologia

Feas calaveras

¿Quienes son estos muertos que vienen a esta hora a molestar

con sus feas y rotas calaveras?

¿Quiénes son estos fantasmas silenciosos

que osan emerger de esta tierra de paz

que cree no deberles nada?

¿Quiénes son éstos por los que nadie clama justicia

a las puertas de los juzgados o las comisarías?

¿Quiénes son estos muertos que incordian nuestras leyes,

que ensucian las cunetas de nuestra patria,

que afean nuestras pantallas de plasma?

 

¿Quiénes son éstos a los que solo esperan cuatro hijos

o cuatro nietos más viejos aún que ellos?