Siempre octubre

La casa está cerrada como un puño, la acechan los heraldos desde entonces. En agua se mantienen nuestras rosas, aunque es octubre siempre en nuestra casa. La paz y el pan dispuestos en la mesa, apenas quedan muchas más verdades: poner la llave a salvo de ladrones, salvar la dignidad en cada espejo.

La casa está cerrada desde entonces, la acechan los heraldos como un puño. Apenas quedan muchas más razones que el aire, que la piel o que la risa. ¿Acaso no aprendemos nunca nada? ¿De qué ha servido, pues, tanto naufragio? ¿De qué ha servido, pues, tanto ahogado? De nada vale el odio, que crece sin palabras, como una ortiga dentro; de nada la nostalgia embaucadora con cola de sirena.

Caminas, no puedes dejar de hacerlo. Caminas y —no me olvido— soy otro, distinto caminante, pero camino cerca. Y es a ti a quien quiero parecerme, no me perdonaría confundirme con ellos.

Prisa

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Unos zapatos

Hay unos zapatos junto a mi cama. Como yo, descansan. Un hombre los habita de día, va dentro de ellos a trabajar. Cruzan deprisa las calles, los parques. A veces aplastan una colilla o patean sin querer una piedra. A veces bailan. Hay unos zapatos varados al lado de mi cama, parecen muertos, son negros y no respiran. Así es fácil imaginarlos para siempre vacíos, quizá dando tumbos un tiempo por la casa, como los pantalones que cuelgan en el armario, como las gafas y el libro de la mesita, como ella. Dando tumbos un tiempo por la casa hasta que todo se acostumbra a la nueva ausencia, a una ausencia más, y el nuevo escenario se recompone y vuelve a ser familiar para los nuevos recuerdos que vendrán. Como debe ser.

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Atlas

Qué plácidas las horas de aquellas sobremesas.
Tumbado sobre el suelo desnudo del verano
olía con placer las páginas del atlas,
mis dedos recorrían la tela de su lomo,
mi mente se eclipsaba en mares y desiertos.

La casa era una nave que se desvanecía
anclada en el silencio brumoso de la siesta.
Mamá era la última, la oía desnudarse,
pedirte en un susurro un sitio compañero.
A veces yo espiaba tus párpados cerrados,
por ver cómo se abría debajo la mirada.

Espesa como el aire que mece tu recuerdo,
del vano de la puerta colgaba la cortina.
Sus olas eran campos donde un hombre tranquilo
forjaba para otros un mundo de nostalgia.
Tenía por entonces la muerte en la cabeza
rondándome a deshoras, dormida, adolescente.

Qué brusco despertar siguió a aquella tarde
buscando frente al mapa un punto inexplorado.
El universo entero, cada uno de sus nombres,
los puertos y ciudades remotos del Oriente,
los breves afluentes que hieren la espesura,
las fosas abisales, las cumbres solitarias,

también tus vivos ojos, que tanto conocía,
se hundieron poco a poco en un borroso olvido.
La nave se anegó fundida con la noche,
ajena a la zozobra del duelo o del futuro.
Mis años han pasado en esta misma casa,
que es otra y otros son los ojos que más quiero.

Esta tarde el calor me ha despertado, padre.
He soñado contigo. De la arena del tiempo
emergían los mapas de las tierras incógnitas,
de la mano cruzábamos confines y fronteras.
Con tu imagen reciente he buscado aquel libro
que aprendí de memoria en mis días de infancia.

Lo he abierto de nuevo con tu nieto a mi lado
y he volado contigo a través de batallas,
camposantos perdidos, selvas como esperanzas.
He seguido la estela de micer Marco Polo,
casi alcanzo la luz de El Dorado en mis ojos,
como quien mira un álbum, como quien mira un sueño.

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Historietas de la Real Chancillería I: Pequeños placeres

En la Chancillería se celebran a menudo juras de jueces, de abogados o de procuradores. Ayer hubo una. Son actos solemnes cuasi religiosos parecidos a los bautizos, o más bien a las Primeras Comuniones, esas que se hacen en grupo. En el fondo se trata de abrazar el sacramento constitucional y de irse después de fiesta con la familia y los amigos, que acuden con sus mejores minifaldas y trajes de hilo si hace calorcillo o con sus mejores abrigos de pieles si hace frío (la vestimenta de ellos es casi siempre anodina).

Yo venía de comprar un paquete de tabaco en el estanco porque se me había olvidado en casa el tabaco liado. Antes de volver al trabajo me encendí un rubio americano a la sombra de los tilos de Plaza Nueva, justo cuando la señora emperifollada salía por la puerta grande de la Audiencia. Sin contar el maquillaje y el oro que llevaba colgado, andaría por los cien kilos pero, a medida que caminaba hacia mí, iba soltando lastre al suelo de la plaza: primero una cajetilla de tabaco vacía y estrujada con su mano enjoyada, después la cinta de plástico de una nueva cajetilla y, para finalizar, los papelitos dorados que cubren la cajetilla. Todo rodaba por el piso con ayuda del vientecillo. Con un cigarro extralargo y extrafino en la boca, rebuscaba infructuosamente en su bolsito marbellí, hasta que llegó a la sombra de mi tilo. «Dame fuego», me dijeron con suficiencia sus sesenta y tantos años largos desde el pedestal de unos tacones de aguja estampados a juego con el vestido. En medio segundo pensé que me había confundido con su chófer y en otro medio segundo descarté la idea. «No tengo, lo siento», me salió del alma. Se me quedó mirando tan sorprendida como yo mismo lo estaba de mi propia reacción. «Del cigarro mismo», me dijo alargando la mano y dándolo por hecho. Con un ensayo de sonrisa le expliqué que era un cigarro liado y que me lo podía descapullar. Sí, descapullar dije, creo que queriendo joderle su reserva de sensibilidad. Pero qué va, me equivoqué: «¡Pues no eres tú delicao ni na’…!», me dijo con soltura. Y dio en el clavo, ¡anda que no soy delicao según pa’qué!. Ahí sí que ahogué malamente una carcajada.

Goyo, que salía en esos instantes de la Chancillería, salvó la situación. Ella le gritó agitando sus pulseras e indicándole dónde estaba. Pero ella sabía que Goyo tampoco tenía fuego. De hecho Goyo, «¡aquí, Goyo, Goyito!», un hombrecillo de bigotito atusado y chaqueta cruzada azul marino-almirante empapado en gomina, se acercaba a nosotros mascando el chicle del que había tirando el envoltorio al suelo un momento antes. Me alegré de conocer a Goyo. Goyo no tenía dobleces, llevaba en la mano derecha una pulserita de plata preciosa con la enseña patria en el centro y en la mano izquierda un teléfono móvil extraplano, extragrande y extrablanco. «Goyo, no tengo fuego», pero Goyo estaba más preocupado en entender el GPS de su móvil. Ella me miró inmisericorde, y eso que llevaba yo mi camiseta de España, una muy chula que me compré en la Alcaicería; él, ni se percató de mi presencia.

Y allí, bajo los tilos, aguantamos los tres, como buenos compatriotas, lo que duró mi cigarrillo. Descabecé la colilla para poder tirarla a la papelera y luego me fui a acabar la jornada extralarga que nos impone la patria. Goyo seguía sin comprender su situación.

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Mi camiseta de España

Nuestra bella Dorita

La vecina septuagenaria de enfrente saca al balcón el radiocasete y pone la cinta de Luis Mariano a toda pastilla: “¡Doce cascabeles lleva miii cabaaallo pooor la caaarreteeeraaa…!”. Ella fue cantante cuando joven, de operetas o de zarzuelas, no recuerdo bien; se lo contó alguna vez a una vecina de otro balcón, o tal vez fue a mí mismo. Son las 11 de la mañana de un sábado soleado cualquiera y, mientras canta, tiende un par de bragas generosas y blanquísimas a ambos lados de la ikurriña que siempre ondea en su tendedero. La bandera tiene en el centro el emblema de la Real Sociedad de Fútbol, de la que es seguidora, como también lo fue su difunto marido, y es que Dori es de Vitoria, una simpática y rechoncha vasca que no para de hablar cuando no está cantando. Sin embargo, llevaba casi un año sin cantar, quizá desde que murió su hijo, un muchachote de treinta y pico con una leve discapacidad mental. Él se sentaba en una pequeña hamaca de playa y fumaba sin descanso con el brazo apoyado en su vientre hinchado y ella cantaba de pie, apoyada en la baranda de su palco, sin importarle que el público se hubiera marchado hacía ya muchos años.

Dori conserva aún una voz potente, tanto que se oye a distancia incluso cuando susurra. Hace unos días hablaba en la calle, delante de su portal, con un señor al que no conozco. Discutían afablemente sobre la pertinencia de que él subiera al piso de ella para mostrarle los galardones y premios de su vida artística. Dori alegaba que estaba chapada a la antigua, pero finalmente cedió a los argumentos de él, que sólo quería andarse caliente aunque se riera la gente. Y, créanme, que nadie se rio desde este lado del amor. Tras sujetar él, galantemente, la pesada cancela para que ella pasara, desaparecieron por el oscuro portal camino del ascensor. Al cabo de unas horas nuestra bella Dorita volvía a salir al balcón, sola ya, alegre como siempre: “¡Y un par de claveles al pelooo prendío lleeeva miii romeeera…!”.

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