La pequeña y comprometida burguesía

El acceso en la niñez y en la juventud a la cultura (y al ocio) es una ventaja clave en la línea de salida. El dinero de mamá y de papá también ayuda mucho, por ejemplo a que no tengas que trabajar en lo que no te gusta desde que eres un niño; a que no transcurran todos esos años, ese valiosísimo tiempo, colaborando con la familia casi a tiempo completo en satisfacer sus necesidades vitales, entre las que nunca está, por supuesto, el alimento del alma, como dicen los cursis. En lo más íntimo de mi ser no logro reconciliarme con aquellos que, aún siendo correligionarios de tantas cosas, la vida se lo puso fácil desde el comienzo; con aquellos que tenían asegurados casa y mantel; con los que pudieron realmente decidir qué hacer con su vida (se vanaglorien de ello o no) olvidando o minimizando tanta desventaja.
En mis tiempos todavía se hablaba de burguesía o de pequeña burguesía para definirlos; de hecho, ellos mismos, o mejor dicho, el subconjunto de los que eran conscientes de su ventaja y además sentían una suerte de difusa, impersonal culpabilidad por ello, se definían a sí mismos con estos términos, tal vez en un intento catártico que les permitiera, por ejemplo, llevar el carné del partido obrero con dignidad.
Ya sé que no es justo culpar a los demás de las propias carencias, máxime cuando esas ventajas de las que hablo son heredadas, pero, ¿acaso son éstas en sí mismo justas? La paradoja es que la humanidad siempre ha avanzado en gran medida gracias a ellos, a los favorecidos y, sin embargo, comprometidos con los demás. Por ahí, y sólo por ahí, encuentro un resquicio para darles las gracias, aunque, injustamente, nunca acabe de fiarme de ellos.

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Esta ciudad y yo

Hay días que me levanto harto de esta ciudad. Me doy cuenta de que no paro de decir por lo bajini «gilipollas» (a veces lo alterno con «hijoputa», en los casos más graves). Comienzo a andar camino al trabajo, son las 7 de la mañana. Al que se sube con la bicicleta en la acera y casi me atropella: ¡gilipollas!; al que vacía el cenicero del coche en la calle: ¡hijoputa!; al que ya lleva la música a toda pastilla en el coche o en el móvil: ¡gilipollas!; al que no para en el paso de peatones: ¡hijoputa!; al que va dando gritos, al que parece un facha, al que parece un hipster, al que parece un hámster, al que parece un pijo, al que parece un gánster: ¡gilipollas, gilipollas, gilipollas! Es agotador. Paso por delante del monumento al flamenco del Violón: ¡qué hijos de puta!; paso por delante del Caminante: ¡uf!; veo el puñetero LAC atestado de gente: ya no me quedan fuerzas para vocalizar nada y sólo lo pienso: ¡cuánta maldad!

Pero, de pronto, me acuerdo de M., que ya no me dice nada ni cuando blasfemo a su lado, aunque sé que le afecta mi mal humor y ya no me habla y ya está seria conmigo y sé que no tengo derecho, no hay derecho, no hay derecho. Entonces me propongo no tener malos pensamientos durante toda la jornada, me acuerdo de aquel estrambótico método que difundió Punset de colocarse un lápiz atravesado en la boca para forzar la sonrisa, intento descubrir por las alturas algún bello grutesco en honor a Vallejo, le doy vueltas a dos versillos que no me acaban de encajar, con mi sonrisa puesta busco por Reyes Católicos a la muchacha en bicicleta del poema de Repiso

Pero, sólo encuentro a J.A., con su corbata feliz, su rasurado de anuncio y su diligente halitosis, que me alcanza camino de los juzgados, que me llama, que se me acerca, que me tira del brazo, que me encara, que me dice: «¿De qué te ríes?, ¿te has contado un chiste que no sabías? ¡Ja, ja, ja, ja!».

«Sí, buenos días», le digo con la sonrisa desinflada.

Perdóname, M., pero qué ganas de decirle: «¡Buenos días, gilipollas!». Mañana me iré en autobús.