Siempre quise ser Sinclair

Voy cruzando, temeroso, el paso de peatones. Un automóvil bufa raudo, viene derecho hacia mí. Ya no puedo volver atrás sin riesgo de ser atropellado. Sin aminorar, me esquiva y pasa a medio metro de mi cuerpo paralizado. Todo ocurre en tres o cuatro segundos: mis funciones vitales se detienen y se reanudan; rememoro, palabra por palabra, aquel pequeño libro de Hesse que leí en mi juventud, Demian; y por fin, formulo un deseo: la carcasa y los asientos del coche desaparecen; el motor se volatiliza, y un hombre, un hombrecillo, un hombrecillo-bala sujetando rabioso un volante invisible, roza y roza el alquitrán como un dibujo animado, hasta lograr ser una tea viviente, moriente.
Después, el leve claxon de un amable conductor me devuelve la consciencia y continúo cruzando como si nada.

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Río Aguas Blancas

Ella era mayor que yo. Sus padres serían amigos o conocidos de los míos. La vi sólo un día, en el río. Me enseñó a hacer barcos de juncos y a pescar renacuajos con ellos. La recuerdo con su vestido de flores sentada en una piedra, a mi lado. Todavía puedo ver las gotas de sandía resbalando entre sus muslos blancos.
Hay días que se atreven a quedarse con nosotros para siempre, son días temerarios, inconscientes, sin temor al olvido. Yo estuve allí y mi corazón latía aún como el de un niño. No podré contárselo nunca a mis amigos como les contaré, sin duda, el viaje que un día pueda hacer alrededor del mundo, ni podré enseñarles fotografías como las que me haré, sin duda, un atardecer en cada puente o en cada planeta, pero yo estuve allí ese día. Es cierto, no tengo ninguna prueba y sé que pronto olvidaré el color de su vestido como ya olvidé su nombre.
Por eso lo escribo, por si un día olvido que estuve allí y que mi corazón latía aún como el de un niño.Imagen 235

Paisaje de fondo

La presbicia, junto al hecho de compartir baño (en mi caso, con mujeres), es lo que tiene, que cuando ya estás metido en la ducha puedes acabar con cualquier cosa en el pelo o en la esponja si te han cambiado los botes de sitio. Bueno, pues con mi acondicionador para rizos perfectos aplicado, ya estoy en la terraza del balcón dispuesto a leer un rato, o quizá a dejar que pase el tiempo, ya veremos. Descorro un poco las cortinas para que entre algo de luz, esto es un primero y la calle es muy estrecha. Cuántas veces habré visto un paisaje parecido a éste… Llevo más de la mitad de mi vida viviendo fuera del Albayzín, donde nací. De hecho, mi vieja casa de vecinos ya no existe. El día que la descubrí medio derruida, sin el corredor de madera orientado a la Alhambra, sin el patio de columnas, sin macetas, sin ropa tendida, sin el consuelo de que otros continuaran habitándola, la di por perdida definitivamente. Después de esa vivienda hubo seis más, demasiadas mudanzas para ir guardando añoranza de cada una de ellas. Una vez viví en un quinto, cerca del mar. Cuando llegaba el buen tiempo, las tardes se llenaban de pájaros revoloteando en círculos muy cerca del balcón, desde donde podíamos ver —o desear ver—, no recuerdo bien, una esquina del mar. La habitación que destinábamos a estudio era interior y daba a un ojo de patio limpio y blanqueado, aun así lo mejor era el amplio trapecio de cielo que se divisaba sin esfuerzo; casi siempre era de un color celeste intenso, a veces con sus nubes blancas, como el de los cuadros de Magritte. Pero como no todo es perfecto —ni todo lo contrario—, también recuerdo la potente voz del albañil que vivía encima, en el sexto, y la dulce voz de acento anglosajón de su mujer. Un día ella inquirió del hombretón el paradero de una croqueta, a lo que éste respondió desde la ruidosa cama con un tremendo eructo y siguió escuchando la radio. Pero el cielo y la luz, ¡ay, la luz!, hacía que pudieras perdonarlo casi todo. Sin embargo esa fue la vivienda que menos tiempo habitamos, poco más de un año.

Desde mi balcón actual apenas se ve el cielo, claro que tampoco se oye a nadie buscar croquetas. Pasa debajo de él todos los días, eso sí, el hombre que tose cuatro veces, siempre como cuatro truenos, cuando pasea a su perro y se va frenando, condescendiente, en cada neumático que elige el animal; también canta mi vecina Dorita cuando está contenta, y también es verdad que su hija, conversadora incansable de balcón a balcón de día, se distrae por las noches lanzándole agua a dos gatos que lloran en plena calle como almas en pena; luego está el charcutero de las 8 de la mañana, la radio de su furgoneta y su persiana de infarto, y el percusionista de las bombonas de butano, y el de la moto enana al que le gusta fardar delante de las niñas, y el feriante malhumorado que de vez en cuando les regaña a todos desde su balcón… En fin, los ruidos normales que hay en estos barrios de aluvión, de calles de ocho metros de ancho y asfixiantes bloques de viviendas que fueron sustituyendo desde los años 60, poco a poco, hectáreas y hectáreas de vega. Son celdas de cemento sin zonas verdes por abajo ni azules por arriba y, sin embargo, los domingos de verano echo de menos todos esos ruidos… Es curioso, pero, pese a todo, la gente es lo único que salva la fealdad de este paisaje. Mi antiguo barrio también se despoblaba en verano, pero el paisaje compensaba algo más la ausencia de amigos y vecinos. Aquí no hay tapias blancas donde puedan derramarse los galanes de noche, por eso se agradece tanto ver un balcón lleno de macetas, con hojas y flores contorsionándose a través de los barrotes, pugnando por un poco de luz.

La joven hija de mi vecina ha salido a tender la ropa blanca al balcón, el mismo balcón bajo el que un día, hace ya unos años, un muchacho le declaró su amor con pintura roja en mitad del asfalto. No duró muchos días la declaración porque naufragó en las zanjas que la compañía del agua tuvo que hacer una y otra vez para reparar una fuga pertinaz. Ahora, cuando la hija de mi vecina se asoma al balcón, puede ver en la calle una panza negruzca y mal alquitranada que suplanta el espacio de aquellas palabras de amor.

Mientras tiende, la muchacha observa de reojo cómo cierro las cortinas del balcón. Enciendo una luz para leer algo que me regaló mi querida Mariola y que tenía pendiente desde hace tiempo: la última aventura de Corto Maltés. Cojo un cigarrillo y me repanchigo en la hamaca con el libro en las manos, lo huelo, lo hojeo durante un buen rato sin quererlo leer. Ya es la hora de cenar. No sé si el paisaje condiciona el carácter, pero me ha venido bien este chute. Mañana, o pasado, lo leeré.