Uñas de gato

Un día que no estaban mis padres me subí al tejado de la casa del Albayzín —que daba al patio de vecinos—, para rebuscar entre las tejas y entre los jaramagos que habían enraizado allí. En cuanto asomé la cabeza, un gato salió pitando y se perdió entre las antenas, sorprendido, como un niño haciendo una fechoría. Dejó caer de la boca un gorrión gordito, todavía caliente, al que más tarde dimos sepultura en el descampado de enfrente, el antiguo cine de verano Bellavista. De pie, sobre el tejado, me acordé del «¡tierra a la vista!» que había leído en tantos tebeos del Jabato y del Capitán Trueno. Se veía la Alhambra, imponente, como nunca la había visto, pero también la ventana de mi vecina Mari Ángeles, que tenía los ojos verdes y dos pliegues de piel bajo ellos que hacían que pareciera que siempre estaba sonriendo o soñando. Me sentía como un descubridor o como un explorador de los libros del cole. Encontré la pelota de tenis que se nos cayó en verano, con un color verde ya desvaído y sin pelusa, la cabeza de una muñeca tuerta y también algún pistolero de plástico, ¡ah!, y aquel jefe indio con su hermoso penacho de plumas de colores que tanto me gustaba y que alguien voleó después de perder una batalla. El tejado entero era como el viejo cajón del abuelo, donde te podías encontrar de todo, desde una muela envuelta en papel de liar tabaco hasta una “perra chica” de Alfonso XII. Mi abuelo coleccionaba cajas de mixtos, que era como únicamente llamábamos a las cerillas entonces. Yo lo ayudaba a pegar con harina y agua, en algo parecido a un álbum, los cartones ilustrados de las cajas: animales salvajes, uniformes, monumentos… Por eso, cuando me encontré entre las tejas una moneda rara, casi negra, la guardé para él. De mi tejado salté al tejado contiguo, no tenían mucha inclinación. Las juntas de hojas muertas, los charquitos de agua y unas florecillas rosas que había por todos lados, cuyo apropiado nombre supe muchos años después —uñas de gato—, le conferían a aquel mundo un aspecto pantanoso e irreal. Entre los hierbajos te encontrabas de vez en cuando una especie de relojes silvestres, así los llamábamos los niños. Parecían diseñados por Leonardo da Vinci. Tenían un filamento espiral que, si lo mojabas con saliva, se desenrollaba lentamente, como si tuviera vida. Y es que la saliva era en la infancia un poderoso catalizador, un ungüento mágico que servía para todo. Con los bolsillos de los pantalones cortos llenos y un reloj en la boca bajé satisfecho mientras mi abuelo me sujetaba las escaleras. Cuando le enseñé mis tesoros recuerdo que me dijo: «¡Vaya, ha bajado el tiempo de los tejados, como se entere tu madre…!». Y se rio con cuatro dientes. Ese fue nuestro último secreto.

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El Callejón del Gallo

Recorriendo el solitario Callejón del Gallo me sorprendió la necesidad (casi obligación) de contarle a mis acompañantes que, no hace muchas décadas, vivió allí gente, familias que habitaban casas que hoy ni siquiera existen, vidas de las que ahora no queda ni rastro (no hablemos ya de la Casa del Gallo de los Vientos y de la Granada zirí más desconocida…) En un momento fue como si paseáramos por un cementerio sin saberlo. No es un asunto sentimental que tenga que ver con la bonhomía que, ingenuamente, cuando joven asociaba como rasgo identificador de la clase obrera, no (aunque realmente eran gentes humildes en su mayoría las que allí vivían), sino con un impreciso y desordenado deseo de vindicar su mera existencia, como si con eso conjurara el olvido y retribuyera parte de la deuda que a veces uno se arroga por el mero hecho de poder ser testigo, o de poder seguir vivo. Aunque el tiempo de mi infancia queda lejos ya para mí, no soy aún un anciano y, sin embargo, cuando recorro las calles por donde anduve cuando era niño me cuesta trabajo reconocerlas: tanto ha cambiado todo. Me alegra el día el hecho de que alguien, con más memoria que yo, aporte un dato que no recordaba sobre el lugar, el nombre de un viejo vecino, una anécdota olvidada; es como si soplara sobre la niebla y ésta se abriera de pronto de par en par. Sin embargo no estoy seguro de querer tener una memoria tan prodigiosa que pudiera recordarlo casi todo, que pudiera revivir ese pasado que tanta añoranza me provoca a veces. Junto a la imagen aséptica del recuerdo de unas fachadas que ya no existen o de un parque que fue un huerto, convive el recuerdo subjetivo, contaminado por vivencias personales, por la impresión de momentos concretos, por sentimientos en definitiva. Son en realidad un solo recuerdo del que es imposible despegar una de las dos caras, tal vez porque jamás lo vivimos de la misma forma ninguno de los personajes que compusimos esos escenarios del pasado. En el mismo laberinto irreal de callejuelas umbrías donde me sentí una vez extrañamente solo en el mundo, otros se besaban por primera vez (y esto no es una imagen inventada). Es importante contarle a los demás que allí, donde ahora hay un solar o un edificio moderno, hubo otras vidas, y es importante aunque sólo sea para recordarnos a nosotros mismos lo insignificantes que podemos llegar a ser cuando no vemos más allá de nuestros ombligos, es decir, lo insignificantes que llegaremos a ser con el paso del tiempo la mayoría de nosotros.

Aljibe de Trillo

Del “Aljibetrillo”, como le decíamos cuando éramos chicos a esa zona del Albayzín, guardo un recuerdo onírico. Para mí fue un laberinto del que siempre salía con la sensación de que había una parte oculta en él que nunca descubriría. Después de muchos años lo he vuelto a recorrer varias veces y, aunque no sé exactamente lo que busco, sí sé que sigo sin encontrarlo. Sin embargo sigue allí el portal de lo que un día fue la escuela de los cagones, con su patio de tierra y sus macetas, sus gallinas y sus conejos; el tapial encalado que recorre el barrio, por donde asomaban exuberantes hiedras y celindas como si el esplendor escondido en cada carmen se derramara; las callejas empedradas y los trancos de las puertas antaño baldeados; las placetas donde peloteábamos comiendo pan con chocolate; y la luz, sobre todo la luz.Aljibe de Trillo