La magrebí

Me he vuelto cada vez más más cobarde y perezoso a la hora de intervenir ante una de esas pequeñas injusticias cotidianas que suceden en la calle, ante nuestros ojos. O tal vez sea que he perdido la fe en que pueda servir de algo mi intervención. De cualquier forma, me preocupa. De hecho, cada vez lo hago menos también en la intimidad familiar (viendo un atropello de estos, por televisión, por ejemplo) o en cualquier tertulia.

Viviendo aún en casa de mi madre, a finales de los 80, me sucedió algo que, si bien no fue definitivo de cara a explicar mi actitud —vergonzante, en cierto sentido—, sí me hizo aprender que la violencia física o verbal no conduce a nada bueno, aunque sea en favor de una buena causa o a consecuencia de la rabia ante una injusticia. Y, ojo, digo esto no considerándome pacifista, no al menos en el sentido beatífico del término.

Ayer veníamos mi pareja y yo de vuelta al barrio en un pequeño autobús atestado de gente. Con nosotros se subió un grupo numeroso de mujeres mayores (también algunos hombres) que venían de un salón de baile para la tercera edad. Todas, muy arregladas y peinadas de peluquería, intentaban pillar asiento, pero la mayoría tuvo que quedarse de pie, como nosotros dos, agarrados como podíamos a las barras del autobús, algunas inaccesibles, bien por su altura o bien porque estaban ocupadas por multitud de manos. Una de las señoras gritó a nuestro lado preguntando que dónde se agarraba ella. En una de las paradas entró una mujer de aspecto magrebí, pero vestida a la occidental, con un bebé en un carrito. Lo tenía difícil para acceder a la zona destinada a las sillas de ruedas, pero la mujer lo intentó. Una de las señoras mayores le cedió su hueco a tal fin pero, al parecer, y no siendo aún bastante grande el espacio para que el carro entrara del todo, otra de las mujeres empujó el “molesto” carrito con el propósito de expulsarlo de la zona resguardada, a la que creería tener derecho por haber llegado antes que la del carrito o, simplemente, por un prejuicio racial, como pudimos comprobar todos los viajeros acto seguido. La mujer, lejos de achantarse, recriminó su actitud a la empujadora, diciéndole en voz alta, y en un español casi sin acento, que ese era el sitio destinado a los carricoches y que no iba a consentir que empujara a su bebé, y que si quería empujar a alguien que la empujara a ella. Todo el autobús fuimos escuchando su discurso indignado durante un buen rato; algunos de los pasajeros lo apoyaban con asentimientos de cabeza o compartían con los de al lado la queja, y otros, los menos pero más ruidosos, lo desaprobaban. Una señora que estaba sentada junto a su pareja, lejos del incidente, preguntó al aire espeso, con gritos y aspavientos, que cómo «ellos» (sic) piden buen trato si cuando vas «allí» (sic) ellos no nos tratan bien, para acabar de rematar explicando que para que nos traten en condiciones allí, hay que pagar. Se desató la locura. Mi compañera le contestó lo obvio: que la mujer magrebí había pagado su billete y tenía derecho (y hasta obligación, pensé yo en añadir, pero no añadí nada) de colocar el carrito en la zona destinada al efecto. La conversación subía de tono por momentos, con comentarios abiertamente racistas y todo lo contrario. El acompañante de la mujer del comentario xenófobo entró en liza cuando mi compañera se dirigió a la suya para reprocharle que esa no era una actitud precisamente cristiana. El hombre dijo a grito pelado que él no era cristiano ni lo quería ser, «¡qué cojones de cristiano ni cristiano, que de la calle vendrán y de tu casa te echarán!». Mi compañera lo cortó en seco, pero sólo por un momento, al decirle que con él no estaba hablando, sino con su mujer (que, por cierto, llevaba una medalla grande de la Virgen de las Angustias sobre la pechera). El hombre se recompuso y siguió predicando a gritos. La madre de la magrebí, ataviada con una túnica blanca y un pañuelo que le ocultaba el pelo, intentaba infructuosamente que su hija, que seguía hablando vehemente, se apaciguara. El pequeño autobús se inundó de un guirigay de reproches, protestas, palabras malsonantes y opiniones diversas, «los moros estos, la mierda de autobús que nos han dejado para un barrio tan grande, la polla la Filomena (en realidad Telesfora, Telesfora Ruíz, ex concejala de movilidad), qué vergüenza, los sirios no sé cuanto, los que vienen aquí y se quieren hacer los amos, alguien tiene que decirle a estos viejos maleducados cuatro cosas de vez en cuando, qué vergüenza, qué vergüenza…».

Aquel día de mil novecientos ochenta y muchos, estando yo aún soltero, comía lentejas en casa de mi madre mientras veía el telediario. Un policía blanco, en pleno Apartheid todavía, apaleaba a un negro. La cámara del reportero, fija sobre ambos, y la negra porra que subía y bajaba velozmente, una y otra vez, machacando a un muchacho arrinconado. Decenas de golpes que ya no podía parar con sus manos acabaron con él tendido en el suelo, desvanecido o muerto. Mientras, absurdamente, el policía seguía dándole golpes a un cuerpo inerme. Dejé la cuchara y di un puñetazo en la mesa, sólo uno. No recuerdo si blasfemé, seguro que sí. Mi madre acudió alarmada desde la cocina. Le expliqué lo que había pasado mientras levantaba el mantel, temiendo haber roto el cristal de la mesa camilla, como así fue. Me dijo que era tonto, le dije que si hubiera visto las imágenes de cómo apaleaban al negro… Me contestó que sí, pero que qué tenía que ver eso con su cristal roto, que además podría haberme hecho daño, que «pobreticos los negros, que sí, que sí, pero que si cada vez que apaleen a alguien me vas a romper el cristal…, que eso no se hace, coño, que te tienes que controlar.» Y me sentí ridículo.

Ayer fue un alivio llegar a nuestra parada y dejar aquel autobús asfixiante. Qué vergüenza, fue lo único que dije en voz baja junto a una joven limpiadora que iba sentada. Qué vergüenza dijo ella también por lo bajini, con las mejillas coloradas y sólo queriendo mirar a través de la ventanilla. Pero ninguno de los dos intervenimos en la contienda. Me siento orgulloso de mi pareja.

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Una nube que pasa

HAY días indulgentes
en que la vida sale de paseo
cogida a nuestro brazo.
De pronto, uno es otro, y los castillos,
que eran granos de arena,
siguen siendo castillos
pero con una puerta donde llamar.

Son días raros, algo sospechosos.
Uno cree que no pierde nada en ellos
más que un peso en el alma.
Uno se siente como depositario
de su propia riqueza,
o como si el futuro, complaciente,
invirtiera, precisamente en uno,
su caudal de esperanza.

Pero hay siempre un momento, en esos días,
un instante, una nube, una pequeña sombra
en que todo es lo que parece:
un pronto agazapado en tu ternura,
un mal que nos acecha desde el cielo;
a fin de cuentas,
un nunca acostumbrarse a la bondad.
Y es esa cabronada, ese relámpago
que nos espanta el día,
un vértigo fugaz,
una alarma, una fiebre
con que nos delimita el miedo.
Y el miedo es esa nube que me ocupa
y aún no ha aparecido.

Hoy, por ejemplo, está pasando un día feliz,
y no puedo evitar pensarte
y pensar que todo se acaba,
que te me irás con media vida
pegada a los talones.
Y me pongo a pensar
qué difícil será poder dividir todo.
Cómo repartiremos
los libros que compramos juntos,
los amigos que hicimos.
Cómo diez cumpleaños y la risa
de las viejas fotografías.
Cómo dividir nuestra casa y tanto esfuerzo,
y nuestra almohada
y su buena memoria.
Y cómo hacer separación
de tantos bienes acumulados
en tantas noches. Cómo hacer
matemáticas con los besos.

Y me siento a esperar
a que pase esa nube.

(De Las horas muertas, Premio Internacional de Poesía Miguel de Cervantes, 1998, Ayuntamiento de Armilla)

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