Historietas de la Real Chancillería II: El verdugo fantasma

En Plaza Nueva, sobre las 13:30, acaban algunas de las visitas guiadas a la ciudad. Lo sé porque a esa hora me fumo el penúltimo cigarrillo de la jornada donde siempre, bajo los tilos de la plaza. A mi lado, el guía da la última charla a un voluntarioso grupo de turistas. Les habla de la fachada manierista de la Real Chancillería, de la Justicia y la Fortaleza sentadas en el frontón, del patio particular de Siloé y de la monumental escalera que flota en el aire, de la cárcel real y de los calabozos de las torres, y hasta de la Inquisición les habla. Justo antes del aplauso final de agradecimiento es el turno del fantasma, el guía pone la guinda al paseo con el relato del verdugo de palacio, una figura lánguida con capa y sombrero de ala ancha condenada a encender y apagar luces, a abrir grifos y ventanas, a poner en marcha los ascensores, a mover las macetas de sitio, a recorrer los pasillos por los siglos de los siglos. Los turistas atienden divertidos, se oyen risas unánimes ante algún detalle de la explicación y, finalmente, el premio del aplauso resuena en la plaza. Ellos no lo saben, se ríen porque creen que el fantasma es, en el fondo, un simpático souvenir que se llevarán en la memoria, valga la redundancia, pero en palacio, a veces, pasan cosas realmente extrañas.

En uno de los atrios de la antigua Audiencia se exhibe, sin pudor, dentro de una urna de cristal, un ejemplar de garrote al que sólo le falta la puntilla final, el pincho o la bola que penetraba o machacaba la carne, es decir, le falta el sobrecogedor y crudo final de los cuentos que los hermanos Grimm atemperaban para los niños, la sangre y la carne de la abuelita descuartizada a las que el lobo “invitaba” a probar a Caperucita, antes de devorarla a ella también. Las togas negras, rozando con su vuelo espeso las paredes, y la gravedad del ambiente, y hasta del lenguaje, sentencia al lugar a una suerte de desconfianza y fatalidad irremediables. Hay algo enfermizo entre la fría belleza de sus paredes, algo que atrae y repele a la vez, y no es la Justicia.

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En las tardes de invierno, cuando la luz del día desaparece pronto, las cristaleras traslúcidas del corredor de arriba, donde reposa la vitrina como un pequeño féretro transparente, se mantienen iluminadas tan sólo por la luz de la luna y la luminaria de emergencia, roja y mortecina, que salpica los pasillos. Las nubes, reflejos negros ya, viajan lentamente de ventana en ventana, uniéndose en una negrura de tinta derramada que lo ocupa todo. Más arriba, entre las tejas, tiembla con el viento alguna mala hierba que ha crecido rápido con las primeras lluvias, y es tal el silencio que procuran los gruesos muros, que se puede escuchar el ahogo de las últimas gotas de la fuente huyendo por los sumideros. Desde el patio principal se pueden contemplar las cristaleras y las sombras que detrás de ellas cruzan los corredores. Una sombra fue lo que vio uno de los dos guardias aquel atardecer. Dio una voz, preguntó quién era, apuntó con su linterna. Nada, nadie. Le dijo a su compañero que subiría a echar un vistazo, y subió. Pero pasaba el tiempo y nada se oía, y nadie contestaba, y nadie bajaba. Y el compañero, inquieto, subió también al corredor. Todo esto lo relató más tarde un tercer guardia, el que entraba de noche a cumplir su turno y relevar a la pareja. Todo esto lo contó porque fue lo que a él le contaron ellos dos cuando, al rato de llegar, extrañado al no encontrar a nadie en el puesto de guardia, recorrió las dependencias buscando a los compañeros, llamándolos a voces, hasta que ambos salieron, uno detrás del otro, del cuarto que hay junto a la vitrina, con los rostros arrebolados, con la respiración agitada.

El relato es vago y difiere de quien lo cuente. Han pasado ya muchos años, los suficientes para olvidarlo todo, todo menos el hallazgo de una de las limpiadoras a la mañana siguiente, mientras hacía la habitación que hay junto al garrote, la supuesta habitación del Maestro Lorenzo, como se le conocía por las tabernas de Granada al verdugo de Baiona. Nada de espanto, nada sobrenatural, nada extraordinario… O tal vez sí si alguien entendiere el amor, el amor pleno, como un hecho extraordinario, pues, amigos, el hallazgo no fue otro que los restos de ese amor sorprendido, asaltado, anudado y olvidado para siempre.

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