Pesadillas

Durante toda la noche he soñado el mismo sueño una y otra vez. La fiebre me despertaba y allí estaba la pared, una pared de montaña inexpugnable, sin verdes ni cielo. Cuando era pequeño sufría alucinaciones por la fiebre, veía cosas que no estaban encima de los muebles, hablaba con alguien que nadie veía. Una habitación vacía, de suelo ajedrezado, no paraba de crecer y yo empequeñecía en un rincón, como una menguante Alicia. La guerra llegaba en invierno a mi barrio, el cielo era rojo y entre el barro asomaban, sucias, las cajas de cerillas que coleccionaba mi abuelo muerto, el pico del gorrión que enterramos el año pasado. La gente corría en silencio por las calles empedradas. El humo de las bombas o del fuego, y el frío, y el verdín sucio entre las piedras y los zapatos rotos. El maestro borracho nos formaba por las mañanas en el patio del colegio con ademanes militares y una vara en la mano. La bandera subía por el mástil helado y la leche hervía y se derramaba hasta el suelo. Mi primo mayor me llevó a una casa abandonada, en las paredes había caracoles sin concha ensartados con alfileres, nos fumamos un cigarro sentados en la tierra. Flotando a la deriva, barcos herrumbrosos, sentinas llenas de orín y semen. Qué hermosa era ella, sus ojos miraban absortos a los demás. Por fin llegó el verano con sus noches olorosas y sus terrazas llenas de estrellas. Todos nos congregábamos en silencio a la luz de la luna, tumbados bajo el firmamento. La cortina se bamboleaba, dejando entrever la luz tenue de las escaleras de acceso. Faltaba alguien en la reunión. Sería él, con su muda locura y sus ojos de pozo, el que apareciera apartando la cortina. Qué tiempo de amores imposibles y de soledad suprema. Las cloacas llenas de la adolescencia. Por fin asomó entre la cortina. Su rostro impávido, sus manos muertas. Se tumbó lentamente a mi lado, frío como un espejo. Idéntico a mí.

 

19-RETRATO-999

JUGUETE“, de Juan Vida

 

Anuncios

Muerto de frío

La taberna ya tenía esta mañana a dos borrachos apoyados en la barra. El rojo de la cara de uno alumbraba la copa de ginebra del otro. Cuando yo trabajaba de aprendiz en una imprenta de Escudo del Carmen, veía a estos dos mismos borrachos cada mañana. Un día oscuro y lluvioso como el de hoy, uno de ellos apareció muerto en un portal cercano. A las siete y pico de la mañana las putas estaban en la puerta esperando a la policía y el muerto tenía echada una sábana celeste que no le tapaba un calcetín. Cuando salí a las dos para ir a comer un bocadillo a la bodega aún seguía allí el muerto, con su sábana desvaída, muerto de frío. El ciego que regentaba la imprenta también salió a ver al muerto, a ver si lo conocía, y estoy seguro de que lo vio porque él siempre decía que veía lo transpuesto.

FB_IMG_1453036931791

El caso es andar

Decir a estas alturas que estamos hechos del mismo material que el resto del universo es casi una simpleza, hace años que los niños lo estudian en clase. Somos oxígeno, carbono, hidrógeno y sesenta y tantos elementos químicos más. Biológicamente, hasta tenemos relación con el cemento y el alquitrán que inunda las ciudades, con los fotones de luz artificial bajo los que habitamos cientos de miles de horas a lo largo de nuestra vida, con el cuero de los balones que ruedan por los estadios, con el plástico y el metal de los ordenadores, con los geranios y los bojes de balcones y jardines. La ciudad nos pertenece, es nuestra creación y está, pretendidamente, a nuestro servicio, hecha a nuestra imagen y semejanza, tal y como hacemos con nuestros tótems y dioses. Hemos creado reservas de humanos donde poder vivir y pervivir, donde refugiarnos de la intemperie, del tiempo meteorológico y del otro, del cronológico (legados culturales y cementerios dan cuenta de ello). Y lo aceptamos porque es en este estrecho hábitat donde se encuentran nuestras formas de vida, de las que dependen salarios, alimento, vestido, educación, la posibilidad de pagar las facturas que origina nuestro bienestar o nuestra subsistencia, el acceso a la cultura y al ocio, la familia y la relación cercana con los demás. Sin embargo, es paradójico, no podemos vivir sin desear despegarnos de la ciudad. Podemos amar los bares (y las relaciones sociales que esos espacios conllevan), las calles llenas de tiendas, los cines, los teatros y hasta el sofá o el sillón de orejas donde leemos o damos una cabezada, pero en cuanto algo o alguien nos arranca y nos saca de nuestro pequeño y mecánico mundo lleno de artificios maravillosos y de pobres decisiones, en cuanto olemos la primera tierra mojada de la temporada, una llave oxidada gira dentro de nosotros como si abriera un cajón perdido y deseado.

La mitad de la excursión del otro día la hicimos lloviendo, fue quizá la excursión más corta y bonita que he hecho, apenas tres horas de entrenamiento para recuperar la inercia perdida con las Navidades. Yo he descubierto este placer hace apenas dos años, no soy montañero ni nada que se le parezca, soy, por el contrario, un fumador empedernido que trasnocha a menudo y que duerme poco. Bajo la lluvia, casi llegando a la cima del monte, con la boca abierta como un pez que se ahoga, iba disfrutando más que un tonto con un lápiz. Eres tan diminuto en medio de la montaña, son tan pequeños tus problemas, eres tan consciente de que todo seguirá igual de bello y grandioso el día que tú faltes, que no te queda otra que aceptar ser lo que realmente eres, no algo insignificante, no, sino un puntito lleno de alegría y agradecimiento perdido en esa vereda, perdida a su vez, en esa inmensidad. La ciudad se divisaba a lo lejos, nítida después de la lluvia. Allí, en una tienda ahora lejana, compramos los impermeables, las botas y todos los arreos que nos hacen poder disfrutar estos instantes, no me olvido que allí está también mi casa y mi familia, el cuaderno donde escribo y el bar donde veo a los amigos. Y también está mi lugar de trabajo diario, gracias al cual puedo estar hoy aquí, en medio de esta niebla espesa que nos confunde como si fuéramos parte del paisaje que permanecerá cuando todos nos hayamos ido, en medio de esta nada que lo es todo ahora mismo. Y por un momento se nos olvidan los meniscos cascados y los años a cuestas y los días de mierda, y saltamos y reímos como si fuéramos niños, como si hubiera un hilo invisible que nos uniera. La excursión está terminando ya y no dará tiempo de sentir ese otro placer indescriptible que sigue al cansancio. Al volver, pasamos por un humedal y el barro de las botas comienza a pesar. Observo cómo el Montañero (así, con mayúscula) evita restregar la suela en los matojos que crecen a los lados; no nos dice nada a los que sí lo hacemos, no nos alecciona, se limita a buscar un charco y hundir las suelas en el agua. Respetuoso con la naturaleza, de la mejor manera, dando ejemplo: ¡no me queda nada que aprender…!

Aunque, pensándolo bien, sí voy teniendo un par de cosas claras, en la montaña o en la ciudad: que no me pertenece el paisaje y que el caso es andar. Ya lo cantaba Cecilia.

120-BOCA DE LA PESCÁ-09.01.2016 002 (119)

Foto del Montañero

¿Para qué desear?

En la escuela aprendimos que estamos hechos en gran parte de agua, de un 70% aproximadamente. Esta proporción va disminuyendo a medida que nos hacemos viejos y comenzamos a estar hechos mayormente de tiempo. Es una relación inversa, a más agua, menos tiempo consumido; a menos agua, más tiempo. Lo de estar hechos de tiempo lo aprendemos en la escuela de la vida a medida que nos falta el agua y echamos mano de otra cosa para brindar. Ya ha pasado un año más y tras él ese instante de las doce campanadas en que creemos que todo puede cambiar, que todo es posible, que los dados de la fortuna esta vez sí que serán más amables, a veces porque pensamos que peor no podríamos estar, a veces porque tenemos fe en todo lo contrario. Si la mecánica del mero deseo funcionara como un conjuro, todos los años nuevos deberían llegar con un plus de felicidad, como una merecida subida del sueldo, como debería subir el salario mínimo interprofesional. Son tantos los años nuevos que podemos llegar a ver, es tanta la expectativa de un futuro mejor acumulada en tantos trienios, que si se pudiera sumar nos habríamos ganado ya de sobra dormir cada noche a pierna suelta, vivir sin pensar en la salud, en el dinero, en el éxito o en el amor. Pero no es así, de sobra sabemos que los deseos no se hacen casi nunca realidad. ¿Para qué soñar, para qué desear, entonces? Un muchacho decía a la cámara que su deseo era encontrar una novia que lo quisiera; otro decía que lo que deseaba era que le tocara la lotería. Es de suponer que el segundo habría comprado una participación al menos, y que el primero no estaría todo el día en su casa lamiéndose las heridas o mirándose al espejo. El deseo, por arte de birlibirloque, no se va a materializar nunca, pero es el primer paso a dar para sentirnos vivos. Si deseamos un mundo más justo, habrá que contribuir a esa justicia, si no estamos contentos con cómo somos tendremos que cambiar de peinado, de premisas o tal vez cambiar nuestra actitud hacia aquello o aquellos que nos interesen. Lo cierto es que la vida pasa volando y no nos podemos entretener en naderías. Hubo un día en que tuvimos la certeza de que nos amaban porque amábamos, ¿es posible que lo hayamos olvidado ya?, ¿tan pronto? Yo creo que no.