Yo me iré y la liga seguirá (J. V.)

Que yo me iré y la vida seguirá siendo tan cruelmente hermosa como siempre, es indudable. Que seguirán todos ellos, jóvenes, como lo fui yo, contemplando los colores que yo ya no contemplaré jamás; y que seguirán todos ellos riéndose de la vida, como también lo hice un día yo, también es impepinable. No puedo parar el tiempo, ni tampoco conseguiría nada haciéndolo, lo sé. Sé que me iré y que el campo y los campos seguirán llenándose cada domingo, sé que confundiré en la niebla sus labios de niña con aquellos otros suyos de mujer, y sé que nadie me esperará ya nunca bajar de la montaña. Sé también que ella crecerá como crece la hierba entre el granizo y la ventisca, ajena a mis cuidados y a mis miedos. Lo sé. Pero me gustaría pensar que no me necesitará nunca, me gustaría pensar que, mientras pienso en ella, ella no necesita pensar en mí, que no seré nunca imprescindible en su vida, que nadie lo será. Me gustaría pensar que cuando ya no esté yo, su vida estará resuelta… ¡resuelta! Y entonces, justo en este punto, es cuando pienso en lo que he hecho con mi propia vida, en qué doy por cerrado en ella, en qué finales felices o infelices resuelven mi vida. Entonces es cuando pienso que nada será así cuando yo me vaya (excepto todo eso de los domingos y los colores y las montañas y el campo y los campos de fútbol llenos y la hierba). Entonces es cuando vuelvo a tener presente que mi vida nunca ha estado resuelta, y ya dejo de pretender que lo esté la suya cuando yo no esté, y ya el miedo me hace dejar de escribir, y ya me pongo a repasar con ella el examen que tiene mañana.

JRJ

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Los gorriones de Plaza Nueva

Los guardias de la Real Chancillería pasan muchas horas de su vida en el quicio de la puerta, observando siempre el mismo paisaje, la misma perspectiva de la Alhambra, el mismo edificio de enfrente, el mismo trozo de plaza. Eso hace que algunos agudicen su sentido deductivo a través de la continua observación; otros puede que aprovechen esta limitación física para enriquecer su vida interior mientras desconectan la mirada de las idas y venidas de los turistas, que son los mismos siempre pero con ropas distintas. Supongo que algún guardia también puede estar corriendo el riesgo, en el caso de no estar adscrito a la casuística enunciada, de quedar algo trastornado después de tantas horas estériles. Hoy, uno de ellos, del primer o segundo grupo, me hablaba de la posición de las banderas de la Torre de la Vela: si ondean hacia la izquierda, predicen lluvia; si lo hacen hacia la derecha o están mustias, no hay nada que hacer. Pero lo que más me ha sorprendido es que, después de enumerar los signos “evidentes” del cambio climático que él observa en este microcosmos que es Plaza Nueva, ha añadido uno que él mismo no había notado en ningún enero o febrero de ningún año: una parejilla de gorriones que viene a aparearse todos los días sobre la farola de enfrente. “¿Cuándo has visto tú aparearse a los gorriones en pleno invierno?”. Y yo, que aun sabiendo que en primavera se aparean todas las criaturas del bosque de Bambi, he tenido que admitir que nunca había reparado en la sexualidad de los gorriones de Plaza Nueva. ¡Lo que pueden dar de sí las cosas aparentemente más simples!

Gorrión

Cándido y el podólogo

En la sala de espera del podólogo conocí a un tipo, más o menos de mi edad, que me contó esta curiosa historia que hoy comparto. El hombre —lo llamaré Cándido— era la tercera vez que acudía a consulta en poco tiempo; la primera, presuntamente por una uña encarnada. Me contó que el podólogo, al verle el pie, le preguntó, sorprendido, que qué era eso negro en el paronniquio derecho del dedo gordo. A Cándido no le molestó la pregunta, la esperaba, se había pasado la vida contestándola en quirófanos, piscinas, duchas de gimnasios y en algún que otro lecho de amor sin pudor ni calcetines: «Eso negro que ve usted es arena, arena de la playa de Torrenueva, exactamente de agosto de 1976». El especialista, visiblemente perturbado, simuló dar crédito a lo que oía pero insistió en achacar el dolor a la pequeña duna negra que se extendía, turgente, bajo la piel próxima a la uña. Cándido le explicó que era imposible que el dolor proveniera de ahí, ya que durante los 40 años que llevaba conservando en ese pligue de la piel el recuerdo de su primer amor platónico (en realidad su primer y único amor —me confesó), jamás le había causado dolor ni molestia alguna. El podólogo, definitivamente alarmado, evitó mirarlo a los ojos y se limitó a informarle que no veía encarnación de uña alguna y que lo que procedía, en su opinión, era la extirpación preventiva de ese recuerdo adolescente. Cándido se negó en redondo y abandonó la consulta contrariado y con el dolor intacto.
Dos semanas después volvió sobre sus pasos dispuesto a lo que fuera con tal de librarse de aquel dolor. Y “lo que fuera” fueron cincuenta euros de visita y un botecito de cristal con tapón de corcho que contenía unos gramos de oscura arenilla, un grumito de alquitrán y el bigotito de una quisquilla. Cándido salió ese día de la consulta aún más dolorido y portando en las manos el frasquito como si de una urna funeraria se tratara. Pasaron los días y el dolor, lejos de remitir, se acentuó y extendió por todo el cuerpo, así que decidió volver a ver al podólogo castrador para implorarle una solución. A esta altura de la historia nos encontrábamos ambos, sentados uno junto al otro y esperando nuestro turno: yo, todo oídos; él, todo desesperación. Llegó mi vez antes que la de Cándido y resolví esperarlo a la salida para conocer el final de su historia (si es que lo había); así se lo hice saber y él estuvo conforme, tal era el grado de curiosidad que yo sentía y tal la necesidad de compartir su pena que sentía él. Por fin salió Cándido de la consulta, serio, con rostro de preocupación. El podólogo había relimpiado la blanca duna que ahora flanqueaba su dedo, repasado todas las uñas y dado por acabado su trabajo. Ante los ruegos de Cándido, le apuntó en un papel el teléfono y la dirección de un colega, de otro especialista, esta vez de un psicoanalista. Cándido no entendía nada. El dedo, inmaculado y pluscuamperfecto, seguía doliéndole como dicen que duelen los miembros recién amputados, y un vacío doloroso se abría en su pecho cada vez que contemplaba la negra arena y el bigote de la quisquilla a través del cristal del frasquito que reposaba, como una reliquia sagrada, sobre la cómoda de su dormitorio de soltero, bajo un imponente póster de Torrenueva. Al segundo suspiro me atreví a aconsejarle que se olvidara de psicoanalistas y podólogos y le sugerí que revirtiera la situación:

¿Cómo? —preguntaron sus ojos esperanzados.
Muy fácil, búscate un cirujano de implantes —me tiré a la piscina.
¿Y el dolor que me trajo la primera vez a consulta?
O se movió de su sitio la nostalgia o se movió de su sitio el pelo de gamba. Puede ser, ¿no?
Puede ser —me respondió sonriendo.

Ahí nos despedimos, lanzó a la papelera una bolita de papel con la dirección del psicoanalista y me extendió la mano. Por un momento lo imaginé retirándomela y diciéndome jocosamente aquello que decíamos cuando éramos chicos: «¿La mano?, ¡toma el pie, que está más sano!». ¡Tan cándido lo veía…!

idilioenelmar

Idilio en el mar, Joaquín Sorolla