El buen dios

Los generales patriotas obedecen

ciegamente la orden

de los mercaderes apátridas.

Desde el cielo un hisopo purifica

a hierro y fuego la ciudad, los templos

donde algún día morará el buen dios,

los campos donde brotará la flor

oscura del dinero

sin dioses ni fronteras,

las aulas donde los niños un día

aprenderán la única verdad.

 

Como una buena nueva,

los generales esparcen racimos

de venganza que estallan

y purifican las calles. Y el mal,

despavorido, huye

y se diluye en un río de sangre.

Revientan las frutas podridas

de los mercados y las monedas sucias

yacen, de trece en trece, entre los jirones.

 

Y siempre, siempre, mientras salta el diablo

entre los charcos, se oye el llanto de un niño.

Es el niño elegido por el buen dios,

el futuro soldado de la fe

que un día volverá a purificar

la faz de la tierra, la patria grande

donde nunca caben todos los hombres.

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