A vueltas con la alegría

La vida me ha enseñado, no sé cuándo, a cruzar la cuerda floja de la alegría como un ser invisible, gritando para adentro el propio gozo, como con miedo siempre a que un rayo divino me fulmine en pleno goce. No podría culpar a nadie de esta tara. Mis padres, en sus buenos tiempos, celebraban la vida como un domingo de sol. Mi compañera es capaz de ponerse a bailar en mitad de la calle y no le importa darte un beso de tornillo si se lo pide el cuerpo. Así que no sé a qué se debe tanta precaución. Es cierto que mi padre, que era alegre pero muy responsable y cumplidor, que no se permitió faltar ni un día al trabajo hasta que no cayó enfermo, cumplió hasta el final y se murió un día de fiesta. Un Corpus, para más señas. Puede que por ahí venga algo de esto, yo era muy jovencito y cuando salí del hospital el mundo había cambiado. La mañana estaba helada, como son todas las mañanas de junio en las que se te muere un padre. Las carteleras de los cines, la música de los coches, los parques y los bares llenos de extraños: todo era un poco raro y un poco lúgubre, hasta la luz de un junio que, sin embargo, era un junio luminoso como todos los demás. Ese día fue como si la boca cariada de la ciudad me fuera engullendo hasta llegar la noche, una noche que duró mucho tiempo. Pero mi padre era un tío alegre, algo serio por fuera pero con ganas de vivir la vida. O eso quiero creer yo. Y el tiempo pasó, ya hace muchos años, treinta y uno dentro de unos días, y no lo echo de menos. Pero me sigo preguntando a qué tanta precaución, por qué tanto miedo a que suene nuestra risa o nuestra cama, por qué temer que las comadres murmuren, que el infierno se me trague con los que más quiero, que del cielo caiga un témpano que me deje helado,  por qué, ¿acaso no vendrá de todas formas un fatal día de fiesta que nos olvide a todos? Pues eso, que yo me lo digo todo.

Imagen 300

Mis padres, los dos de la izquierda.

Anuncios

Historias verosímiles de la Plaza Nueva, I

Por la plaza pasea un tipo apuesto, de andares chulescos y antebrazos morenos y tatuados, viste una camisa blanca remangada y tiene un aire de matón colombiano que asusta. De pronto le suena el teléfono móvil, se sienta en mi banco, rebusca deprisa en el bolso negro que lleva al hombro. No lo encuentra. Se quita el sombrero panamá, lo coloca boca abajo sobre el poyete y va llenándolo de objetos mientras el móvil no deja de sonar: un plano doblado de la ciudad, un rosario negro, un paquete de tabaco, una botella de agua, papeles… Por fin, tras una pequeña pistola plateada que coloca junto al resto del ajuar, aparece el móvil aún zumbando el Himno de la Alegría. “¿Aló, aló?”, pregunta con apuro. “Pues no es colombiano, será de la Guayana Francesa”, me he dicho sin dar mi brazo a torcer y sin querer mirarlo abiertamente. Al cesar la música le ha contestado en voz baja, a nadie ya: “¡Merde!”. Después ha cogido la pistola visiblemente contrariado y la ha acercado a la punta del cigarrillo que se había llevado a los labios. La llamita lo ha encendido y el tipo ha exhalado una bocanada de humo mientras me miraba sonriente, como si me regalara la vida.
“¡Cabrón guayano-francés!”, he dicho para mis adentros, pálido como su camisa pero sin dejar de corresponder a su sonrisa. “¡No te pillara la del romero en la catedral!”.

Tejidos-y-Modelos-Supremos.jpg

Hiedra

En el patio de La Mancha Chica, una taberna cerca de mi casa del Albayzín, celebrábamos bautizos, Primeras Comuniones y bodas. Era una terraza rectangular, donde las parras y las hojas de una higuera majestuosa procuraban sobre la tierra baldeada la justa proporción de sol y de sombra que tiene que tener un paraíso. Alrededor del patio había un pozo cubierto, un pequeño gallinero cerrado con tela metálica y una exuberante hiedra que ocupaba completamente uno de los laterales. Vestidos de domingo, correteábamos entre las mesas y las sillas rojigualdas, aprovechábamos un descuido de los mayores para sondear el misterio del pozo y llenábamos de saliva los hormigueros.  Ajenos aún a la relación entre los pollos vivos y los pollos al ajillo,  hincábamos las rodillas cerca de la hiedra umbría que tapizaba la tapia y rebuscábamos en esa selva toda clase de vida que poder sacrificar en el ara del pequeño corral. La luz del sol que se filtraba entre las hojas de la higuera matizaba todos los verdes imaginables, y fue en esa hiedra donde gasté los primeros lápices verdes de mis estuches de colores.
Ayer le pedí a Nono que fotografiara lo que me parecieron ser unas hojas de hiedra silvestre junto al río Dílar, porque lo que yo tengo con las hiedras no lo he tenido nunca ni con los pozos, ni con las higueras ni con el pollo al ajillo. Y Nono me concedió el deseo. Gracias, Nono.

Sin título-1