La reunión de amigos

Ha sido un sueño raro. Subíamos en un gran ascensor, amplio y luminoso. Me bajaba en una planta con grandes ventanales por donde entraba la luz suave del día. La mesa estaba dispuesta para todos, tal vez flores en el centro y los cubiertos preparados. No sé qué habríamos de celebrar. Muchos eran amigos. Volvía al ascensor a buscar a algunos rezagados o perdidos. Los acompañaba a todos en unas idas y venidas interminables, pero complacientes. Me comportaba y hablaba con los demás con una serenidad y un aplomo impropios en mí, como si yo no fuera el yo que conozco, o más bien como si estuviera muerto. Sólo así puedo interpretar la paz personal que sentía: no siendo yo. Lo más importante era la forma de comprender y hablar a los demás, una forma que denotaba más que nada un extraño respeto hacia mí mismo, hacia lo que soy, sin soberbia alguna pero también sin culpa.

Ha sido un sueño placentero, de no ser por el regusto melancólico que me produce ahora.

Ya sentado en el balcón he oído cantar a mi vecina Dorita: ¡ola ola ola ola, no vengas sola, ola ola ola ola ola, ven con mi amor…! Creo que ya no tiene novio. En una entrada de este blog, hace un año, celebraba yo todo lo contrario. Sin embargo, esta tarde en el balcón, después de esta siesta de casi tres horas tan parecida a la muerte, después de oírla cantar con su voz fuerte y alegre esa melodía que se me ha antojado tan triste, me ha parecido como si ella estuviera también ya muerta. Descorro las cortinas después de escribir esto, para que entre la luz de la tarde en el salón y leer en el ordenador sin luz artificial, y también para decirle buenas tardes, Dorita. Pero, como el ascensor y la mesa luminosa; como cada uno de vosotros, invitados a esa reunión que bien podría ser un velorio; como ese yo tan extraño y esas flores que tal vez no estaban en la mesa, Dorita tampoco estaba ya.

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Foto de Firooz Zahedi

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Dosis

Hay un silencio raro alrededor, a veces sólo percibo mi propio jadeo, a veces es mi corazón desbocado. Nada más. Me siento desconectado del mundo y, aunque sé que es mentira, es una sensación dolorosa y placentera que abunda en esa otra de orfandad que ya de por sí los años nos procura. Ese desamparo, esa especie de verdad a medias que ya conocemos de sobra, se asoma tal cual es sólo de vez en cuando, a plena y pura —sí, pura— luz del día.

No sé si me hacen bien estas experiencias (cuando joven probé el efecto de algunas anfetaminas, de la coca y poco más; la marihuana aún la fumo de vez en cuando, pero de lo que hablo ahora es harina de otro costal). No sé si mi cuerpo aguantará: soy fumador, bebedor, trasnochador, descuido mi dieta y me altera el pulso saber que alguien no me quiere ver ni en pintura, o viceversa. Pero lo cierto es que busco estas experiencias, y las echo de menos si las espacio en el tiempo. Es decir, empiezo a ser consciente de mi nueva adicción.

Pese a experimentar el “viaje” acompañado, cosa que me satisface, me regodeo en la sensación de soledad que va y viene y acaba por encontrarme. Prescindo adrede de la presencia de los otros, necesito saber que están a mi lado y, al mismo tiempo, que me basto a mí mismo, o que me sobra todo, incluido lo que me bulle en la cabeza. El aire comienza a circular por mi cuerpo y ventila los cuartos cerrados; es un aire primigenio que despega capas de materia apelmazada y oscura, todo se revela sencillo y parece de verdad. La luz que percibo hace nítidos todos los objetos, y en mi cabeza todo se simplifica en unas cuantas certezas que, sin embargo, recobrarán sus límites difusos en cuanto acabe el viaje. Sé que no soy libre pero olvido mis miedos durante la experiencia. Tan frágil y poderoso como el escarabajo sigo el sendero a sabiendas de que sólo soy un hombre y volveré al lugar a donde pertenezco.

Pero disfrutar como un niño con las nubes o la nieve; cruzar el horizonte que quiebran a lo lejos una y otra vez las montañas; sentirme vivo y útil para todo y nada; pasar como pasa el viento, sin pretensión alguna; ser, tan sólo ser, como una forma de redimirme a mí mismo; experimentar la ficción de romper con lo superfluo; engañarme absolutamente hasta convencerme por un momento de que la soledad allí es una forma de comunión, todo eso que encierra el viaje y siempre lo hace único, acabará con una parte de mí el día en que sólo pueda recordarlo. De hecho, ya empieza a ser recuerdo a medida que intento describirlo con palabras…

Así que necesito una dosis. Ya.

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Lavaderos de la Reina. Foto de Pablo Lara.

 

Oopart

Un oopart (acrónimo de “out of place artifact”) es un objeto que desafía a la ciencia y a la lógica humanas porque es inexplicable la razón de que aparezca donde parece que aparece, es decir, se trataría de una situación anacrónica. Por ejemplo, si en una excavación junto a la pirámide de Keops apareciera una momia de la época con un rolex de pulsera, el reloj sería, en principio, un oopart; también sería un oopart el astronauta que decora una de las puertas de la catedral de Salamanca, si no fuera porque fue labrado en piedra en 1992 por el cantero Miguel Romero con motivo de acoger la ciudad la exposición Las Edades del Hombre, a la hora de restaurar esa parte de la fachada tan deteriorada por el paso del tiempo; otro ejemplo de oopart podría ser Mariano Rajoy, pero no lo es porque Mariano no es un objeto, sino una persona. Bien, aclarado esto, he de confesar que el lunes pasado vimos en la cafetería un oopart.

Todo empezó con una moscarda zumbando a los pies de la japonesa que desayunaba jamón con tomate. La muchacha posaba para su tercer selfie en Facebook con una loncha suspendida en el aire sobre su boca abierta. También su pulgar blanco, señalando victorioso al techo, viajaba en esos momentos por ondas invisibles hacia el país del sol naciente. Todos la mirábamos de reojo, divertidos, incluso el operario de la construcción que siempre tomaba un Cola cao y media integral con queso la miraba divertido, aunque aquel día tomara, inexplicablemente, un tercio de cerveza y un bocadillo de tortilla española con panceta: ya empezaba la cosa a ser rara, como anacrónica. En el suelo del bar había ese día demasiadas manchas pegajosas y demasiadas servilletas usadas para ser tan temprano, o para ser una mañana del siglo XXI en una ciudad occidental y moderna como la nuestra, de ahí la explicación razonable de la moscarda. Pero lo más extraño aún estaba por llegar.

Sucedió que a la japonesa se le escurrió entre los dedos la cuarta loncha de jamón y fue a parar al suelo y, ruborizada, se agachó a recogerla junto a la pata oxidada del taburete, y la levantó y, ¡oh, sorpresa!, debajo apareció un extraño y pequeño objeto negro y circular, con cuatro agujeritos en el centro. En esos momentos en que la japonesa abría los ojos tanto como le era posible y se lo mostraba a la camarera, con gran desconcierto por parte de ambas, comenzó a sonar en Cadena Nostalgia la canción de Emilio José “¿Con qué te lavas la cara?“. Algunos miramos nuestros móviles, incluso el operario, para asegurarnos de que seguíamos perteneciendo al mundo. La japonesa, por su parte, aún sostenía entre los dedos, incrédula, como todos nosotros, lo que a todas luces era un botón, ¡UN BOTÓN! ¿Cómo habría llegado a parar ahí un botón? Los botones son esos objetos que antaño se desprendían continuamente de camisas y abrigos y que acababan poblando los costureros junto a hilos, dedales, agujas, pilas gastadas, dientes de leche, fotos antiguas de carnet y otros objetos diversos en paradero desconocido. Ya hacía lustros que no se veían botones desarraigados. A lo sumo se podía ver, ocasionalmente, un ojal sin botón, el sitio yermo que un día ocupó, la plaza vacante señalada para siempre con un puntito de hilo en el centro, pero, ¿un botón suelto, formando un todo? No, no. Porque lo cierto es que en nuestros días los botones que abandonan su puesto lo hacen para nunca volver y nunca aparecer. La japonesa depositó con cuidado el botoncito sobre la barra de acero inoxidable y se olvidó del jamón y los selfies. Todos los clientes nos acercamos entonces a admirar el pequeño y extraño disco negro. El albañil lo cogió entre sus gruesos dedos y se lo llevó a los ojos para contemplarlo mejor, y fue en ese instante que el botón saltó al vacío y desapareció como por arte de magia entre las brumas de esa calurosa mañana de junio.

Cuando salí a la calle, perturbado por la experiencia, me crucé con mi amigo Celestino —lo conoceréis: es ese señor de barba negra que se pasea últimamente por el centro con dos ratas blancas sobre el hombro derecho— y le conté lo sucedido. Qué extraño mundo éste que habitamos, me dijo. Seguro que el botón fue a parar a algún baúl de obsolescencia programada junto a todos los demás botones del mundo, me dijo también. Estuve de acuerdo con él. Acaricié el largo rabo rosa de sus ratas, me despedí de Cele y anduve callejeando un rato sin dejar de mirar al suelo, por si acaso. Pero, ni rastro de ningún botón.

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1992

1992 fue el año en que aquella modernizada España creyó ser el ombligo del mundo tras la Exposición Universal de Sevilla, las Olimpiadas de Barcelona y la capitalidad europea de la cultura otorgada a Madrid. Fue también el año de la inauguración del AVE y el año de la famosa Ley Corcuera (la de la patada en la puerta), el año en que llegó al poder Bill Clinton, el de la guerra de Bosnia y el del crimen de las niñas de Alcàsser. Fue, hasta el verano, un año apoteósico; y después del verano fue como el despertar de una pesada siesta tras una comida pantagruélica, la indigestión del fin de fiestas, la crisis del 93 asomando sus colmillos y el declive final del felipismo (pese a que aún se mantuvo una legislatura más), el comienzo de la lenta agonía socialista, anunciada día sí y día también en las portadas de los periódicos llenas de escándalos de corrupción y de colas de parados que culminaron con la llegada en 1996 de un pequeño e inexpresivo líder que repetiría, machaconamente, aquella famosa letanía del «¡Váyase, señor González!» que, tengo para mí, dicho sea de paso, no disgustaba demasiado al señor González, sino que hasta creo que veía con buenos ojos, bipartidistas y europeístas ojos, como la oportunidad idónea de disfrutar del merecido descanso que a todo guerrero laureado y salvapatrias, con el deber más que cumplido, le es debido.

1992 fue para mí, en lo personal, un buen año pese a todo, uno de los mejores años de mi vida. Sin embargo, fue el año en que no fui a ver la Expo ni disfruté de las olimpiadas ni me monté en el AVE ni fui a Madrid, sino que fue el año que me pasé estudiando noche tras noche hasta conseguir aprobar unas oposiciones, el año en que aprendí a dormir un cuarto de hora con los codos hincados en la mesa de estudio, fue el año en que colgué definitivamente el saco del reparto de pan, ¡a la mierda el pan y tantos malos recuerdos!, el año en que me escapé por primera vez de una Granada asfixiante, con mi Opel Corsa rojo de tercera mano, rumbo a Málaga. Y es curioso, pero jamás olvidaré esos madrugones, sin pereza alguna, de los lunes de aquel primer año triunfal en que abandonaba el Zaidín buscando la autovía a toda pastilla, escuchando una y otra vez las mismas cintas de música mientras conducía y disfrutaba cada kilómetro entre la niebla, la lluvia o el verde del puerto de Las Pedrizas, y mientras deseaba enfilar cuanto antes la cuesta abajo que me llevaba hasta el mar, donde estaba aquel trabajo que me esperaba y que me liberaba como si fuera el gordo de Navidad. Sí, 1992 fue un gran año, ya barruntaba cuando nació en marzo Mario, mi primer hijo, que nos traería bajo el brazo no un pan sino la libertad que suponían noventa y siete mil pesetas fijas cada mes, gastadas y disfrutadas bajo esa luz inolvidable del sur, junto al mar y en aquel piso de alquiler que fue para los tres, durante algunos años, nuestro segundo nidito de amor.

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Mariola, embarazada, junto al Opel Corsa, en marzo de 1992; y en Málaga, en agosto de 1993.