La sólida precariedad

Qué fresquito hace en el supermercado. Como yo no voy a comprar nada, para no estorbar busco rincones donde apostarme con mi telefonillo y esperar a que mis acompañantes compren. Elijo el estante grande de chorizos, donde no hay nadie. Pero de pronto comienzo a estorbarle a un señor que mira uno por uno los trescientos trozos de chorizos envasados. Y no lo culpo porque sé que muchas economías domésticas dependen en buena parte del mucho tiempo invertido en ahorrar unos céntimos. Me mudo al estante de una bebida espirituosa y de color verde que está en oferta y donde aún no hay nadie estudiándola. Pero de pronto aparecen dos señoras interesándose por el producto y necesitan mirar las botellas que hay aproximadamente a mis espaldas. Sé que todo es casual y sucedería exactamente igual de no estar yo allí en ese momento. Pero estoy. Entiendo que soy un estorbo y me acuerdo de la Gran Vía de Granada diseñada sin bancos donde poder descansar, mirar el río seco o fértil de la vida o apoyar unos minutos los pocos enseres salvados del último desahucio. Me voy a la zona de los jamones de bellota, donde hay un crío aparcado y, como yo, mira su teléfono móvil. Pasa despacio un anciano con un carrito casi vacío: una pequeña bandeja de pechuga de pollo y otra de jamón de york, tres latas de atún, tres peras y una barra de pan. Va ya en dirección a la caja. Lo sigo. Saca de su bolsillo una bolsa de plástico bien doblada, paga y mete en ella la compra. Nosotros íbamos a comprar sólo unos bollitos de pan con sabor a queso que venden allí, pero hace tanto fresquito y están los artículos tan bien expuestos que salimos con dos bolsas llenas de cosas que, al parecer, antes de entrar, no se nos había ocurrido pensar que necesitábamos.

El barrio prácticamente está mudo desde hace ya muchos calurosos veranos. La gente se ha acostumbrado a soportar estoicamente el calor, el frío y las penurias. Todo transcurre como en un largo paréntesis que aún no se ha cerrado y que ya nadie reparáramos en que sigue abierto, como en una provisionalidad instalada en el paisaje de forma parecida a como se instalaron, hace ya años, las vías de un metro fantasmal, los inexistentes o deteriorados carriles-bici que nadie ve o usa y una suerte de sólida precariedad paralela a la fealdad del barrio, de la ciudad, del país.

Carro de la compra

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Historias verosímiles de la Plaza Nueva, II

Un turista finlandés ha sido sorprendido hoy por su punto de fusión mientras contemplaba la soberbia fachada manierista de la Real Chancillería (Plaza Nueva, Granada, Spain). El hombre pasó del estado sólido al líquido, y del líquido al gaseoso, antes de poder siquiera completar la cuenta de los pináculos que rematan la espléndida balaustrada (14, por cierto). Nogueras, el subteniente de la dotación de la Guardia Civil que custodia el Palacio de Justicia, llegado recientemente de Tarragona, ha ordenado rápidamente recoger sus efectos personales (entre los que figuraba una camiseta con la leyenda “I   Málaga”), con el fin de no alertar a la población flotante de turistas que estos días inunda la ciudad. Así mismo, el subteniente reprendió al número que se disponía a acatar sus órdenes cuando éste, haciendo gala de la consabida malafollá local, hizo el siguiente y desafortunado -también a mi modo de ver- comentario entre risitas ahogadas: “Subteniente, es que aquí en Graná, y sobre to’ en Plaza Nueva, hace un sol de justicia”.
Tremendo todo.

Charco

Asombro

Todas las manchas tienen la huella de un cuerpo; todas las sombras, la vocación de una escena de mi vida. Un corazón tiene forma de piedra, y aquella ola borrosa en el olvido de la orilla podría ser, si entorno los ojos, los labios o el cabello del protagonista de mi futuro recuerdo. Todo me lleva a todo, apenas necesito la memoria. Esta línea amarilla de la carretera me llevará al páramo donde la soledad vigila como un perro el paso de los años. Esta gota verde será el camafeo de la muchacha que se baña en las piscinas de mis días. Un universo bulle bajo la piedra tanto si la levanto como si no. No necesito vivir ni un otoño más para saber que la vida se acaba. No necesito escribir ni una sola palabra para saber que cualquier palabra me une al mundo. Y, sin embargo, sigo asombrándome cada vez que me despierto y recuerdo un sueño. Sigue asombrándome el lenguaje de la luz en los lienzos, sus extrañas y exactas metáforas, sigue asombrándome descubrir, a través de la mano del hombre, qué bulle bajo mis piedras, qué hilos atan todos mis veranos, como cometas, a todas las esquinas de mi vida.

 

Ola

Cómo no confiar en ellos.

Acabó el bachillerato con buena nota, salió bien parada de la Selectividad, tenía nota suficiente para hacer la carrera que quisiera, pero se empeñó en hacer otra cosa. Sólo había 30 plazas para lo que ella quería y había que examinarse fuera, pagar las tasas de la prueba, viajar, someterse a la tortura de siete horas de examen, ¡siete! Los padres esperaban sentados en los bancos de los pasillos o directamente en el suelo de los corredores, esperaban sentados por los alrededores del instituto, en parques, en escalones, apoyados en cada pared. Cientos de jóvenes se daban cita allí a las nueve y media de la mañana, dispuestos a darlo todo con tal de conseguir una plaza, cientos de ilusiones optando a un puñado de plazas: hablo de enseñanza pública, no de centros privados. A las siete menos cuarto de la tarde comenzaron a salir de las aulas los primeros, exhaustos. Bajaban las escaleras deprisa, con las reglas y los bolígrafos asomando por entre las carpetas, con las mejillas rojas por el calor. Uno los seguía con la vista mientras hablaban con sus padres, intentando adivinar en sus rostros y en sus gestos si les había ido bien o mal. Cuando los veías sonreír y echarles la mano por los hombros a sus hijos ya no te preocupaba tanto cómo les hubiera salido el examen, esa complicidad era, de momento, suficiente premio y suficiente alivio para los que observábamos. Los minutos pasaban y los padres mirábamos expectantes hacia las escaleras, creyendo siempre que los pasos que se escuchaban al bajar los escalones eran los de nuestros hijos. La mía llevaba la preparación de todos estos años atrás durante el Bachillerato y la de los últimos repasos dados a los temarios para las pruebas de Selectividad, no le dio tiempo a más, y mucho menos a prepararse en una academia privada para estas siete horas extra de examen, como sí hicieron otros que no tuvieron la suerte de pasar la Selectividad con buena nota y se la jugaban, pues, a una sola carta. Era desolador ver tanta vida reunida allí, tantos deseos de futuro y saber de antemano que la inmensa mayoría los vería frustrados. Si alguna vez hemos creído que podríamos ser lo que quisiéramos ser y que para ello sólo bastaba nuestro esfuerzo, si alguna vez hemos creído que teníamos también fuerzas de sobra para ese empeño, sin duda esa vez de la que hablo ocurrió durante nuestra adolescencia y juventud: Como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante… dice Jaime Gil de Biedma en su archiconocido poema. Aquel día uno sentía ganas de darle ánimos a todos, de compartir con ellos las maldiciones que se le vienen a uno a la cabeza, de abrazarlos a todos con sus maravillosas greñas, tatuajes, pírsines, con su maravillosa fuerza para soportarlo casi todo sin desfallecer, y con esa sabia paciencia que no sé de dónde sacan para no meterle fuego a este mundo que tan mal los trata. A las siete y unos minutos bajó las escaleras la mía. Estaba contenta, a medias.

Hoy hemos sabido por fin que aprobó, que tiene una de esas treinta plazas. Ahora le toca decidir de nuevo a ella. ¡Cómo no confiar en ellos!

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