Mulhacén

Las tierras de algunas de nuestras ciudades fueron las últimas en emerger hace millones de años. Muchas de las calles por donde transitamos diariamente formaban parte de un lecho marino sepultado bajo toneladas de agua. Imaginar ese mundo fantasmal y submarino mientras se recorren algunas de las cumbres y valles de Sierra Nevada, cuesta trabajo, pero así fue en un pasado remoto. En el Trevenque encontramos fósiles marinos (moluscos, algas, etc.) del período Triásico, el que precede al Jurásico, hace unos 245 millones de años. Hace 8 millones de años el macizo central de Sierra Nevada era una pequeña isla flotando en el mar de Tetis, y la actual ciudad de Granada aún permanecía sumergida bajo las aguas.

Sierra Nevada

“Itinerarios geológicos por Sierra Nevada. Guía de campo por el Parque Nacional y Parque Natural de Sierra Nevada”. José M. Martín Martín, Juan Carlos Braga Alarcón y María Teresa Gómez Pugnaire. Universidad de Granada.

Las distancias en la sierra no son fácilmente estimables, ocurre lo mismo que en mar abierto. La desazón que produce avistar una cota o una sima y saberlas engañosamente cercanas, es sólo comparable con la íntima y pequeña proeza de alcanzarlas, aunque sólo sea una vez en la vida. Cada vez somos más los que nos sentimos atraídos por estos lugares tan bellos como inhóspitos, y algunos tenemos la suerte de poder hacer realidad ese deseo gracias a una salud medio aceptable, a que el equipamiento mínimo necesario ya está al alcance de muchos bolsillos y gracias, sobre todo, a poder contar con algún amigo experto y entusiasta dispuesto a compartir siempre generosamente su experiencia (gracias, Nono). No me olvido de los que, a su pesar, han de renunciar a darse un garbeo por estas alturas, y es que realidad y deseo trabajan a menudo por su cuenta. Hace unos días subimos al Mulhacén, lo hicimos por su cara oeste después de atravesar el cráter que aloja a la Laguna de la Caldera. Es una subida dura,  larga y bastante empinada. Hubo quien comenzó a sentir dolor de cabeza o de oídos, y seguro que más de uno se habrá dado alguna vez la vuelta por la imposibilidad física del ascenso.

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Prácticamente desde la cima del Mulhacén se pueden apreciar, al fondo, la Laguna de la Caldera y, en las alturas, los picos del Cerro de los Machos y del Veleta. (Foto de Mariola García)

No es gran cosa subir a 3480 metros (hasta 1994 se podía incluso subir casi a la cumbre con vehículos a motor por su cara sur, desde Capileira), pero es que el común de los mortales tampoco somos gran cosa. Sin embargo, saber que se está en el punto más alto de la península no sólo tiene un plus de satisfacción personal (y estadística, si se quiere), sino que de alguna forma acrecienta la autoestima. Porque no es sólo físico el esfuerzo (que también, y mucho), sino que hay además un componente de tenacidad, de constancia, de control mental cuando las caminatas son extenuantes, de superación y hasta de aprendizaje en ese pequeño sufrimiento auto impuesto. Qué duda cabe de que ningún esfuerzo valdría la pena si no estuviera recompensado, al mismo tiempo, con el disfrute de estos parajes casi oníricos y con la camaradería de los que nos hacemos compaña.

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A punto de iniciar la subida. Refugio Vivac junto a La Laguna de la Caldera y a los pies de la cara oeste del Mulhacén. (Foto de Elena Casanova)

Creo que aún no estaría preparado para disfrutar solo, sin compañía, de la montaña, pero me consta que es un placer más a tener en cuenta, y eso, para un solitario como el que suscribe, es otro plus.

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Somos feministas

La mayoría defendemos que hombres y mujeres tengan los mismos derechos, al menos es la declaración de intenciones de la mayoría, quiero creer. Y nuestras leyes son progresistas al respecto; mejorables, pero progresistas, qué duda cabe. También sabemos que en la práctica diaria la mujer sigue siendo discriminada en muchos aspectos, empezando por el laboral (más paro, más contratación precaria, más desigualdad salarial, etc.) y siguiendo con el trato que reciben en los medios deportivos, por poner sólo dos ejemplos. Ahí está el caso de Carolina Marín, oro en bádminton y relegada de forma vergonzosa por algún periódico a un segundo plano al destacar por encima de su éxito la figura de su entrenador —varón—, al que consideran “un genio que lleva desde los 14 años puliendo al diamante onubense”. Sin palabras. Parece mentira que hayamos avanzado tan poco. Bien, todo esto es motivo de constante lucha y reivindicación. Sin embargo, llama la atención que algunos de nuestros representantes políticos progresistas (y subrayo lo de progresistas) defiendan a ultranza todo aquello en lo que esté implicado como protagonista una mujer, ya sea una hazaña olímpica, un éxito artístico o lo que sea, sólo y exclusivamente por el hecho de que sean mujeres las protagonistas. De la misma forma que (aun sin negarle la enhorabuena), nos molestó que un representante político importante del PP (partido contrario al matrimonio gay) usara en su propio beneficio el matrimonio gay y tuviera la desfachatez de seguir militando en él y hasta de ocupar puestos relevantes del partido, nos molesta también a los que nos consideramos progresistas que se ensalce desde las filas de partidos que se consideran de izquierdas, y sólo por el hecho de ser una mujer, a una atleta (y diputada del PP en Cantabria), Ruth Beitia, que al acabar de conseguir una medalla de oro en salto de altura (enhorabuena también para ella) no se le ocurre otra cosa que manifestar a los medios que “Somos el partido [PP] del sacrificio, de la lucha, del trabajo y esos son los valores del atletismo”, mezclando intencionadamente su éxito (no olvidemos que en las Olimpiadas los atletas representan a España) con los éxitos de su partido político, un partido que, por cierto, y entre otros dudosos honores, tiene el de ser el primer partido imputado de la democracia (lo está como persona jurídica por el “caso Bárcenas” y el borrado de los discos duros). Ni que decir tiene que estas declaraciones han sido enseguida aprovechadas por sus acólitos dirigentes del PP, con el beneplácito de nuestra protagonista campeona, claro está. Es manifiesto que los medios de comunicación relegan a un segundo plano los éxitos de las mujeres y se entiende que estas alabanzas generalizadas (hacia la mujer) de ciertos representantes políticos progresistas poniendo en solfa esos éxitos intenten compensar tal injusticia (es entendible y disculpable incluso si no ensalzan a la vez los éxitos masculinos, ensalzados ya de sobra a lo largo de la historia), pero lo que no se entiende es que se confunda el feminismo con las témporas, no todo vale. En mi opinión el hecho de que Ruth Beitia haya aprovechado su éxito (del que me congratulo) para inmediatamente unirlo en sus declaraciones a los eslóganes de su partido queriendo sacar réditos electorales me parece reprobable, aunque no de extrañar: este partido lleva poniendo lo público al servicio de los bolsillos privados desde siempre. Por eso me indigna más aún que algunos representantes políticos, con un ideario en teoría opuesto al de esta señora, obvien la ideología, incluso obvien la honestidad o deshonestidad de esta señora, y se limiten a ensalzar su éxito por el hecho circunstancial de ser mujer. Exagerando, es como si defendiéramos a un ladrón palestino o discapacitado sólo por el hecho de ser palestino o discapacitado. Y además puede que ese despropósito de la alabanza generalizada (bienintencionada, eso sí), sea un flaco favor en la defensa de esos loables objetivos de igualdad y justicia que perseguimos militando en el feminismo. Por favor, seamos más cuidadosos con nuestro lenguaje, intentemos ser coherentes y consecuentes. Y si reconocemos que nos hemos equivocado, intentemos rectificar, que dicen que es de sabios y, si se quiere, también de sabias.

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Isabelita

Corría el tiempo que no corre, el de la infancia. Se tienen recuerdos con cinco años, hasta hay quien asegura recordarse tomando el pecho de su madre. Yo, sin embargo, tengo pocos de aquella edad, y los que tengo o son muy, muy nítidos o viajan conmigo en una bruma a la que se han ido sumando los recuerdos prestados de otros o los inventados a partir de las fotografías. De todas formas uno es todo eso, lo que ha vivido y lo que no, pero lo ha integrado en su universo personal como si lo hubiera vivido —de hecho es una manera de vivirlo— de tal forma que ya es propio. Construimos el mundo de los recuerdos, nuestra vida pasada, paulatinamente, hacia dentro, sumando sensaciones y vivencias nuestras o de otros, situaciones comunes pero vividas desde nuestro particular e irrepetible punto de vista,  igual que un artista construye su mundo a base de todos los elementos a su alcance y nos lo muestra y en él hay elementos reconocibles y otros sorprendentes. No hay mentira, pues, en ese mundo que acaba pareciéndose tanto al de los sueños.

Con cinco años sé ahora a qué colegio iba y dónde estaba situado: muy, muy, muy lejos de mi casa, a 400 metros andando a paso de adulto, a seis o siete minutos de mi calle. Pero es que mi patio estaba a un metro de mi casa, a un segundo, y ése era mi mundo. El colegio era el de la Concepción, de monjas, por San Juan de los Reyes. No sé cuánto tiempo estuve antes de empezar la EGB en un colegio público, ¿meses, un año, un poco más? No importa, allí estuve mucho tiempo, independientemente de las fechas. Recuerdo un bloc de alambre enorme y una goma de borrar verde que me gustaba mucho. La goma era gigante, independientemente de sus medidas. Me los echaron los Reyes. No recuerdo ni mi aspecto (sé cómo era porque tengo fotos) ni mi forma de ser y, por tanto, no recuerdo de aquella edad ni complejos ni vanidades (lo que ahora aprecio como una especie de paraíso). Tampoco recuerdo tener miedos. De hecho, el primer recuerdo del miedo lo asocio con aquel colegio. Me veo, no sé cómo, vestido de monaguillo en el altar, siguiendo las instrucciones dadas, que consistían en imitar en todo al otro monaguillo separado unos metros de mí: de rodillas, de espaldas, de frente, con las manos en actitud orante, etc. Luego me veo solo en una habitación, sin saber quitarme ese disfraz que se me había ordenado quitarme. No sé cuánto tiempo pasó hasta que alguien vino en mi ayuda, tal vez fueran diez minutos, o cinco, o quince, o un siglo: estaba abandonado y una extraña vestida de forma extraña y con voz autoritaria me había ordenado hacer algo que no podía hacer, y temía las consecuencias. Ése fue mi primer miedo, al menos del que tengo recuerdo. No hubo consecuencias, ni pellizcos de monja ni nada parecido, sólo el miedo.

Una mano cogía la mía para bajar aquellas cuestas empedradas hasta el colegio. Un día (sería más de un día), pero un día paramos para que ella me comprara una bola de caramelo en una tienda que nos pillaba de camino. Me atraganté con la bola y seguramente esa mano se acercó a mi cara o a mi boca para socorrerme, porque fue cuando reparé en ella: su piel blanca y unos dedos largos y delgados con uñas cortas y pintadas en un rosa pálido. Esa fue la imagen de mi salvación. Cuando mi madre me decía que le rezara a la Virgen y que pidiera por todos nosotros porque ella nos ayudaría, yo veía la mano blanca y pura de Isabelita, la mano que me sacó la bola de la boca, la mano que me ayudaba a bajar aquellas calles. Hasta su felpa me parecía una especie de corona celestial. Yo veía a Isabelita como a una adulta, joven, pero adulta, y guapa, como se supone que uno se tiene que imaginar a la Virgen. Sé que era ella quien me acompañaba al colegio porque mi madre (que también lo haría, supongo, aunque no me acuerdo) me lo contó muchas veces a lo largo de los años. Isabelita y su hermano y sus padres (Luis e Isabel) eran mis vecinos. Vecinos cuya puerta de casa daba, como la mía, a los mismos dos patios, en una especie de corrala donde convivíamos varias familias. Ahora que sé que Isabelita tenía sólo siete años más que yo, no estoy seguro ya de sus uñas pintadas en un rosa casi transparente. Quizá me fijé en ellas unos años después y lo mezclé todo en mi cabeza. O quizá no. Pero da igual, esa es mi verdad, y me gusta, y no miento. Al cabo de los años, pongamos 48 años después del suceso de los hábitos del monaguillo, de la bola de caramelo y de la goma gigante y verde, Isabelita, Isabel, me envía esta foto —que yo no había visto— donde me tiene cogido de la mano en nuestro patio. Y es que los niños cuidaban de los niños más chicos, aunque fueran de los vecinos.

Con Isabelita

 

Cerro de los Machos

La de ayer fue una bonita excursión, de las que no se olvidan. Subimos a otro tres mil, el Cerro de los Machos, exactamente de 3329 m. Casi alcanzando su cima, hicimos una pausa frente al Veleta para contemplar su espectacular cara norte. La pequeña construcción blanca de su cumbre parecía un diminuto barco suspendido en la cresta de una gigantesca ola negra. Pese al enorme océano de aire que nos separaba, alguien nos veía y agitaba sus brazos desde cubierta. El eco de las voces multiplicaba la inmensidad del sitio.DSC04001

A nuestros pies se hundía la tierra hasta la profunda sima del Corral del Veleta, donde aún yacen los vestigios de un milenario glaciar, una extensa masa parda y azulada varada en el fondo como una criatura abisal. Desde 1999 se viene estudiando el hielo fósil que alberga en su interior, el llamado permafrost, protegido por el enfriamiento global que ocurrió en la llamada “Pequeña Edad del Hielo”, época que transcurre más o menos desde la época de los Reyes Católicos hasta el XIX, y deteriorado en el transcurso de los siglos XX y XXI.

DSC03986Rumbo ya a la cima de nuestro pico, uno de los machos cabríos (que seguramente dan nombre al monte) observaba, imponente y descarado, la ocupación que hacíamos de sus dominios. En la cumbre, junto al hito de pizarra, nuestro Montañero iba poniéndoles nombres a las lagunas, valles y picos que se divisaban. Una pequeña cruz de madera, una cerámica encastrada en la roca recordando la memoria de algún montañero y un cielo azul, que se mantuvo durante toda la jornada, salpicado de vez en cuando por algunas rapaces que sobrevolaban los tresmiles, completaban la fastuosa vista desde la cima.

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A la vuelta decidimos acortar el camino por el Paso de los Guías, una estrecha cornisa, provista de cadenas ancladas a la pared, que hay que cruzar de espaldas al vacío. El Montañero, cámara de fotos en ristre, fue el primero en cruzar. Los otros cuatro lo fuimos haciendo de uno en uno, como en un ritual iniciático. Yo fui el último, y he de confesar que no me dejaron de temblar las piernas hasta que no llegó mi turno. Es un paso seguro, aunque en su sitio más estrecho cabrían a duras penas las zapatillas de Gasol. Ya en suelo firme no sé qué me satisfizo más, si el medio cigarrillo que me fumé como quien acaba de echar el mejor polvo de su vida, o la sonrisa de alivio de nuestro Montañero cuando nos daba palmas y decía por lo bajini que estaba orgulloso de nosotros. La vuelta ya fue coser y cantar. Después de aquello hubiéramos podido subir un ocho mil con los ojos cerrados, tal era al menos mi emoción o mi sobredosis de adrenalina. Antes ya había visto fotos y vídeos de gente cruzando por ahí, pero, créanme, cuando te toca a ti hacerlo por primera vez, por muy fácil que pareciera a priori, la cosa tiene su miga. Y es que el principal riesgo es el propio miedo, estoy seguro.

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Ya subidos en los telesillas, descendiendo, uno empieza a ser consciente de la suerte de tener tan cerca estos parajes tan hermosos y, en nuestro caso, de la suerte también de contar con el Montañero, un tío que cuida todos los detalles de nuestras rutas y que, en ciertas circunstancias, cuida de nosotros como si fuéramos niños. Y yo se lo agradezco.

 

Ojo de patio

Hace tiempo que se viene escuchando de noche, por el ojo de patio, el furioso soliloquio de alguien (o de algo, a juzgar por lo gutural del sonido). A veces son frases cortas, casi siempre una o dos palabras: una queja, una maldición o un improperio en la mayoría de las ocasiones. En verano es más audible; algunas noches, como la calurosa de hace unos días, incluso es inteligible. Un bronco y áspero «¡hijos de puuutaaa!», que nos puso el vello como escarpias, cruzó la negrura del patio interior y se nos coló por las ventanas, abiertas al sofoco. Eran poco más de las tres de la madrugada. Después, nada: sólo el silencio apenas empañado por el lejano rumor de una radio insomne. Una vez desvelados, primero por el calor y después por la zozobra, hicimos acopio de valor dispuestos a descubrir la procedencia y origen del mal. Apoyados en el alféizar de la ventana, vigilamos durante unos minutos el vacío de la noche hasta que volvimos a escuchar la misma voz de ultratumba. Esta vez fue un nítido «¡cabrooonesss!» lo que provino de la ventana a oscuras de mi vecina Andrea.

Mi vecina es una señora mayor y viuda, muy simpática y muy sorda. Nuestras cocinas son contiguas y dan al mismo patio, por lo que sé de buena tinta que es una dulce anciana un poco bolivariana, como le gusta ahora a la derecha llamar a los rojos. La voz de aquel ser provino de allí, de su ventana, de su mismo dormitorio y justo después de las noticias que la Ser emitía a las tres de la madrugada en la rumorosa —ya no nos parecía tan lejana— radio.

Fuere quien fuere, o lo que fuere, el emisor de esa voz inconformista y airada, lo cierto es que compartía habitación con Andrea, roncaba lo mismo que ella, escuchaba las mismas noticias que ella y parecía cabrearse como ella se cabrea durante las vigilias en su cocina, escuchando su radio.

Después del segundo exabrupto volvió de nuevo la calma, apenas descosida por una sintonía de cierre radiofónico y unos ronquidos tranquilizadores. Sin acabar de solucionar el enigma, volvimos todos a la cama temiendo aún que las noticias de las cuatro volvieran a despertar la ira, la comprensible ira, del fantasma faltón y contestatario y nos soliviantara de nuevo.

Patio