Leche aguada

Empieza el día, y en la cola de la miseria ya hay muchos madrugadores. Tiene que ser duro ser acera, escalón o soportal, siempre aguantando los mocos, la mierda y las lágrimas de los sin techo. Ahora, con el fresco, los cajeros acristalados amanecen como diminutos apartamentos insomnes. Junto al cuerpo que yace sobre los cartones hay bolsas de plástico con ropa, fruta y latas de conserva… Una maquinilla de afeitar a pilas enmudece de pronto en un banco en penumbra de la plaza. Una mujer se lava sin dentífrico los dientes en el chorro de una fuente. No sabemos aún si habrá nuevo gobierno o nuevas elecciones. Lo dicen todos en la radio todos los días. Lo que sí parece es que han cesado todos los desahucios, que ya nadie se tira por el balcón de su casa y que ya no es tan urgente encontrar trabajo o comer tres veces al día todos los días. Con la luz del día se ve todo más claro. Hasta la esperanza en esta ciudad es tan clara y transparente que se camufla con el día: si está nublado será una esperanza nublada, si está raso será una esperanza rasa. Somos discretos con las alegrías, nada de echar las campanas al vuelo, nada de alharacas. Todo el mundo puede, de una manera u otra, llevarse a la boca algo de comer al día y no faltan escalones de iglesias donde dormir o descansar un rato. Aún se puede aguar la leche un poco más, y acostarse sin cenar es tan aconsejable que lo firmaría hasta algún ex ministro de Alimentación. No es mucho, pero no es poco, tiempo al tiempo, escaño a escaño. Por la misma razón (la discreción) no parece sano ni necesario ejercer de agoreros cada día que pasa con el rollo aburrido del fin de ciclo, del expolio del país y de todas esas mandangas que nos amargan la vida. A los que todavía no nos ha caído por la calle un suicida encima, tendríamos que ser más agradecidos y contribuir con nuestra plana y discreta alegría a esa plana y discreta esperanza de la que antes hablaba.
Por eso, en fin, olvidemos todo eso de los desahucios y de los dientes que se caen y de los que duermen en la calle o no pueden pagar la luz. Oigamos las noticias de las ocho. Tenemos, a falta de una, dos soluciones en España: o nuevo gobierno o nuevas elecciones, y además nada se ha dicho en lo que va de verano de que se acerque el fin del mundo, no es tan malo el panorama. Y por otro lado, ya llueve y se van las calores extremas, y vuelven los poetas de las vacaciones, y el otoño nos dejará acurrucarnos como Dios manda, o como Dios sugiere, que diría el maestro Benedetti.

Anuncios

Móvil perpetuo

El remonte sube y baja formando una cadena, viene y va continuamente. Has de subir en marcha, pasajero, pues no hay pausa en este viaje. En algún punto del trayecto te bajarás unas horas, tal vez unos días. Pretenderás descansar o escuchar tu propio latido, es razonable. Pero la cadena seguirá circulando, transportando a los demás, sin ti. Arriba se posan las primeras nieves. Más altas que éstas, las águilas despliegan sus hermosas alas bajo el sol. El brillo de sus pupilas salta de peña en peña, como un bisturí atraviesa la alegría o la tristeza más sólida o recóndita, recorre las calles, penetra todas las imposturas, se cuela por todas las rendijas, cruza la noche y el día, se desliza entre las sábanas y baja goteando hasta la punta de tus pies. Y todo vuelve a empezar (si es que acaso hay un comienzo o un final). En alguna estación te tomarás un tiempo de descanso, tal vez unos años. Es razonable. Pero cuando vuelvas, viajero, de nuevo habrás de subir en marcha, reconocer cada camino o abrir una vereda. Serás siempre bienvenido: lo seremos, mas no perdamos demasiado tiempo en preguntar qué fue de todo sin nosotros, porque todo, sin nosotros, continuó siempre siendo.

17