Dehesa del Camarate

Ayer estuve en la Dehesa del Camarate (Lugros, Granada). Estos de ahora son días en los que el bosque se exhibe sin pudor y provoca que uno repita, a cada vuelta del camino, las mismas pobres palabras de asombro ante tanto esplendor. Barrancos, lindes, lomas… todo dispuesto con sus mejores galas, nada que recuerde ni por un momento esa cruel paradoja que llamamos en nuestro mundo la mejoría de la muerte y, sin embargo, es un fulgor fugaz, un primitivo y luminoso estertor que antecede al silencio que pronto se extenderá y lo cubrirá todo. Pura ostentación, lentejuelas verdes y amarillas, ocres y rojas que se agitan jubilosas en las ramas antes de su sacrificio ritual, antes de mostrar sin temor que la vida y la muerte se abren paso ajenas a todo y a todos. Un lenguaje arcaico y secreto que sopla de copa en copa, enormes peines invisibles que rascan un cielo de robles, arces y quejigos, aquelarres y remolinos de hojas pálidas tras los coches de la carretera: el Bosque Encantado, como también se conoce a esa zona, es una reliquia que ha sobrevivido milagrosamente casi intacta a desastres naturales y a la mano del hombre. Parece hasta pecado pisar por donde pasan sus otoños.

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De Dylan a Cornejo

Todo está confuso, pero los tiempos están cambiando, y desde antes de que el gran Bob Dylan lo anunciara; desde siempre, en realidad. Avanzamos. A veces damos un pasito adelante y dos pasitos atrás, pero avanzamos. El tiempo transcurre y, por tanto, necesariamente el fin de la humanidad está más cerca que nunca, como el del Sol. Hay quien dice que si la humanidad no consigue pronto polinizarse fuera de la Tierra, sus días están contados, y que ya hay serios indicios de ello: ahí está el cambio climático que deshiela los polos y congela a los psoecialistas, y ahí está, sobre todo, la loca huida hacia adelante de los mandamases de este mundo, empeñados en mear sin pausa desde la cúspide de la pirámide sobre las cabezas de los costaleros que la soportan: usted y yo. Pero hay también indicios menores. El otro día Juan M. Cornejo, considerado el número dos del PSOE andaluz (maestro que no ejerce su profesión desde hace casi treinta años, los mismos que lleva ocupando distintos cargos políticos en el PSOE), afirmó que no le producía orticaria (sic) la palabra abstención para evitar las terceras elecciones, propiciando así que Mariano y sus secuaces puedan gobernar España. Y esto es un síntoma grave que pasa desapercibido como un lunar peludo en el culo. No que el PSOE se abstenga, no, eso es previsible y ya no causa alarma. Lo grave es constatar que estamos en manos de una elite dirigente mamporrera, orgullosa y analfabeta que, sin pudor alguno, considera necesario, para más inri, hacer pedagogía (sic) entre afiliados y simpatizantes descarriados. ¿Se acuerdan de esa película de alienígenas, El pueblo de los malditos, en la que todos los habitantes de un pueblo se desmayan un día, y meses después todas las mujeres descubren que están embarazadas y dan a luz el mismo día a niños de aspecto similar, casi albinos, de ojos azules, telépatas entre ellos, obedientes ciegos de una oscura consigna pedagógicamente inoculada, tan listos como desalmados y sin orticaria alguna?, ¿se acuerdan? Pues esa vez el maestro Cornejo no tuvo nada que ver.

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Estéril esterilización

Tener un hijo, o más, no es nada excepcional, o no lo era hasta hace poco. Querer tener un hijo debería implicar la pregunta “para qué”. Yo tengo dos y nunca sentí la llamada de la paternidad, más bien acepté tenerlos cuando ella lo quiso. Cuando me casé, hace ya 26 años, supe que tendría hijos, sin más. Esperé a que ella decidiera cuándo. Y lo decidió. Es verdad que yo estuve de acuerdo. Pero porque desde que tuve uso de razón asumí que las etapas de la vida comprendían trabajar, casarse (o vivir en pareja, tanto daba), tener hijos, hacerse viejos juntos y morirse. Por ahora no me he desviado del camino que se nos marcó. A lo largo de este tiempo he conocido todo tipo de anomalías estadísticas. Algunas de ellas ya empiezan a constituirse en norma: no tener trabajo, no tener pareja fija (y, por tanto, no envejecer juntos) y no tener hijos. Lo de morirse sí se va cumpliendo religiosamente. Sin embargo, el tema de los hijos es el que me parece más peliagudo. ¿Para qué tener hijos? No sé si subsiste en los humanos algo parecido al impulso animal de perpetuar la especie, esa llamada ancestral que imagino subiendo desde el fondo de las tripas hasta acabar verbalizándose un día, en la sobremesa, ante tu pareja: “Cariño, llevo dándole vueltas varios días… ¿Qué te parece si empezamos a buscar al niño?”. Ya digo que yo no la he oído, aunque es verdad que siempre he sido muy despistado. Lo que sí he hecho es intentar que mis hijos no copiaran lo peor de mí y, al principio, cuando aún eran pequeños e iban a la escuela, confieso que también he intentado que les gustara lo que más me gustaba a mí. Pues bien, el resultado ha sido muy satisfactorio porque donde menos me lo esperaba ha saltado la liebre: su liebre. Pronto abandoné las pequeñas y egoístas manipulaciones encaminadas a hacer de ellos las personas que yo nunca pude ser y me hubiera gustado. Mi generación estaba al corriente (iba a decir “estaba al loro”, pero me hubiera delatado muy pronto) de que eso era contraproducente, no en vano mi generación, mi progre, y ya no tan pobre, generación ya podía ir a la universidad y estudiar nociones de psicología, pedagogía o sociología, y ya comenzaba a ponerle a sus hijos nombres distintos a los propios. Sin embargo, la pregunta “para qué se quiere tener hijos” sigue para mí sin respuesta a lo largo de los años. Descartado el móvil del instinto paternal y rechazada la razón de hacerlos a nuestra imagen y semejanza (o a nuestra imagen y semejanza frustrada), no encuentro motivos. Alguna noche, hablando con mi mujer sobre lo mal que va el mundo (aunque esto lo habrán dicho millones de personas felices desde que el mundo es mundo), le confesaba yo, muy serio, las ganas que me entraban de coger a los niños y esterilizarlos con nocturnidad y alevosía. Ella se reía, pero me miraba con el rabillo del ojo temiendo descubrir en mi broma un atisbo de veracidad. Y nos reíamos los dos juntos, ella de la barbaridad que yo había dicho, y yo de su rabillo del ojo. Y es que ella sabía que yo no disponía de instrumental quirúrgico ni de conocimientos médicos y, lo más convincente y definitivo: que yo mataba diariamente a los malos que salían en los telediarios sin derramar una sola gota de sangre, sólo usando dos o tres ridículas maldiciones y dos o tres blasfemias gordas. Hoy, que mi hija cumple 18 años, me alegro infinitamente de que mis padres no me esterilizaran. Me parece un milagro que yo haya tenido algo que ver, siquiera, en su mera existencia. Y me parece otro milagro que, siendo yo como soy, ella sea como es. Y si decide algún día dejarme a mi nieto para poder ir a trabajar o a divertirse, puede que le recuerde lo que una noche le dije a su madre, no lo descarto. Y si decide no continuar la especie, o no puede, siempre me podré quedar con su perro o su novio en casa, viendo el fútbol, aunque no sea del Madrid. Y aunque no le guste el fútbol. Nadie es perfecto.

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