¿Guerra? ¿Qué guerra?

He leído ya varias veces por ahí que vivimos en Europa, en España, en una especie de guerra solapada en la que la gente se empobrece o muere sin que nadie dispare un solo tiro. Me parece una barbaridad, no estoy de acuerdo. No estamos en guerra, aunque se cuenten por decenas de miles los que en pocos años han caído abatidos por los francofirmadores de elite apostados en los despachos de los consejos de administración. No lo estamos aunque ocurra, como en las guerras –es cierto– que se incauten los bienes al “enemigo” y se usen en su nombre y en su contra: hasta el papel donde se firman las sentencias que condenan a miles o millones a la miseria, es sufragado con el dinero de los abatidos, dinero del erario público, sí, eso es cierto. No estamos en un período post-bélico ni parece que en uno prebélico, aunque las cifras de la pobreza (también es cierto) se hayan disparado por los cuatro puntos cardinales: despidos masivos, indemnizaciones humillantes, subidas desorbitadas en el precio de bienes y servicios esenciales de consumo, sueldos miserables, familias completas lanzadas a la calle, auténticos misiles dirigidos a la línea de flotación de un país que nuestros representantes políticos aseguran tener que gobernar con más “medidas impopulares” todavía, eso sí, a su pesar. No estamos en guerra aunque sea verdad que muchos tengamos la sensación de que hay quienes trabajan cada día socavando la tierra bajo nuestros pies. No lo estamos aunque se amplíe paulatinamente la zona de seguridad que nos separa de los resortes de poder. Esto también es cierto. Pero no podemos estar en guerra porque en las guerras no se extermina al otro sólo a base de decretos o de deudas imposibles. Esto no puede ser llamado guerra si consentimos que nos arrebaten la vivienda que habitamos, las escuelas y hospitales que levantamos y hasta la luz que nos calienta, a cambio de que nos dejen depositar nuestro importantísimo voto en una urna. No sé cómo debe llamarse a este extraño estado de la realidad que vivimos que consiste en alejarnos cada vez más de ella, en aceptar que cada día se llenen los comedores sociales, que un tercio de nuestros hijos viva en riesgo de pobreza, malnutridos o severamente desatendidos, que se obre el milagro de conseguir trabajo y aun así no se pueda encender la estufa en invierno ni comprarle al niño las gafas. Es verdad que es asombroso comprobar cómo hemos aceptado seguir mostrándonos educados y respetuosos mientras saltamos por el balcón, hay que reconocerlo. También es cierto que a muchos los hemos aupado a nuestros púlpitos y que han aprendido rápidamente a pronunciar la palabra que más nos gusta oírles: la palabra “todos”, porque “todos” no excluye a nadie, no nos excluye; porque si hay un “todos” no habrá cabida para un “ellos” y un “nosotros”, como ocurre en las contiendas. Por tanto, definitivamente, no podemos estar en guerra aunque la realidad se empeñe en aparentarlo y, además, no sería creíble que los abatidos fueran siempre los mismos, como de hecho lo son. No sé cómo debe llamarse a este extraño estado de la realidad que vivimos, pero desde luego no podemos llamarlo “guerra”; tal vez, tal vez, como mucho, podríamos llamarlo “rendición”. No se me ocurren otras palabras que no sean indecorosas o que no nos las hayamos prohibido a nosotros mismos hace ya tiempo.

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Kamchatka

Aunque llegaran esos días encapotados del invierno, de telarañas gigantes por el cielo y soles con cataratas, nunca dejábamos de brincar y correr, tal vez para dejar atrás el frío, o tal vez las malas noticias. A veces un rayo de sol que se escapaba conseguía calentarnos las orejas y las manos de lagartija y, al parecer, con poco más nos bastaba. Por la mañana amanecían pequeñas estalactitas de hielo colgando de tejas y canales, y a mediodía los charcos de las placetas espejeaban como los ríos falsos de los belenes. El barrio se parecía como nunca a una isla unida a la realidad por un estrecho y tortuoso istmo. Rara vez se me calentó el corazón en esos años: cuando no era el frío, era la humedad de la casa, mayor aún los domingos en que me quedaba solo. En una vieja caja de jabones tuve encerrado durante mucho tiempo el almanaque de una mujer casi desnuda. Ella me miraba a los ojos detrás de la barra metálica de un bar. Acababa de llenar una jarra de cerveza y la espuma chorreaba por su mano. Anunciaba el año nuevo y sonreía llena de promesas. Me recuerdo mirando sus pechos, absorto, con la nariz helada y esa tibieza de los braseros que prendía en los pies y nunca traspasaba la cintura. Ahí empecé a situar en el mapa a Kamchatka.

 

Algodón de azúcar

He de reconocer que desde que estoy enganchado a Facebook mi espíritu se alimenta de otra manera, a veces me empacho y a veces sufro de anemias intelectuales. Y aunque la mayoría de las veces la jornada es grata y hasta divertida, también he de reconocer que ha hecho que lea menos de lo que acostumbraba, aunque no pare de leer, sobre todo citas y frases ocurrentes (algunas muy buenas); estados de ánimo (como éste), “buenos días” y “buenas noches” (muchos, inspiradores); “ahora mismo” luminosos y necesarios como las horas del recreo, y algunas entradas en los muros amigos o artículos que son verdaderos miniensayos, auténtica literatura o periodismo del bueno. Sin embargo, mi involución como lector a la antigua usanza (que me crea no pocos problemas de conciencia), me recuerda la de algunos partidos políticos que pretenden mantener alimentado intelectual e ideológicamente al personal con una dieta a base de algodones de azúcar como aquellos de la feria, livianos y resultones, hechos de aire y populismo de colores; de vez en cuando un jugoso filete y vuelta otra vez a la dieta. Así, me pasa que hoy me he imaginado a doña Teresa Jiménez, la secretaria general del psoe en Granada (partidaria, como su jefa, Susana Díaz, de abstenerse para que el pp, ese partido que evita condenar al franquismo, pueda gobernar) con un algodón de azúcar en su mano derecha mientras se fotografiaba en el homenaje a las víctimas fusiladas por el franquismo en el Barranco de Órgiva, considerada como una de las mayores fosas comunes de asesinados por los franquistas, hecho tan doloroso que realmente empequeñece la protesta ciudadana masiva contra la gestión hospitalaria en Granada: lo digo porque también sale en la foto don Aquilino Alonso, nuestro consejero manostijeras. También es fácil imaginarse de esa guisa a los dirigentes del pepé que acudieron como romeros triunfantes a la manifestación por una sanidad pública digna aquel luminoso domingo: con su nube de azúcar.

Últimamente es que veo algodones de azúcar por todos lados, será la anemia intelectual. En el lazo violeta contra la violencia de género que luce en la solapa la misma consejera que recorta en Igualdad y Políticas Sociales: un vistoso algodón de azúcar. En el lazo rosa contra el cáncer de mama de la solapa del consejero Aniquilo: otro hermoso algodón de azúcar. Y así sucesivamente hasta lograr ver la cabeza de la presidenta Susana Díaz como un enorme algodón rosa de azúcar mientras cantaba La Internacional Socialista en el último congreso de su partido.

Creo que necesito un filetón con urgencia, ¡y mira que tengo pendientes de devorar! Sólo con las publicaciones que les he comprado a mis contactos de Facebook me daría para un año sabático facebookiano. Pero, ¿y si me pierdo mañana la foto que no saldrá en los periódicos ni en las televisiones del consejero de turno? ¿Y si me pierdo tu ahora mismo? Echaré un vistazo rápido.

libros

Libros pendientes de leer por culpa de Facebook.