“Buenos días, tormento”. Esa era la frase que aparecía pintada en un muro de Atarfe. La coma se la he añadido yo, puntilloso con los vocativos. A mi amigo Ramón le fascinaba. La descubrió un día y la veía a diario. Le hizo una foto, la colgó por estos lares hace un año. Se preguntaba si sería una declaración de amor o de odio, si tendría o no una intención social. Le gustaba pero decía no entenderla, “como las canciones de los Beatles”. Ya entonces mi amigo Ramón sabía que le quedaba poco tiempo, que había sobrepasado con creces el que los médicos le habían pronosticado, que vivía de prestado. Pero no se arredraba, volvió una vez más a montar a caballo, salía a la calle con su moto y su pañuelo pirata cubriéndole las calvas y las cicatrices de la cabeza, me lo encontraba en las tapias del cementerio o en las manifestaciones por Gran Vía, nos contaba sin tapujos que esto iba en serio pero que qué podía hacer sino seguir viviendo la vida. “Buenos días, tormento”, leía cada día en la tapia cercana a su casa. Había hecho suya esa frase, pero él sabía por qué, todos lo sabíamos. Buenos días al tiempo que corre en mi contra, buenos días a la vida que me abandona y, sin embargo, te deseo buenos días, tormento mío. ¿Cómo afrontar la vida si no? Ya hace casi dos meses que mi amigo Ramón murió. “Una emoción para siempre”. La de vivir. También la de que él forme parte de mi vida.
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