Ese don inocente que ella tiene de atraer hacia la órbita de sus encantos a moscones y mosquitas muertas, acabará dando al traste conmigo.

A menudo pensaba que llegaría un día en que ya no aguantara ni disimulara más, en que ya no se callara más, en que pasara a la acción. Pero, ¿qué acción?

¿Y qué será de mí entonces?pensabaMe mirarán como a un loco, dirán que veo fantasmas, que soy un retrógrado y un machista, un ser insociable, un misántropo, que soy posesivo, un desequilibrado, un enfermo. Y luego llegaría el descrédito, la familia rota, tal vez la cárcel y la ruina.

A medida que cumplía años y decepciones acabó desconfiando más que de ningún otro espécimen, de “los respetables”, como él los llamaba.

Los respetables se vuelven irrespetuosos y soeces cuando abusan de la confianza que se les da. Te joden vivo cuando averiguan que disfrutas con algo o alguien, y el objeto de tu disfrute también te lo acaban jodiendo. Estropean todo lo que tocan y malogran cualquier posibilidad de amistad o cercanía. Una pista para reconocerlos podría ser la de que siempre andan más solos que la una, pero somos tantos los solitarios por una razón u otra que eso serviría de poca ayuda para alertarnos. A ver si fuera posible que jodieran un poco más con sus mujeres y sus maridos y dejaran de jodernos la vida a los demás…

Pero nada de todo esto se atrevía a contarle a ella. Toda esta perorata se acababa pudriendo en sus entrañas palabra por palabra, día tras día, año tras año. Por eso, a menudo, fantaseaba con la posibilidad de desaparecer, de volar, de hacerse el muerto cada vez que lo necesitara.
Mientras deletreaba mentalmente la última palabra abrió la guantera y cogió la pistola. Se bajó del coche sin hacer ruido y se apostó entre las sombras del parquecillo. Atisbó a lo lejos al fotógrafo. Regresaba solo a casa, como cada noche. La tienda de fotos de sus suegros no iba ni bien ni mal aunque, sin duda, fue la tabla de salvación cuando hizo su aparición la crisis. Bien es verdad que ya entonces llevaba el fotógrafo años en barbecho, lejos de las grandes agencias, olvidado por los suplementos dominicales de los periódicos de más tirada del país, pero la llegada de la crisis hizo de él definitivamente un puro recuerdo incluso en los de mayor edad. Si llegó a ser alguna vez una celebridad, si llegó alguna vez a rozar la gloria, ya casi ni él lo recordaba, o se veía a sí mismo como a un extraño. Cuánta gente importante llegó a desfilar delante de su cámara y, sobre todo, cuántas mujeres hermosas… De todo aquello sólo mantenía viva la impronta de su propia cobardía. Su temprano casamiento también le mortificaba porque jamás fue capaz de plantarse y cortar por lo sano cuando la rutina del afecto sustituyó a la pasión o al amor. Cada noche que tocaba follar, babeaba sobre su mujer con el recuerdo impreso en sus retinas de alguna de esas mujeres fabulosas a las que una especie de difusa y falsa moral, que más tenía que ver con el miedo, impidió llevarse a la cama, pero no soñar despierto con ellas mientras se tiraba a su legítima. Los años fueron pasando y ahora las modelos eran sustituidas en su imaginario por clientas de la tienda o por amigas comunes de la familia, casadas o solteras, daba igual, con las que flirteaba sin pudor, sin importarle colocarlas en un aprieto con sus burdos chascarrillos que a él le parecían, sin embargo, un prodigio de picante sutileza. Tan grande era su ego que no se percataba de quedar a menudo en evidencia con su discurso socarrón, creyéndose un verdadero especialista en el arte de la fina ironía. O quizá sí se daba cuenta, pero le daba igual. Y tan grande era su necesidad que ni siquiera la pornografía, a la que era aficionado, colmaba mínimamente ese agujero negro que se había instalado en su vida.

El marido despechado avanzó hacia él con las manos en los bolsillos del abrigo y se hizo el encontradizo. El fotógrafo, sorprendido, le preguntó que qué hacía allí.

He venido en persona a escuchar tus gracietas. El fotógrafo no entendía nada. Estaba dispuesto a contratar a alguien, pero nadie hubiera disfrutado como yo añadió y, sin más rodeos, sacó la pistola y disparó tres veces.

El primer tiro fue a parar a la polla del artista; el segundo, dirigido a la cabeza, lo erró adrede en el penúltimo segundo; y el tercero se lo tragó voluntariamente el propio marido. Con la boca abierta como un pez en tierra y el cañón de la pistola dentro, le suplicó perdón a ella, miró por última vez al cielo negro, ese vertedero de suspiros, apretó el gatillo y se hizo el muerto para siempre.

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Smith & Wesson, 2011. Pintura esmaltada sobre madera. MARINA VARGAS.

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