Cuando era chico me pasaba horas mirando los dibujos de las enciclopedias antiguas que andaban por casa. Me gustaban sobre todo los que ilustraban pasajes de la “Historia Sagrada”: las alas del ángel de la Anunciación y los rayos de luz divina trazados con simples líneas rectas a plumilla; el porcino descomunal en la frente del gigantón Goliat abatido por la pedrada de un mequetrefe (como debía de serlo yo con mi gomero por el Huerto del Carlos de mi barrio); el infierno y el demonio tridentino con cuernos y alas como las de Batman; la enorme caldera donde se cocían por toda la eternidad a fuego vivo los malos cristianos de pecados capitales inconfesables… Pero los que más me gustaban eran los dibujos del Paraíso Terrenal, del Edén. Eva con ese pelazo (rubio, seguramente) tan bien dispuesto sobre su delantera, y ese Adán escultural y torpe, pobrecito mío, castigado para siempre a pagar facturas o evadir impuestos a causa de un solo desliz, un solo bocado de manzana prohibida (qué buena estaba Eva y qué mala, malísima, era). En el Paraíso no se veían ni elefantes ni jíbaros, ni monos ni lianas (craso error). A lo sumo se veía algún avecilla o algún  pavo real, todo muy light, pero yo los imaginaba. Era lo razonable en una selva. Si había una serpiente gorda, (una boa, seguro), ¿por qué no iba a haber un cocodrilo como en las películas de Tarzán? Casi todo era en blanco y negro, así que el color se lo fui poniendo yo poco a poco, a medida que mi padre me completaba el álbum de Vida y Color traficando con otros padres en el kiosco del Chalo de Plaza Nueva. A esto también contribuyó lo suyo una postal que mi abuela nos mandó desde la playa aquel verano de 1969 y que mi madre dejó, como la foto de la prima de Madrid, durante muchos meses apoyada sobre una de las tazas del juego bueno de café que nunca se usaba. En primavera, con seis años, yo había hecho ya la Primera Comunión y, por supuesto, me había leído el catecismo de cabo a rabo. No sé si habrá sido bueno o malo para mí, pero con cinco años yo ya sabía leer, según mi madre. En la postal se veía un paisaje tropical, o subtropical, a vista de pájaro, seguramente de chirimoyos junto a una playa dorada y absolutamente despoblada, y un mar de un azul tan compacto y polinésico que sólo faltaba la figura de un náufrago para ser perfecto o, en su defecto, las de Adán y Eva todavía en pelotas y cogidos de la mano. Detrás de la foto, alguien con cuidada caligrafía había escrito: “Querida familia, os mando este recuerdo desde el paraíso. Feliz verano, 1969”.  El Paraíso. Eso fue para mí en aquel tiempo el Paraíso, una postal de la costa de Motril que la señorita Pepitina, la hija de los señoricos para los que trabajaba como criada mi analfabeta abuela, habría escrito amablemente para nosotros, los hijos y nietos de la chacha. Se me olvidaba decir que mi madre siempre contestaba a mis preguntas indiscretas (“Mamá, ¿dónde está el infierno?, mamá, ¿dónde está el Paraíso?, mamá, ¿dónde está el abuelo?…”) con la misma respuesta: “En el Cielo, hijo”. Todo lo que no sabíamos dónde estaba, resulta que estaba en el Cielo. Y a mí me parecía una proeza que el Cielo aguantara tanto, sobre todo que aguantara el peso del Paraíso, que debía de pesar mucho con tantos animales grandes. Eso también hizo que lo mitificara más aún, que el Paraíso fuera el no va más para mí. El caso es que nunca abandoné ni olvidé ese paraíso, ni ningún otro de los que me fui fabricando con el tiempo. Por ejemplo, últimamente habito otros, digamos, en el extremo opuesto al mar, es decir, en la montaña. Y es curioso que algunos tengan nombres tan contrarios a lo que se esperaría de las parcelas de un paraíso: Cuesta de los Presidiarios, Refugio del Calvario, Cuesta del Desmayo, Río Valdeinfierno… Pero no importa porque ya se sabe que los paraísos no están en el mismo lugar todo el tiempo para todo el mundo, ¿cómo iba a ser la sierra un paraíso para los presidiarios, los maquis, los arrieros, los mineros, los pastores…? Hasta el Paraíso dejó de serlo para Adán y Eva. La sierra es ahora un paraíso para mí porque voy de turista, por puro placer, casi como un pijo comparado con las gentes que la han poblado a la fuerza o la siguen poblando porque allí está su vida o su trabajo. Y es que el paraíso no está a menudo donde uno lo busca, sino donde uno lo encuentra (y juro que esto no lo he leído en ningún azucarillo, al menos que yo recuerde, pero es una verdad como un templo). Aunque siempre haya que buscarlo para encontrarlo, eso es de cajón. Hay, sin embargo, otras formas de paraísos que no necesitan de viajes ni apenas de dinero. Son parecidos al de la postal de chirimoyos de 1969 (que ahora guardaré yo en algún baúl de mi casa) y se alimentan y crecen con un poco de atención. Abrir un libro y leer la primera frase, y luego otra, y otra, y otra más, como si diéramos pasos en la orilla hasta zambullirnos por completo en ese mar ajeno y hacerlo nuestro, es otra forma de habitar un paraíso. Temporal, sí. Se termina, se acaba, de acuerdo. Pero, ¿hay algo que no se acabe acaso? Y además, hay tantos libros por leer, tantas chirimoyas y tantas veredas por andar… ¡Foh!Pecado original

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