Ya hace 32 años que un hombre sentado en el patio mira al infinito y no logra verlo. El sol de la tarde proyecta la sombra de la casa a sus pies. Parece una frontera, recta y poligonal, como esas fronteras africanas del atlas —piensa. El hombre mira hacia atrás sin mover los ojos, vuelve a buscar el infinito y se pierde pensando en cosas que ya no recuerda bien. Quizá el infinito sea eso, las cosas que ya no recordaremos nunca, quizá se parezca al olvido —piensa. La tarde avanza y lo envuelve en sus sombras. Ya está dentro, envuelto en el tiempo de, por ejemplo, esa tarde. La casa, la sombra de la casa y el hombre se confunden. Son como gotas de mercurio que se unen en la palma de la mano. El hombre respira pausadamente y de su boca salen los días y los años como pequeñas bocanadas de humo, o como nubes infantiles, o tal vez son blancas y perezosas mariposas. Aún no se han encendido las luces del verano y el patio queda en penumbra. La pequeña hamaca de playa donde se sienta el hombre es un bote que se aleja más y más de la orilla. A medida que se adentra en el mar, a medida que pierde de vista la tierra, todo lo ve más claro. El infinito debe de ser eso, aquello que ya nunca va a suceder, las cosas que ya nunca pasarán, ¿qué, si no? —piensa.

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