«Después de cenar nos reunimos todos en la oscuridad de la terraza. Todos menos él. Yo estoy tumbado en una hamaca; sobre mis párpados flotan las rutas invisibles que trazan las estrellas. A medida que la luna asoma tras el tejadillo nuestra piel adquiere la palidez cérea de los reclusos. La expectación es una mancha de aceite que nos va inundando en el silencio de la noche. No soy el único absorto en el suave bamboleo de la cortina que da paso a la terraza. Tememos que el miedo irrumpa en escena y nos atrape irremediablemente, como sentados en una butaca de palco. Él aparecerá, todos lo sabemos. No puedo recordar cuánto tiempo hace que mi hermano perdió la cordura. O quizá no quiera saberlo. A menudo eludo la palabra locura, como si la elusión, por sí misma, ya fuese un conjuro capaz de protegerme. Pienso en esto mientras la angustia me va calando como un sirimiri sin poder desclavar los ojos de la cortina. De pronto ésta se abre. Durante un instante, el temor da paso al alivio, esperando por fin ver la mueca de su sonrisa, esperando por fin que todo acabe. Él avanza dos pasos y, al salir de la penumbra y recibir la luz lunar, un escalofrío me traspasa: veo en él mi propio rostro y mi propio cuerpo, me veo a mí mismo como si se tratara del hermano gemelo que nunca tuve.»

Este fue el primero. El sueño de mi hermano era idéntico, aunque fechado un día después. El médico quería que los anotáramos antes de que se nos olvidaran. Decía que esa terapia haría que pronto voláramos de allí.

Cómo hace el pequeño cocodrilo

Cómo hace el pequeño cocodrilo (1998) Leonora Carrington

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