Estoy sentado en la terraza de una cafetería. Mientras espero el desayuno observo al tipo de la mesa de al lado. Él ha desayunado ya y en el centro del plato vacío ha colocado el tenedor y el cuchillo perfectamente paralelos entre sí, ha dejado sobre la loza varias servilletas de papel usadas pero dobladas de forma impecable y ha barrido el plato y reunido en un montoncito las migas de pan desperdigadas. Todo eso lo hizo antes de que yo llegara, ahora fuma un gran puro cuyo humo, asfixiante y desagradable, flota sobre toda la terraza. Lee el periódico de la casa, lo acapara, y alterna las chupadas al puro con brevísimos sorbos a una taza de café que nunca se acaba y a un gran vaso de agua que tampoco: calada-sorbo de café-sorbo de agua-calada… Sobre la mesa reposa un cenicero de cristal en el que reparte y nivela la ceniza con la boquilla del puro. Hay también un sombrero Panamá cuyo frontal señala perpendicularmente al respaldo de la butaca, el cual está perfectamente alineado con su espalda. Aunque mantiene una pierna cruzada sobre la otra, apenas se mueve para pasar de vez en cuando una página del periódico. Tampoco se le acaba nunca el periódico. Llevo esperando mi desayuno diez minutos o diez horas y el tipo sigue apestando el aire, dando pequeños sorbos al café, al agua y pasando página tras página del periódico. Calza unas impolutas zapatillas de deporte rojas, un pantalón blanco y un polo rojo sin arruga alguna, por supuesto. Por fin viene mi café y mi tostada; comienzo a devorarlos. El tipo lee, repanchingado, cada línea del periódico sin despegar ni un milímetro la espalda del asiento. Es consciente de su perfecta disposición espacial y se deleita en ello. Yo también soy consciente, y eso me irrita cada vez más, tanto como su ritual de caladas y sorbos. Acabo de desayunar y pido mi deseo: quiero que una nube se pose en su vertical y lo deje completamente empapado, perfectamente empapado; que le desbarate su perfecto peinado, que le arrugue el niqui, que le desajuste todos los ejes de simetría de su vida y, sobre todo, que le apague el puro. De pronto aparece en escena un arzobispo. Tiene ademanes garrulos, pero viste pamela y traje de cola rojos. Le da una calada cómplice al puro y el del puro ni se inmuta, y acto seguido nos hace un truco de magia. Por los túneles triangulares de sus grandes y sedosas mangas aparecen varias palomas que no son sino varios Espíritus Santos. El del puro aplaude: ahora es un oficial de las SS en un teatro parisino de varietés. De pronto truena y el agua cae a cántaros sobre el arzobispo, sobre el del puro y sobre las palomas. No pueden moverse, son avispas en una piscina y yo no voy a mover un dedo por salvarlos. Observo la escena ataviado con un traje militar de la Gran Guerra, llevo un casco prusiano, un pickelhaube de pincho brillante. Pero no soy prusiano, sino que pertenezco a la resistencia francesa de la Segunda Guerra. Estoy en una trinchera, en la trinchera opuesta; el barro y las ratas me cubren las botas, escupo y declaro que hace tiempo que dejé de creer en la simetría. Una amiga de Facebook que aparece por allí, me riñe, me despierta y evita que se ahoguen las avispas. Me habla de la reciprocidad, de la ecuanimidad y de la humanidad, y me recuerda que yo también fumo. “¿Y qué, para eso me has despertado?”, le pregunto.”Me cago en la simetría y me cago en Dios”: me quejo mientras tanteo el suelo en busca de la zapatilla perdida, la zapatilla asimétrica.

casco

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