El coche rueda montaña arriba por una estrecha carretera. A través de los claros y oscuros del bosque que la flanquea, el sol se estrella como un flash sobre el parabrisas. Apenas caben dos coches y la carretera no tiene fin. Un periodista que va sentado en el asiento de atrás exclama: «¡De puuta madre!». Es más de medio día y la mujer que limpia las habitaciones del hotel ha cruzado varias veces el jardín con un bebé en los brazos; sube y baja con él los escalones que llevan del parterre a una terraza, de la terraza a una habitación, de una habitación a otra. Los coches van llegando de uno en uno hasta el hotel: fin y final de la carretera; ahí acaba la extensión del minúsculo universo que a duras penas controlamos: la estrecha lengua de asfalto da paso ahora al bosque impredecible. La mujer cubre la cara del bebé cuando un huésped se acerca a mirarlo y se aleja deprisa, malhumorada. Un hombre la sigue; trabaja también en el hotel. A veces es el hombre el que lleva en sus brazos al bebé. Ambos trabajan limpiando las habitaciones que habremos de ocupar; son extranjeros, parecen árabes. Hace fresco y charlamos en el jardín alrededor de unas cervezas. Uno de nosotros se tumba al sol en una hamaca, contempla los nudos vertiginosos de las nubes. Es un sitio extraño dentro de un día luminoso. La joven pareja que regenta desde hace poco tiempo el hotel nos tranquiliza; él dice tener alguna experiencia, pero hasta el potente sol que luce arriba parece cogido con alfileres en este lugar. Sin embargo, el periodista vuelve a exclamar: «¡De puuta madre!». Almorzamos solos en un extremo del salón. Los precios de la carta son los propios de los confines del mundo; nosotros, los únicos habitantes. Turistas, o montañeros, mañana saldremos muy temprano de ruta. Hemos planeado este día desde hace tiempo, hace meses que reservamos el resplandor de este hotel. Estamos contentos, nada nos lo va a impedir. La mujer del bebé cruza el jardín y entra de vez en cuando en la cocina, ahora está enfurecida. Se oyen voces. Discuten. Algo no va bien. No es un déjà vu porque esto lo hemos visto ya en películas y lo hemos leído en novelas de serie negra: algo irreversible y trágico está a punto de suceder, y no se trata de lo que le pueda ocurrir al cantor engreído que uno de nosotros lleva secuestrado en el maletero (eso no es grave porque canta muy mal). Mientras tanto, atardece más abajo de la casa, junto a la pequeña piscina, a donde no llega ni el trajín ni el malestar del personal del hotel. A lo lejos hay algunas casas y cortijos ajenos al escenario. El cielo es azul y los nudos de las nubes de deshacen ahora lentamente sobre nuestras cabezas. Apenas rompen el silencio el ruido de la depuradora o el vuelo de un mosquito. La calma de la tarde y la temperatura del aire son extremadamente perfectos, demasiado para ser reales. Algunos montañeros se bañan, otros charlan despreocupados. Acordamos coger los coches y cenar en el pueblo más cercano. Pasamos el resto de la tarde fuera. De vuelta al hotel es ya noche cerrada. Dos coches todoterreno de la Guardia Civil llegan al mismo tiempo que nosotros; aparcan improvisadamente junto a la entrada. Todos los números se dirigen rápidamente al establecimiento sin responder a nuestra curiosidad. Llaman al portón y sale el joven dueño a recibirlos. Les describe a dos hombres: uno moreno, el otro muy violento; uno iba de azul, el otro le agredió por la espalda; le han roto la camisa, iban borrachos. Menos mal que algunos nuevos huéspedes lo han defendido; los dos tipos se han marchado escupiendo amenazas. Son familiares de la mujer y el hombre que portaban al bebé con la cara cubierta. Querían que el dueño les pagara, a toda costa, las horas trabajadas a prueba ese día. Se fueron todos; la pareja con el bebé, también. Por fin los ocho números se suben en los dos coches y se marchan: ya tienen la descripción de los agresores. En el salón del restaurante un grupo numeroso espera la cena; son también montañeros o turistas. Nosotros tenemos dos perros pequeños, aún estamos en el zaguán del hotel, comentando lo sucedido. Alguien se acuerda del cantante malo que tenemos encerrado en el maletero y todos nos reímos, pero pronto se nos hiela la risa. El hombre que miraba a las nubes sale al jardín con su hija y uno de los perros pequeños. Van a dar un paseo o a templar los nervios, pero a través de la verja que da a la oscura carretera del fin del mundo ven a dos tipos encaminarse hacia la puerta de entrada del hotel. Uno va vestido de azul, el otro lleva al hombro una escopeta armada que trata de disimular bajo el brazo. El hombre que miraba a las nubes y su hija entran pálidos en el zaguán y nos relatan lo que han visto en la negrura; también al joven dueño, quien llama de nuevo a la Guardia Civil y echa la llave al portón de entrada. Teme que entren. Todos lo tememos. Alguien habla de Puerto Hurraco y también de la Alpujarra profunda, y alguien vuelve a recordar al cantor presuntuoso encerrado en el maletero, y todos nos reímos al otro lado del portón, donde merodea el ángel exterminador, donde ya se sabe que la noche es más oscura que en ningún otro lugar del mundo. Por eso el joven dueño suelta por el parterre al perro grande que hasta entonces tenía encerrado, para que nos avise si se acercan a la cancela el hombre de azul y el hombre de la escopeta armada que merodean por el bosque. De pronto, el perro grande entra donde todos nos congregamos temiendo a los locos de la escopeta y esperando la llegada de los agentes. La bestia olisquea a uno de nuestros perros pequeños y lo ataca, lo muerde ferozmente en el lomo y lo zarandea. El aullido de dolor del animal se mezcla con los gritos de todos los presentes. El joven dueño acude a separar a los perros, le patea brutalmente la cabeza al perro grande y lo saca a rastras al jardín. Balbucea unas disculpas y se escuda en su nerviosismo por lo acontecido con los dos agresores. La tensión va en aumento y ya ni el cantante malo encerrado en el maletero ni el periodista que acaba de gritar «¡de puuta madre!» nos consuelan. La autoridad tarda mucho en venir y mañana hemos de madrugar si los locos de la escopeta no nos han volado para entonces a todos los sesos. Alguien llama al portón. Silencio. El joven dueño mira por la ventana. Son las dos patrullas. Los dos testigos les cuentan lo que vieron a través de la verja. Los guardias discuten con el joven qué hacer y cómo hacerlo. Esto es serio, mucho más serio que el secuestro del cantor petulante encerrado en el maletero. Por fin acuerdan que una pareja se quedará apostada cerca de la casa. Ya son más de la una de la madrugada. La noche en el fin del mundo es fría incluso en verano. Habrá que apestillar las puertas y dormir con una manta la poca noche que queda. Cruzamos el jardín en busca de nuestras habitaciones. Yo estoy ya delante de ella, pero un griterío detrás me sacude y sacude de nuevo el aire. Corro. Corremos todos. El perro grande mantiene en vilo en sus fauces a nuestro pequeño perro. Un corro de gente intenta hacer que lo suelte. Los ladridos agudos y lastimeros no cesan, lo ha mordido por todo el cuerpo, incluso en la boca, y aún sigue con los dientes apretados, sin soltar su presa. El joven dueño tira en vano del perro asesino, lo estruja, lo golpea. Todos los huéspedes han salido del comedor al jardín, algunos gritan, otros se apartan sin querer mirar. El hombre que miraba las nubes descarga de pronto en la cabeza del gran perro un puñetazo que le hace abrir por fin el cepo de las mandíbulas. El pequeño parece moribundo, es un puro lamento. Todo el mundo se olvida por un momento de los locos que merodean afuera. Pero el perro no está muerto. Tantean su cuerpo buscando las múltiples heridas y a cada roce le sigue un aullido infinito. Agua, desinfectante, apósitos, antibiótico… Son las dos de la madrugada. Esta iba a ser la primera de nuestras dos noches en el hotel. Nada podía salir mal, lo llevábamos preparando durante meses… La noche se hace impenetrable y ya se ha colado como una niebla espesa por cada rincón del parterre que rodea los apartamentos, las escaleras que suben y bajan al aire libre y negro, las puertas y terrazas que dan a la piscina y a la hierba. Vuelvo a mi habitación. La puerta está entreabierta y el interior a oscuras. No me atrevo a entrar. Ya no oigo los lamentos del pequeño perro, ahora oigo mi propia sangre latir en el pecho. Registramos la habitación. No hay nadie, no hay nada. También se han esfumado el periodista y el mal cantante. Ya no habrá que poner temprano los despertadores, sino cerrar a cal y canto las habitaciones. El frío del fin del mundo baja del monte y se cuela por todas las rendijas. Intentaremos dormir un poco, intentaremos no despertarnos dentro de ninguno de los sueños que tengamos: sabemos que si lo hacemos puede que no nos guste lo que acabemos viendo.

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