Acudes a ver cómo se derriba por fin la cruz que levantó Franco en memoria de su cruzada y te caen encima los cascotes. Leyendo en Facebook la noticia del derribo de la cruz franquista en Larrabetzu y su fatal desenlace (varios heridos, huesos rotos, etc.), no me sorprende la burla y hasta la crueldad de algunos comentaristas. Destaca uno que dice no poder parar de reír desde que se enteró de la noticia. A pesar de que el tipo usa esa tontada, tan en boga, del karma (en lugar del veterotestamentario y vengativo “¡castigo de Dios!” o de los clásicos “que se jodan” o “que tomen por saco/culo”, menos elegantes, eso sí) no escribe mal, hay que reconocerlo; no tiene faltas de ortografía ni usa palabras groseras o insultos. En unas cuantas líneas defiende el monolito, justifica el franquismo y se ríe de que, para más inri, los castigados por Dios, o por Franco, fueran precisamente vascos. Así, asimila esta desgracia (y a Franco) con la leyenda del Cid Campeador, montado ya muerto a caballo y aun así ganando batallas a base de espantar o apedrear a los moros o a los rojos. Entro perezosamente en su muro dispuesto a buscar y encontrar un rastro, discreto o zafio, de facherío. Pero no encuentro ondeando ninguna bandera con el águila, ningún podemita ardiendo y, ni tan siquiera, una mención a Venezuela. Sólo encuentro enlaces a páginas culturales y fotos de arte. Y todo el contenido es reciente y público. Esto demuestra por enésima vez que ser un malnacido y al mismo tiempo un amante del arte no es en absoluto incompatible. Me acordé de aquellos contactos y amigos míos de carácter, digamos, más vehemente, de izquierdas, y quizá no tan apasionados por el arte, y pensé que probablemente ellos también se hubieran reído si, por ejemplo, se diera el caso de que algún admirador del dictador al ir a quitar una bandera republicana de un balcón, se cayera y se rompiera la tibia y el peroné (que es lo que le ha ocurrido a una de las heridas con el monolito). Me ha dado que pensar porque, si bien no estoy seguro de que me divirtiera mucho la escena, sí lo estoy de no ser capaz de reñirles ni afearles la conducta (al menos no en público) por tan venial pecado. Ya ven, yo me considero cada día más equilibrado (que no equidistante o imparcial) al tratar estos temas ¿éticos? y, sin embargo, los ojos de mis amigos más… ¿exquisitamente correctos? no me ven así. Y es que sé que para muchos (cada vez más) la distancia que hay de unas risas u otras a un imaginario centro ético es exactamente la misma: pero no para mí. Yo soy, por suerte o por desgracia, absolutamente parcial, en absoluto neutral y por eso el centro, para mí, estará siempre más cerca de una de esas dos —hablando metafóricamente— trincheras. No sé si al malnacido del comentario le sucederá lo mismo que a mí, puede que sí.

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