La Vereda de la Estrella y los Gigantes

No lana, sino hilo de agua helada

guía a Teseo en esta travesía.

Por el sendero viejo del tranvía

lleva el rumor del río por compaña.

Cinco túneles cruzan su destino,

cinco veces hilvana la montaña.

 

Sabe bien lo que importa del camino:

la dicha, el paso, el hombre,

no la cumbre o la hazaña,

sabe bien que la bestia tiene el nombre

del miedo y sabe bien

que la soberbia siempre nos engaña.

 

Buenos días, Vereda de la Estrella,

Castaño del Abuelo,

Puente del Burro, huella

de verde escarcha, arañas

de cristal en el cielo.

 

Buenos días, Gigantes y Vasares,

lagunas misteriosas

païsajes lunares.

Buenos días, riqueza de venero,

silencioso maná,

estrella de las nieves, sol de enero,

buenos días, Boca de la Pescá.

 

Cucarachas, Calvarios,

Raspones, Valdeinfierno,

Cuestas de Presidiarios:

apellidos y nombres del averno

que esconden en la tierra

edenes subsidiarios.

Buenos días, fanales de la sierra,

veredas de gigantes,

buenos días, humildes santuarios.

 

Vereda de la Estrella

Vereda de la Estrella. Foto de Pablo Lara.

 

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Móvil perpetuo

El remonte sube y baja formando una cadena, viene y va continuamente. Has de subir en marcha, pasajero, pues no hay pausa en este viaje. En algún punto del trayecto te bajarás unas horas, tal vez unos días. Pretenderás descansar o escuchar tu propio latido, es razonable. Pero la cadena seguirá circulando, transportando a los demás, sin ti. Arriba se posan las primeras nieves. Más altas que éstas, las águilas despliegan sus hermosas alas bajo el sol. El brillo de sus pupilas salta de peña en peña, como un bisturí atraviesa la alegría o la tristeza más sólida o recóndita, recorre las calles, penetra todas las imposturas, se cuela por todas las rendijas, cruza la noche y el día, se desliza entre las sábanas y baja goteando hasta la punta de tus pies. Y todo vuelve a empezar (si es que acaso hay un comienzo o un final). En alguna estación te tomarás un tiempo de descanso, tal vez unos años. Es razonable. Pero cuando vuelvas, viajero, de nuevo habrás de subir en marcha, reconocer cada camino o abrir una vereda. Serás siempre bienvenido: lo seremos, mas no perdamos demasiado tiempo en preguntar qué fue de todo sin nosotros, porque todo, sin nosotros, continuó siempre siendo.

17

Donde acaba la hiedra

Edifiqué mi iglesia sobre la tierra,

la tierra de las macetas,

la negra y húmeda del arriate,

la tierra milagrosa que convertía

el óxido de los bidones

en el olor del firmamento.

Con la solemnidad que sólo entienden

los juegos de los niños,

edifiqué mi iglesia,

dispuse en ella cada pecado

del que tuve noticia,

la cabellera de tus trenzas rubias

para el mejor guerrero de la tribu,

y tus ojos azules —rostro pálido—

secuestrados para siempre en los charcos

limpios de sus praderas.

 

Edifiqué mi iglesia

emboscado y paciente:

cada tarde era eterna,

pues yo era el hijo de mi dios,

el dueño de las horas,

y en los relojes de la cal,

allí donde la geometría

trazaba a cuchillo las sombras,

allí donde se desbocaba

el corazón de cada jaula,

y donde la salamanquesa

simulaba ser de ayer o de arena,

allí donde los ojos se abismaban

entre el añil de los barreños,

allí planté mi credo,

hecho a mi viva imagen y semejanza,

dentro de la maraña verde

y brumosa de cada siesta.

 

Como un perro señalé

las cuatro esquinas de mi reino,

donde el verdín festejaba en las piedras

la ceremonia del olvido;

como un perro señalé las fronteras

de los tapiales ricos,

donde la vida, ahíta de cuidados,

se desbordaba a veces para nosotros

como la carne rosa

de un angelote consentido.

Y allí, al otro lado, poderosos,

en la maleza de la calle,

devorábamos el botín de guerra

con plumas, uñas, pétalos…

Poderosos, como jamás

lo volveríamos a ser.

 

Toda mi fe creció en cuclillas,

en las afueras de la gloria,

obstinada y secreta

como el diminuto universo

que bulle bajo el musgo,

y fue anterior a la palabra

de dios y aun del diablo.

Toda mi fe, horas y horas de fe,

donde el agua turbia de las canales

inundaba la selva,

toda mi fe donde el oscuro

volcán del hormiguero

congregaba nuestras salivas

como humildes blasfemias,

toda mi fe reducida a una mancha

de aceite en el escalón de la casa,

donde las moscas verdes y las bestias

y el látigo naranja del arriero

fueron también paisaje,

donde el agnóstico trajín

de los escarabajos

y los ojos febriles de las parejas

celebraban la vida sencillamente.

 

Allí inventé el mundo

y descubrí —lo supe — quién soy hoy:

tan honda era la herida,

tan clara era la luz.

 

Pero llegó el invierno

con sus trapos blancos al sol

y su triste baile de sombras por el suelo,

y trepó por las paredes

y llenó de humedad la casa

y supe que la vida me esperaba

como un matón, calle abajo,

allí, donde acaba la hiedra

y las biografías se olvidan

de nuestro primer asombro,

allí, donde comienza la vida

a parecerse siempre tanto.

Imagen 057

Miguel Barrera Izquierdo (Foto familiar). Principio de la calle Camino Nuevo de San Nicolás.

 

Asombro

Todas las manchas tienen la huella de un cuerpo; todas las sombras, la vocación de una escena de mi vida. Un corazón tiene forma de piedra, y aquella ola borrosa en el olvido de la orilla podría ser, si entorno los ojos, los labios o el cabello del protagonista de mi futuro recuerdo. Todo me lleva a todo, apenas necesito la memoria. Esta línea amarilla de la carretera me llevará al páramo donde la soledad vigila como un perro el paso de los años. Esta gota verde será el camafeo de la muchacha que se baña en las piscinas de mis días. Un universo bulle bajo la piedra tanto si la levanto como si no. No necesito vivir ni un otoño más para saber que la vida se acaba. No necesito escribir ni una sola palabra para saber que cualquier palabra me une al mundo. Y, sin embargo, sigo asombrándome cada vez que me despierto y recuerdo un sueño. Sigue asombrándome el lenguaje de la luz en los lienzos, sus extrañas y exactas metáforas, sigue asombrándome descubrir, a través de la mano del hombre, qué bulle bajo mis piedras, qué hilos atan todos mis veranos, como cometas, a todas las esquinas de mi vida.

 

Ola

El buen dios

Los generales patriotas obedecen

ciegamente la orden

de los mercaderes apátridas.

Desde el cielo un hisopo purifica

a hierro y fuego la ciudad, los templos

donde algún día morará el buen dios,

los campos donde brotará la flor

oscura del dinero

sin dioses ni fronteras,

las aulas donde los niños un día

aprenderán la única verdad.

 

Como una buena nueva,

los generales esparcen racimos

de venganza que estallan

y purifican las calles. Y el mal,

despavorido, huye

y se diluye en un río de sangre.

Revientan las frutas podridas

de los mercados y las monedas sucias

yacen, de trece en trece, entre los jirones.

 

Y siempre, siempre, mientras salta el diablo

entre los charcos, se oye el llanto de un niño.

Es el niño elegido por el buen dios,

el futuro soldado de la fe

que un día volverá a purificar

la faz de la tierra, la patria grande

donde nunca caben todos los hombres.

El deudor

Después de que hayan pasado casi treinta años de la muerte de mi padre, puedo seguir diciendo que con los muertos queridos nunca está uno en paz.


EL DEUDOR

    A mi padre

SIN más, se aleja a toda prisa, sombra
sobre el agua que arrastra la pendiente.
Es un muerto que antaño fue doliente,
y lunes y palabras. ¿Quién le nombra,

quién cree sentir más pena que la mía?,
¿no basta no tener la fe o la ciencia,
no bastan los silencios de esta herencia
que montan siempre guardia en la alegría?

Hay palabras que llegan a destiempo,
como estas: no valen ni un adiós.
Me acojo a ti, único y falso dios,
tiempo mío que come de otro tiempo.

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