Feas calaveras

¿Quienes son estos muertos que vienen a esta hora a molestar

con sus feas y rotas calaveras?

¿Quiénes son estos fantasmas silenciosos

que osan emerger de esta tierra de paz

que cree no deberles nada?

¿Quiénes son éstos por los que nadie clama justicia

a las puertas de los juzgados o las comisarías?

¿Quiénes son estos muertos que incordian nuestras leyes,

que ensucian las cunetas de nuestra patria,

que afean nuestras pantallas de plasma?

 

¿Quiénes son éstos a los que solo esperan cuatro hijos

o cuatro nietos más viejos aún que ellos?

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La edad de la lluvia

No sé si fue la lluvia,
a una incierta edad,
suceso o trance mágico
en dos ojillos nuevos,
absortos, sin preguntas.

Pero sin duda fue
—la vieja, la envidiosa bruja— cómplice
de encierros infantiles,
inclemente aguafiestas,
súbita dueña y señora de calles,
plazas y patios, que sólo la luna
se atrevía a acostar.

Algo tuvo en común con el tormento
del potaje y la sopa:
sin duda nos indujo al parricidio,
atávico y fugaz,
de tantas madres torvas y obsesivas
con cara de verdura.

Debió de ser la lluvia,
con su nariz en la ventana,
testigo de proezas inefables;
alguna vez, la clac agradecida;
la experta tramoyista en mil batallas,
o el gris telón de fondo
en más de un miedo.

Solía ser la lluvia
—un poco más crecida—
como esa amiga, fea y confidente,
de nuestro verdadero amor platónico;
la errada víctima
del angelito ciego.
Solía ser, en fin, un aluvión
de acné y soledad.

Hoy ha vuelto la lluvia.
Hoy ha vuelto mi vista atrás
y casi todo está en su sitio:
lo que pudo haber sido y nunca fue,
el miedo que acallaba
las razones del corazón,
cada ternura ahorrada,
cada pasión sin dueño.
Hoy ha vuelto la lluvia
a abrir el viejo álbum.
Como llave de paso, ha puesto a funcionar
mis ojos del revés.
Hoy ha vuelto la lluvia
y era como si un niño escudriñara
en el cajón de un viejo
desmemoriado
que alguna vez creyó
rozar el paraíso.

Pero ha llovido mucho desde entonces,
y aunque ahora tolero ser su huésped,
brujesca y entrañable,
aún puede conmigo.

La sopa, sin embargo,
es bálsamo si afuera llueve.
Y miedo y soledad
son dos fantasmas familiares,
discretos y educados,
que me hacen la vida posible.

Hoy ha vuelto la lluvia,
como pan, como sal,
y mi mano agradece su limosna de olvido.

La Vereda de la Estrella y los Gigantes

No lana, sino hilo de agua helada

guía a Teseo en esta travesía.

Por el sendero viejo del tranvía

lleva el rumor del río por compaña.

Cinco túneles cruzan su destino,

cinco veces hilvana la montaña.

 

Sabe bien lo que importa del camino:

la dicha, el paso, el hombre,

no la cumbre o la hazaña,

sabe bien que la bestia tiene el nombre

del miedo y sabe bien

que la soberbia siempre nos engaña.

 

Buenos días, Vereda de la Estrella,

Castaño del Abuelo,

Puente del Burro, huella

de verde escarcha, arañas

de cristal en el cielo.

 

Buenos días, Gigantes y Vasares,

lagunas misteriosas

païsajes lunares.

Buenos días, riqueza de venero,

silencioso maná,

estrella de las nieves, sol de enero,

buenos días, Boca de la Pescá.

 

Cucarachas, Calvarios,

Raspones, Valdeinfierno,

Cuestas de Presidiarios:

apellidos y nombres del averno

que esconden en la tierra

edenes subsidiarios.

Buenos días, fanales de la sierra,

veredas de gigantes,

buenos días, humildes santuarios.

 

Vereda de la Estrella

Vereda de la Estrella. Foto de Pablo Lara.

 

Móvil perpetuo

El remonte sube y baja formando una cadena, viene y va continuamente. Has de subir en marcha, pasajero, pues no hay pausa en este viaje. En algún punto del trayecto te bajarás unas horas, tal vez unos días. Pretenderás descansar o escuchar tu propio latido, es razonable. Pero la cadena seguirá circulando, transportando a los demás, sin ti. Arriba se posan las primeras nieves. Más altas que éstas, las águilas despliegan sus hermosas alas bajo el sol. El brillo de sus pupilas salta de peña en peña, como un bisturí atraviesa la alegría o la tristeza más sólida o recóndita, recorre las calles, penetra todas las imposturas, se cuela por todas las rendijas, cruza la noche y el día, se desliza entre las sábanas y baja goteando hasta la punta de tus pies. Y todo vuelve a empezar (si es que acaso hay un comienzo o un final). En alguna estación te tomarás un tiempo de descanso, tal vez unos años. Es razonable. Pero cuando vuelvas, viajero, de nuevo habrás de subir en marcha, reconocer cada camino o abrir una vereda. Serás siempre bienvenido: lo seremos, mas no perdamos demasiado tiempo en preguntar qué fue de todo sin nosotros, porque todo, sin nosotros, continuó siempre siendo.

17

Asombro

Todas las manchas tienen la huella de un cuerpo; todas las sombras, la vocación de una escena de mi vida. Un corazón tiene forma de piedra, y aquella ola borrosa en el olvido de la orilla podría ser, si entorno los ojos, los labios o el cabello del protagonista de mi futuro recuerdo. Todo me lleva a todo, apenas necesito la memoria. Esta línea amarilla de la carretera me llevará al páramo donde la soledad vigila como un perro el paso de los años. Esta gota verde será el camafeo de la muchacha que se baña en las piscinas de mis días. Un universo bulle bajo la piedra tanto si la levanto como si no. No necesito vivir ni un otoño más para saber que la vida se acaba. No necesito escribir ni una sola palabra para saber que cualquier palabra me une al mundo. Y, sin embargo, sigo asombrándome cada vez que me despierto y recuerdo un sueño. Sigue asombrándome el lenguaje de la luz en los lienzos, sus extrañas y exactas metáforas, sigue asombrándome descubrir, a través de la mano del hombre, qué bulle bajo mis piedras, qué hilos atan todos mis veranos, como cometas, a todas las esquinas de mi vida.

 

Ola

El buen dios

Los generales patriotas obedecen

ciegamente la orden

de los mercaderes apátridas.

Desde el cielo un hisopo purifica

a hierro y fuego la ciudad, los templos

donde algún día morará el buen dios,

los campos donde brotará la flor

oscura del dinero

sin dioses ni fronteras,

las aulas donde los niños un día

aprenderán la única verdad.

 

Como una buena nueva,

los generales esparcen racimos

de venganza que estallan

y purifican las calles. Y el mal,

despavorido, huye

y se diluye en un río de sangre.

Revientan las frutas podridas

de los mercados y las monedas sucias

yacen, de trece en trece, entre los jirones.

 

Y siempre, siempre, mientras salta el diablo

entre los charcos, se oye el llanto de un niño.

Es el niño elegido por el buen dios,

el futuro soldado de la fe

que un día volverá a purificar

la faz de la tierra, la patria grande

donde nunca caben todos los hombres.