¿Qué será el infinito?

Ya hace 32 años que un hombre sentado en el patio mira al infinito y no logra verlo. El sol de la tarde proyecta la sombra de la casa a sus pies. Parece una frontera, recta y poligonal, como esas fronteras africanas del atlas —piensa. El hombre mira hacia atrás sin mover los ojos, vuelve a buscar el infinito y se pierde pensando en cosas que ya no recuerda bien. Quizá el infinito sea eso, las cosas que ya no recordaremos nunca, quizá se parezca al olvido —piensa. La tarde avanza y lo envuelve en sus sombras. Ya está dentro, envuelto en el tiempo de, por ejemplo, esa tarde. La casa, la sombra de la casa y el hombre se confunden. Son como gotas de mercurio que se unen en la palma de la mano. El hombre respira pausadamente y de su boca salen los días y los años como pequeñas bocanadas de humo, o como nubes infantiles, o tal vez son blancas y perezosas mariposas. Aún no se han encendido las luces del verano y el patio queda en penumbra. La pequeña hamaca de playa donde se sienta el hombre es un bote que se aleja más y más de la orilla. A medida que se adentra en el mar, a medida que pierde de vista la tierra, todo lo ve más claro. El infinito debe de ser eso, aquello que ya nunca va a suceder, las cosas que ya nunca pasarán, ¿qué, si no? —piensa.

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El paraíso y los chirimoyos

Cuando era chico me pasaba horas mirando los dibujos de las enciclopedias antiguas que andaban por casa. Me gustaban sobre todo los que ilustraban pasajes de la “Historia Sagrada”: las alas del ángel de la Anunciación y los rayos de luz divina trazados con simples líneas rectas a plumilla; el porcino descomunal en la frente del gigantón Goliat abatido por la pedrada de un mequetrefe (como debía de serlo yo con mi gomero por el Huerto del Carlos de mi barrio); el infierno y el demonio tridentino con cuernos y alas como las de Batman; la enorme caldera donde se cocían por toda la eternidad a fuego vivo los malos cristianos de pecados capitales inconfesables… Pero los que más me gustaban eran los dibujos del Paraíso Terrenal, del Edén. Eva con ese pelazo (rubio, seguramente) tan bien dispuesto sobre su delantera, y ese Adán escultural y torpe, pobrecito mío, castigado para siempre a pagar facturas o evadir impuestos a causa de un solo desliz, un solo bocado de manzana prohibida (qué buena estaba Eva y qué mala, malísima, era). En el Paraíso no se veían ni elefantes ni jíbaros, ni monos ni lianas (craso error). A lo sumo se veía algún avecilla o algún  pavo real, todo muy light, pero yo los imaginaba. Era lo razonable en una selva. Si había una serpiente gorda, (una boa, seguro), ¿por qué no iba a haber un cocodrilo como en las películas de Tarzán? Casi todo era en blanco y negro, así que el color se lo fui poniendo yo poco a poco, a medida que mi padre me completaba el álbum de Vida y Color traficando con otros padres en el kiosco del Chalo de Plaza Nueva. A esto también contribuyó lo suyo una postal que mi abuela nos mandó desde la playa aquel verano de 1969 y que mi madre dejó, como la foto de la prima de Madrid, durante muchos meses apoyada sobre una de las tazas del juego bueno de café que nunca se usaba. En primavera, con seis años, yo había hecho ya la Primera Comunión y, por supuesto, me había leído el catecismo de cabo a rabo. No sé si habrá sido bueno o malo para mí, pero con cinco años yo ya sabía leer, según mi madre. En la postal se veía un paisaje tropical, o subtropical, a vista de pájaro, seguramente de chirimoyos junto a una playa dorada y absolutamente despoblada, y un mar de un azul tan compacto y polinésico que sólo faltaba la figura de un náufrago para ser perfecto o, en su defecto, las de Adán y Eva todavía en pelotas y cogidos de la mano. Detrás de la foto, alguien con cuidada caligrafía había escrito: “Querida familia, os mando este recuerdo desde el paraíso. Feliz verano, 1969”.  El Paraíso. Eso fue para mí en aquel tiempo el Paraíso, una postal de la costa de Motril que la señorita Pepitina, la hija de los señoricos para los que trabajaba como criada mi analfabeta abuela, habría escrito amablemente para nosotros, los hijos y nietos de la chacha. Se me olvidaba decir que mi madre siempre contestaba a mis preguntas indiscretas (“Mamá, ¿dónde está el infierno?, mamá, ¿dónde está el Paraíso?, mamá, ¿dónde está el abuelo?…”) con la misma respuesta: “En el Cielo, hijo”. Todo lo que no sabíamos dónde estaba, resulta que estaba en el Cielo. Y a mí me parecía una proeza que el Cielo aguantara tanto, sobre todo que aguantara el peso del Paraíso, que debía de pesar mucho con tantos animales grandes. Eso también hizo que lo mitificara más aún, que el Paraíso fuera el no va más para mí. El caso es que nunca abandoné ni olvidé ese paraíso, ni ningún otro de los que me fui fabricando con el tiempo. Por ejemplo, últimamente habito otros, digamos, en el extremo opuesto al mar, es decir, en la montaña. Y es curioso que algunos tengan nombres tan contrarios a lo que se esperaría de las parcelas de un paraíso: Cuesta de los Presidiarios, Refugio del Calvario, Cuesta del Desmayo, Río Valdeinfierno… Pero no importa porque ya se sabe que los paraísos no están en el mismo lugar todo el tiempo para todo el mundo, ¿cómo iba a ser la sierra un paraíso para los presidiarios, los maquis, los arrieros, los mineros, los pastores…? Hasta el Paraíso dejó de serlo para Adán y Eva. La sierra es ahora un paraíso para mí porque voy de turista, por puro placer, casi como un pijo comparado con las gentes que la han poblado a la fuerza o la siguen poblando porque allí está su vida o su trabajo. Y es que el paraíso no está a menudo donde uno lo busca, sino donde uno lo encuentra (y juro que esto no lo he leído en ningún azucarillo, al menos que yo recuerde, pero es una verdad como un templo). Aunque siempre haya que buscarlo para encontrarlo, eso es de cajón. Hay, sin embargo, otras formas de paraísos que no necesitan de viajes ni apenas de dinero. Son parecidos al de la postal de chirimoyos de 1969 (que ahora guardaré yo en algún baúl de mi casa) y se alimentan y crecen con un poco de atención. Abrir un libro y leer la primera frase, y luego otra, y otra, y otra más, como si diéramos pasos en la orilla hasta zambullirnos por completo en ese mar ajeno y hacerlo nuestro, es otra forma de habitar un paraíso. Temporal, sí. Se termina, se acaba, de acuerdo. Pero, ¿hay algo que no se acabe acaso? Y además, hay tantos libros por leer, tantas chirimoyas y tantas veredas por andar… ¡Foh!

Pecado original

Los respetables o el vertedero de suspiros

Ese don inocente que ella tiene de atraer hacia la órbita de sus encantos a moscones y mosquitas muertas, acabará dando al traste conmigo.

A menudo pensaba que llegaría un día en que ya no aguantara ni disimulara más, en que ya no se callara más, en que pasara a la acción. Pero, ¿qué acción?

¿Y qué será de mí entonces?pensabaMe mirarán como a un loco, dirán que veo fantasmas, que soy un retrógrado y un machista, un ser insociable, un misántropo, que soy posesivo, un desequilibrado, un enfermo. Y luego llegaría el descrédito, la familia rota, tal vez la cárcel y la ruina.

A medida que cumplía años y decepciones acabó desconfiando más que de ningún otro espécimen, de “los respetables”, como él los llamaba.

Los respetables se vuelven irrespetuosos y soeces cuando abusan de la confianza que se les da. Te joden vivo cuando averiguan que disfrutas con algo o alguien, y el objeto de tu disfrute también te lo acaban jodiendo. Estropean todo lo que tocan y malogran cualquier posibilidad de amistad o cercanía. Una pista para reconocerlos podría ser la de que siempre andan más solos que la una, pero somos tantos los solitarios por una razón u otra que eso serviría de poca ayuda para alertarnos. A ver si fuera posible que jodieran un poco más con sus mujeres y sus maridos y dejaran de jodernos la vida a los demás…

Pero nada de todo esto se atrevía a contarle a ella. Toda esta perorata se acababa pudriendo en sus entrañas palabra por palabra, día tras día, año tras año. Por eso, a menudo, fantaseaba con la posibilidad de desaparecer, de volar, de hacerse el muerto cada vez que lo necesitara.
Mientras deletreaba mentalmente la última palabra abrió la guantera y cogió la pistola. Se bajó del coche sin hacer ruido y se apostó entre las sombras del parquecillo. Atisbó a lo lejos al fotógrafo. Regresaba solo a casa, como cada noche. La tienda de fotos de sus suegros no iba ni bien ni mal aunque, sin duda, fue la tabla de salvación cuando hizo su aparición la crisis. Bien es verdad que ya entonces llevaba el fotógrafo años en barbecho, lejos de las grandes agencias, olvidado por los suplementos dominicales de los periódicos de más tirada del país, pero la llegada de la crisis hizo de él definitivamente un puro recuerdo incluso en los de mayor edad. Si llegó a ser alguna vez una celebridad, si llegó alguna vez a rozar la gloria, ya casi ni él lo recordaba, o se veía a sí mismo como a un extraño. Cuánta gente importante llegó a desfilar delante de su cámara y, sobre todo, cuántas mujeres hermosas… De todo aquello sólo mantenía viva la impronta de su propia cobardía. Su temprano casamiento también le mortificaba porque jamás fue capaz de plantarse y cortar por lo sano cuando la rutina del afecto sustituyó a la pasión o al amor. Cada noche que tocaba follar, babeaba sobre su mujer con el recuerdo impreso en sus retinas de alguna de esas mujeres fabulosas a las que una especie de difusa y falsa moral, que más tenía que ver con el miedo, impidió llevarse a la cama, pero no soñar despierto con ellas mientras se tiraba a su legítima. Los años fueron pasando y ahora las modelos eran sustituidas en su imaginario por clientas de la tienda o por amigas comunes de la familia, casadas o solteras, daba igual, con las que flirteaba sin pudor, sin importarle colocarlas en un aprieto con sus burdos chascarrillos que a él le parecían, sin embargo, un prodigio de picante sutileza. Tan grande era su ego que no se percataba de quedar a menudo en evidencia con su discurso socarrón, creyéndose un verdadero especialista en el arte de la fina ironía. O quizá sí se daba cuenta, pero le daba igual. Y tan grande era su necesidad que ni siquiera la pornografía, a la que era aficionado, colmaba mínimamente ese agujero negro que se había instalado en su vida.

El marido despechado avanzó hacia él con las manos en los bolsillos del abrigo y se hizo el encontradizo. El fotógrafo, sorprendido, le preguntó que qué hacía allí.

He venido en persona a escuchar tus gracietas. El fotógrafo no entendía nada. Estaba dispuesto a contratar a alguien, pero nadie hubiera disfrutado como yo añadió y, sin más rodeos, sacó la pistola y disparó tres veces.

El primer tiro fue a parar a la polla del artista; el segundo, dirigido a la cabeza, lo erró adrede en el penúltimo segundo; y el tercero se lo tragó voluntariamente el propio marido. Con la boca abierta como un pez en tierra y el cañón de la pistola dentro, le suplicó perdón a ella, miró por última vez al cielo negro, ese vertedero de suspiros, apretó el gatillo y se hizo el muerto para siempre.

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Smith & Wesson, 2011. Pintura esmaltada sobre madera. MARINA VARGAS.

Piedras

Bajo la fortaleza de la piedra anidan seres lunares que viven otra vida, antenas diminutas sorprendidas por la luz de otro universo, mil ojos ciegos, mil bocas, milpiés, caparazones brillantes y taciturnos que se desperezan en un mundo minúsculo que aún soporta el peso de millones de años. En el centro de la huella, como pozos, asoman su ojo de cíclope laberintos que conducen a un reino de silencio y negrura, tal vez parecido al que habitan las estrellas. Como la palma de tu mano, mapa lleno de cauces y caminos, como la piel de tu mano que conoce tus secretos y protege con su frágil firmeza de duna tu interior, tus músculos, tus tendones y huesos, y tu sangre, ese aliento que desbordará algún día tus fronteras y alcanzará la tierra como un río subterráneo, que horadará la roca más dura, que navegará una eterna sucesión de vidas con tal de acercarse un poco más al sol; como la palma de tu mano que llevas al pecho y siente los latidos de tu corazón, así sucede con cada piedra del bosque.

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Buenos días, tormento

“Buenos días, tormento”. Esa era la frase que aparecía pintada en un muro de Atarfe. La coma se la he añadido yo, puntilloso con los vocativos. A mi amigo Ramón le fascinaba. La descubrió un día y la veía a diario. Le hizo una foto, la colgó por estos lares hace un año. Se preguntaba si sería una declaración de amor o de odio, si tendría o no una intención social. Le gustaba pero decía no entenderla, “como las canciones de los Beatles”. Ya entonces mi amigo Ramón sabía que le quedaba poco tiempo, que había sobrepasado con creces el que los médicos le habían pronosticado, que vivía de prestado. Pero no se arredraba, volvió una vez más a montar a caballo, salía a la calle con su moto y su pañuelo pirata cubriéndole las calvas y las cicatrices de la cabeza, me lo encontraba en las tapias del cementerio o en las manifestaciones por Gran Vía, nos contaba sin tapujos que esto iba en serio pero que qué podía hacer sino seguir viviendo la vida. “Buenos días, tormento”, leía cada día en la tapia cercana a su casa. Había hecho suya esa frase, pero él sabía por qué, todos lo sabíamos. Buenos días al tiempo que corre en mi contra, buenos días a la vida que me abandona y, sin embargo, te deseo buenos días, tormento mío. ¿Cómo afrontar la vida si no? Ya hace casi dos meses que mi amigo Ramón murió. “Una emoción para siempre”. La de vivir. También la de que él forme parte de mi vida.
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Río Aguas Blancas

Ella era mayor que yo. Sus padres serían amigos o conocidos de los míos. La vi sólo un día, en el río. Me enseñó a hacer barcos de juncos y a pescar renacuajos con ellos. La recuerdo con su vestido de flores sentada en una piedra, a mi lado. Todavía puedo ver las gotas de sandía resbalando entre sus muslos blancos.
Hay días que se atreven a quedarse con nosotros para siempre, son días temerarios, inconscientes, sin temor al olvido. Yo estuve allí y mi corazón latía aún como el de un niño. No podré contárselo nunca a mis amigos como les contaré, sin duda, el viaje que un día pueda hacer alrededor del mundo, ni podré enseñarles fotografías como las que me haré, sin duda, un atardecer en cada puente o en cada planeta, pero yo estuve allí ese día. Es cierto, no tengo ninguna prueba y sé que pronto olvidaré el color de su vestido como ya olvidé su nombre.
Por eso lo escribo, por si un día olvido que estuve allí y que mi corazón latía aún como el de un niño.Imagen 235

Paisaje de fondo

La presbicia, junto al hecho de compartir baño (en mi caso, con mujeres), es lo que tiene, que cuando ya estás metido en la ducha puedes acabar con cualquier cosa en el pelo o en la esponja si te han cambiado los botes de sitio. Bueno, pues con mi acondicionador para rizos perfectos aplicado, ya estoy en la terraza del balcón dispuesto a leer un rato, o quizá a dejar que pase el tiempo, ya veremos. Descorro un poco las cortinas para que entre algo de luz, esto es un primero y la calle es muy estrecha. Cuántas veces habré visto un paisaje parecido a éste… Llevo más de la mitad de mi vida viviendo fuera del Albayzín, donde nací. De hecho, mi vieja casa de vecinos ya no existe. El día que la descubrí medio derruida, sin el corredor de madera orientado a la Alhambra, sin el patio de columnas, sin macetas, sin ropa tendida, sin el consuelo de que otros continuaran habitándola, la di por perdida definitivamente. Después de esa vivienda hubo seis más, demasiadas mudanzas para ir guardando añoranza de cada una de ellas. Una vez viví en un quinto, cerca del mar. Cuando llegaba el buen tiempo, las tardes se llenaban de pájaros revoloteando en círculos muy cerca del balcón, desde donde podíamos ver —o desear ver—, no recuerdo bien, una esquina del mar. La habitación que destinábamos a estudio era interior y daba a un ojo de patio limpio y blanqueado, aun así lo mejor era el amplio trapecio de cielo que se divisaba sin esfuerzo; casi siempre era de un color celeste intenso, a veces con sus nubes blancas, como el de los cuadros de Magritte. Pero como no todo es perfecto —ni todo lo contrario—, también recuerdo la potente voz del albañil que vivía encima, en el sexto, y la dulce voz de acento anglosajón de su mujer. Un día ella inquirió del hombretón el paradero de una croqueta, a lo que éste respondió desde la ruidosa cama con un tremendo eructo y siguió escuchando la radio. Pero el cielo y la luz, ¡ay, la luz!, hacía que pudieras perdonarlo casi todo. Sin embargo esa fue la vivienda que menos tiempo habitamos, poco más de un año.

Desde mi balcón actual apenas se ve el cielo, claro que tampoco se oye a nadie buscar croquetas. Pasa debajo de él todos los días, eso sí, el hombre que tose cuatro veces, siempre como cuatro truenos, cuando pasea a su perro y se va frenando, condescendiente, en cada neumático que elige el animal; también canta mi vecina Dorita cuando está contenta, y también es verdad que su hija, conversadora incansable de balcón a balcón de día, se distrae por las noches lanzándole agua a dos gatos que lloran en plena calle como almas en pena; luego está el charcutero de las 8 de la mañana, la radio de su furgoneta y su persiana de infarto, y el percusionista de las bombonas de butano, y el de la moto enana al que le gusta fardar delante de las niñas, y el feriante malhumorado que de vez en cuando les regaña a todos desde su balcón… En fin, los ruidos normales que hay en estos barrios de aluvión, de calles de ocho metros de ancho y asfixiantes bloques de viviendas que fueron sustituyendo desde los años 60, poco a poco, hectáreas y hectáreas de vega. Son celdas de cemento sin zonas verdes por abajo ni azules por arriba y, sin embargo, los domingos de verano echo de menos todos esos ruidos… Es curioso, pero, pese a todo, la gente es lo único que salva la fealdad de este paisaje. Mi antiguo barrio también se despoblaba en verano, pero el paisaje compensaba algo más la ausencia de amigos y vecinos. Aquí no hay tapias blancas donde puedan derramarse los galanes de noche, por eso se agradece tanto ver un balcón lleno de macetas, con hojas y flores contorsionándose a través de los barrotes, pugnando por un poco de luz.

La joven hija de mi vecina ha salido a tender la ropa blanca al balcón, el mismo balcón bajo el que un día, hace ya unos años, un muchacho le declaró su amor con pintura roja en mitad del asfalto. No duró muchos días la declaración porque naufragó en las zanjas que la compañía del agua tuvo que hacer una y otra vez para reparar una fuga pertinaz. Ahora, cuando la hija de mi vecina se asoma al balcón, puede ver en la calle una panza negruzca y mal alquitranada que suplanta el espacio de aquellas palabras de amor.

Mientras tiende, la muchacha observa de reojo cómo cierro las cortinas del balcón. Enciendo una luz para leer algo que me regaló mi querida Mariola y que tenía pendiente desde hace tiempo: la última aventura de Corto Maltés. Cojo un cigarrillo y me repanchigo en la hamaca con el libro en las manos, lo huelo, lo hojeo durante un buen rato sin quererlo leer. Ya es la hora de cenar. No sé si el paisaje condiciona el carácter, pero me ha venido bien este chute. Mañana, o pasado, lo leeré.