SUEÑO DE VERANO NÚM. 5

Todo se tambalea, nada es seguro.
Este siglo XXI —muerto en vida que abarrota las calles,
niebla sin suelo, humo entre las horas
firmes que, sin embargo, nos arrastran—,
no se parece a nada:
no ha heredado los ojos que quisimos
ni las manos que nos acariciaron,
en él no habita el resplandor
de los siglos, ni siquiera la huella
de los mejores días por venir
está a salvo
en este siglo descarnado,
hijo de nadie,
padre de nada.
Y se pregunta mi cabeza vieja,
revieja, avejentada,
quién ha proscrito de este siglo el vértigo,
la emoción o el talento,
quién decretó esta línea recta,
quién secó el césped,
quién apagó la luz,
quién disfruta moviéndonos
este puente de mala muerte.
¿O acaso solo es que me hago viejo?
¿Soy solo yo o el mundo
también se hace viejo?
Tal vez si sólo fueran cosas de mi cabeza,
de mi vieja, revieja, de mi avejentada cabeza…
Tal vez si al menos, si acaso, por suerte,
no me entendiera ningún hijo nuestro…
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SUEÑO DE VERANO NÚM. 4

Me ha despertado de la siesta el fresco de este octubre que parece que por fin ya se aviene a ser lo que es, desde luego no un mes más del verano abrasador que hemos padecido (y disfrutado). Me he dicho (o le he dicho), ¡ya está bien, octubre, cabeza loca, deja ya de travestirte, deja de jugar a ser lo que no eres, mira a tu alrededor, míranos, todos esperamos el frescor de la lluvia, mira el mapa ajado, mira la pobre tierra gallega cómo se consume por culpa de incendios devastadores y tú ni siquiera ayudas lo más mínimo, octubre, cabeza buque…! Me he despertado en lo alto de la cama, desnudo y sin tapar, y el airecillo frío ha ido soplando como un niño huérfano en cada cala ya sin bañistas: solo la espuma solitaria cerca de la orilla, esa saliva infantil y cruel que el mar escupe después de golpear los acantilados insomnes, impávidos, inconmovibles. Me ha despertado la voz de mi hija en mis brazos, como cuando era pequeña y yo miraba su boca, asombrado por el torrente de palabras y medias palabras con que describía a cada paso el mundo, un mundo nuevo, también para mí. En mis brazos alcanzaba con su menuda mano las uvas de un emparrado frondoso que engalanaba la calle. Sin duda era una noche de verbena, de domingo o de fiesta, al final del verano. Yo le explicaba qué uvas coger, pero las probábamos todas, las blancas y las negras, y todas eran casi dulces en el torrente de su boca nueva, y más dulces eran en mis ojos, que se alimentaban sólo con verla. Me ha despertado la voz de mi hija veinte años después, hablando por teléfono en la cocina, y también me ha despertado la luz fría que se escapaba de su puerta entreabierta, una luz como de invierno o de estrellas muy lejanas, y que inundaba poco a poco mi habitación.

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SUEÑO DE VERANO NÚM. 3

El coche rueda montaña arriba por una estrecha carretera. A través de los claros y oscuros del bosque que la flanquea, el sol se estrella como un flash sobre el parabrisas. Apenas caben dos coches y la carretera no tiene fin. Un periodista que va sentado en el asiento de atrás exclama: «¡De puuta madre!». Es más de medio día y la mujer que limpia las habitaciones del hotel ha cruzado varias veces el jardín con un bebé en los brazos; sube y baja con él los escalones que llevan del parterre a una terraza, de la terraza a una habitación, de una habitación a otra. Los coches van llegando de uno en uno hasta el hotel: fin y final de la carretera; ahí acaba la extensión del minúsculo universo que a duras penas controlamos: la estrecha lengua de asfalto da paso ahora al bosque impredecible. La mujer cubre la cara del bebé cuando un huésped se acerca a mirarlo y se aleja deprisa, malhumorada. Un hombre la sigue; trabaja también en el hotel. A veces es el hombre el que lleva en sus brazos al bebé. Ambos trabajan limpiando las habitaciones que habremos de ocupar; son extranjeros, parecen árabes. Hace fresco y charlamos en el jardín alrededor de unas cervezas. Uno de nosotros se tumba al sol en una hamaca, contempla los nudos vertiginosos de las nubes. Es un sitio extraño dentro de un día luminoso. La joven pareja que regenta desde hace poco tiempo el hotel nos tranquiliza; él dice tener alguna experiencia, pero hasta el potente sol que luce arriba parece cogido con alfileres en este lugar. Sin embargo, el periodista vuelve a exclamar: «¡De puuta madre!». Almorzamos solos en un extremo del salón. Los precios de la carta son los propios de los confines del mundo; nosotros, los únicos habitantes. Turistas, o montañeros, mañana saldremos muy temprano de ruta. Hemos planeado este día desde hace tiempo, hace meses que reservamos el resplandor de este hotel. Estamos contentos, nada nos lo va a impedir. La mujer del bebé cruza el jardín y entra de vez en cuando en la cocina, ahora está enfurecida. Se oyen voces. Discuten. Algo no va bien. No es un déjà vu porque esto lo hemos visto ya en películas y lo hemos leído en novelas de serie negra: algo irreversible y trágico está a punto de suceder, y no se trata de lo que le pueda ocurrir al cantor engreído que uno de nosotros lleva secuestrado en el maletero (eso no es grave porque canta muy mal). Mientras tanto, atardece más abajo de la casa, junto a la pequeña piscina, a donde no llega ni el trajín ni el malestar del personal del hotel. A lo lejos hay algunas casas y cortijos ajenos al escenario. El cielo es azul y los nudos de las nubes de deshacen ahora lentamente sobre nuestras cabezas. Apenas rompen el silencio el ruido de la depuradora o el vuelo de un mosquito. La calma de la tarde y la temperatura del aire son extremadamente perfectos, demasiado para ser reales. Algunos montañeros se bañan, otros charlan despreocupados. Acordamos coger los coches y cenar en el pueblo más cercano. Pasamos el resto de la tarde fuera. De vuelta al hotel es ya noche cerrada. Dos coches todoterreno de la Guardia Civil llegan al mismo tiempo que nosotros; aparcan improvisadamente junto a la entrada. Todos los números se dirigen rápidamente al establecimiento sin responder a nuestra curiosidad. Llaman al portón y sale el joven dueño a recibirlos. Les describe a dos hombres: uno moreno, el otro muy violento; uno iba de azul, el otro le agredió por la espalda; le han roto la camisa, iban borrachos. Menos mal que algunos nuevos huéspedes lo han defendido; los dos tipos se han marchado escupiendo amenazas. Son familiares de la mujer y el hombre que portaban al bebé con la cara cubierta. Querían que el dueño les pagara, a toda costa, las horas trabajadas a prueba ese día. Se fueron todos; la pareja con el bebé, también. Por fin los ocho números se suben en los dos coches y se marchan: ya tienen la descripción de los agresores. En el salón del restaurante un grupo numeroso espera la cena; son también montañeros o turistas. Nosotros tenemos dos perros pequeños, aún estamos en el zaguán del hotel, comentando lo sucedido. Alguien se acuerda del cantante malo que tenemos encerrado en el maletero y todos nos reímos, pero pronto se nos hiela la risa. El hombre que miraba a las nubes sale al jardín con su hija y uno de los perros pequeños. Van a dar un paseo o a templar los nervios, pero a través de la verja que da a la oscura carretera del fin del mundo ven a dos tipos encaminarse hacia la puerta de entrada del hotel. Uno va vestido de azul, el otro lleva al hombro una escopeta armada que trata de disimular bajo el brazo. El hombre que miraba a las nubes y su hija entran pálidos en el zaguán y nos relatan lo que han visto en la negrura; también al joven dueño, quien llama de nuevo a la Guardia Civil y echa la llave al portón de entrada. Teme que entren. Todos lo tememos. Alguien habla de Puerto Hurraco y también de la Alpujarra profunda, y alguien vuelve a recordar al cantor presuntuoso encerrado en el maletero, y todos nos reímos al otro lado del portón, donde merodea el ángel exterminador, donde ya se sabe que la noche es más oscura que en ningún otro lugar del mundo. Por eso el joven dueño suelta por el parterre al perro grande que hasta entonces tenía encerrado, para que nos avise si se acercan a la cancela el hombre de azul y el hombre de la escopeta armada que merodean por el bosque. De pronto, el perro grande entra donde todos nos congregamos temiendo a los locos de la escopeta y esperando la llegada de los agentes. La bestia olisquea a uno de nuestros perros pequeños y lo ataca, lo muerde ferozmente en el lomo y lo zarandea. El aullido de dolor del animal se mezcla con los gritos de todos los presentes. El joven dueño acude a separar a los perros, le patea brutalmente la cabeza al perro grande y lo saca a rastras al jardín. Balbucea unas disculpas y se escuda en su nerviosismo por lo acontecido con los dos agresores. La tensión va en aumento y ya ni el cantante malo encerrado en el maletero ni el periodista que acaba de gritar «¡de puuta madre!» nos consuelan. La autoridad tarda mucho en venir y mañana hemos de madrugar si los locos de la escopeta no nos han volado para entonces a todos los sesos. Alguien llama al portón. Silencio. El joven dueño mira por la ventana. Son las dos patrullas. Los dos testigos les cuentan lo que vieron a través de la verja. Los guardias discuten con el joven qué hacer y cómo hacerlo. Esto es serio, mucho más serio que el secuestro del cantor petulante encerrado en el maletero. Por fin acuerdan que una pareja se quedará apostada cerca de la casa. Ya son más de la una de la madrugada. La noche en el fin del mundo es fría incluso en verano. Habrá que apestillar las puertas y dormir con una manta la poca noche que queda. Cruzamos el jardín en busca de nuestras habitaciones. Yo estoy ya delante de ella, pero un griterío detrás me sacude y sacude de nuevo el aire. Corro. Corremos todos. El perro grande mantiene en vilo en sus fauces a nuestro pequeño perro. Un corro de gente intenta hacer que lo suelte. Los ladridos agudos y lastimeros no cesan, lo ha mordido por todo el cuerpo, incluso en la boca, y aún sigue con los dientes apretados, sin soltar su presa. El joven dueño tira en vano del perro asesino, lo estruja, lo golpea. Todos los huéspedes han salido del comedor al jardín, algunos gritan, otros se apartan sin querer mirar. El hombre que miraba las nubes descarga de pronto en la cabeza del gran perro un puñetazo que le hace abrir por fin el cepo de las mandíbulas. El pequeño parece moribundo, es un puro lamento. Todo el mundo se olvida por un momento de los locos que merodean afuera. Pero el perro no está muerto. Tantean su cuerpo buscando las múltiples heridas y a cada roce le sigue un aullido infinito. Agua, desinfectante, apósitos, antibiótico… Son las dos de la madrugada. Esta iba a ser la primera de nuestras dos noches en el hotel. Nada podía salir mal, lo llevábamos preparando durante meses… La noche se hace impenetrable y ya se ha colado como una niebla espesa por cada rincón del parterre que rodea los apartamentos, las escaleras que suben y bajan al aire libre y negro, las puertas y terrazas que dan a la piscina y a la hierba. Vuelvo a mi habitación. La puerta está entreabierta y el interior a oscuras. No me atrevo a entrar. Ya no oigo los lamentos del pequeño perro, ahora oigo mi propia sangre latir en el pecho. Registramos la habitación. No hay nadie, no hay nada. También se han esfumado el periodista y el mal cantante. Ya no habrá que poner temprano los despertadores, sino cerrar a cal y canto las habitaciones. El frío del fin del mundo baja del monte y se cuela por todas las rendijas. Intentaremos dormir un poco, intentaremos no despertarnos dentro de ninguno de los sueños que tengamos: sabemos que si lo hacemos puede que no nos guste lo que acabemos viendo.

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SUEÑO DE VERANO NÚM. 2

Estoy sentado en la terraza de una cafetería. Mientras espero el desayuno observo al tipo de la mesa de al lado. Él ha desayunado ya y en el centro del plato vacío ha colocado el tenedor y el cuchillo perfectamente paralelos entre sí, ha dejado sobre la loza varias servilletas de papel usadas pero dobladas de forma impecable y ha barrido el plato y reunido en un montoncito las migas de pan desperdigadas. Todo eso lo hizo antes de que yo llegara, ahora fuma un gran puro cuyo humo, asfixiante y desagradable, flota sobre toda la terraza. Lee el periódico de la casa, lo acapara, y alterna las chupadas al puro con brevísimos sorbos a una taza de café que nunca se acaba y a un gran vaso de agua que tampoco: calada-sorbo de café-sorbo de agua-calada… Sobre la mesa reposa un cenicero de cristal en el que reparte y nivela la ceniza con la boquilla del puro. Hay también un sombrero Panamá cuyo frontal señala perpendicularmente al respaldo de la butaca, el cual está perfectamente alineado con su espalda. Aunque mantiene una pierna cruzada sobre la otra, apenas se mueve para pasar de vez en cuando una página del periódico. Tampoco se le acaba nunca el periódico. Llevo esperando mi desayuno diez minutos o diez horas y el tipo sigue apestando el aire, dando pequeños sorbos al café, al agua y pasando página tras página del periódico. Calza unas impolutas zapatillas de deporte rojas, un pantalón blanco y un polo rojo sin arruga alguna, por supuesto. Por fin viene mi café y mi tostada; comienzo a devorarlos. El tipo lee, repanchingado, cada línea del periódico sin despegar ni un milímetro la espalda del asiento. Es consciente de su perfecta disposición espacial y se deleita en ello. Yo también soy consciente, y eso me irrita cada vez más, tanto como su ritual de caladas y sorbos. Acabo de desayunar y pido mi deseo: quiero que una nube se pose en su vertical y lo deje completamente empapado, perfectamente empapado; que le desbarate su perfecto peinado, que le arrugue el niqui, que le desajuste todos los ejes de simetría de su vida y, sobre todo, que le apague el puro. De pronto aparece en escena un arzobispo. Tiene ademanes garrulos, pero viste pamela y traje de cola rojos. Le da una calada cómplice al puro y el del puro ni se inmuta, y acto seguido nos hace un truco de magia. Por los túneles triangulares de sus grandes y sedosas mangas aparecen varias palomas que no son sino varios Espíritus Santos. El del puro aplaude: ahora es un oficial de las SS en un teatro parisino de varietés. De pronto truena y el agua cae a cántaros sobre el arzobispo, sobre el del puro y sobre las palomas. No pueden moverse, son avispas en una piscina y yo no voy a mover un dedo por salvarlos. Observo la escena ataviado con un traje militar de la Gran Guerra, llevo un casco prusiano, un pickelhaube de pincho brillante. Pero no soy prusiano, sino que pertenezco a la resistencia francesa de la Segunda Guerra. Estoy en una trinchera, en la trinchera opuesta; el barro y las ratas me cubren las botas, escupo y declaro que hace tiempo que dejé de creer en la simetría. Una amiga de Facebook que aparece por allí, me riñe, me despierta y evita que se ahoguen las avispas. Me habla de la reciprocidad, de la ecuanimidad y de la humanidad, y me recuerda que yo también fumo. “¿Y qué, para eso me has despertado?”, le pregunto.”Me cago en la simetría y me cago en Dios”: me quejo mientras tanteo el suelo en busca de la zapatilla perdida, la zapatilla asimétrica.

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SUEÑO DE VERANO NÚM. 1

«Después de cenar nos reunimos todos en la oscuridad de la terraza. Todos menos él. Yo estoy tumbado en una hamaca; sobre mis párpados flotan las rutas invisibles que trazan las estrellas. A medida que la luna asoma tras el tejadillo nuestra piel adquiere la palidez cérea de los reclusos. La expectación es una mancha de aceite que nos va inundando en el silencio de la noche. No soy el único absorto en el suave bamboleo de la cortina que da paso a la terraza. Tememos que el miedo irrumpa en escena y nos atrape irremediablemente, como sentados en una butaca de palco. Él aparecerá, todos lo sabemos. No puedo recordar cuánto tiempo hace que mi hermano perdió la cordura. O quizá no quiera saberlo. A menudo eludo la palabra locura, como si la elusión, por sí misma, ya fuese un conjuro capaz de protegerme. Pienso en esto mientras la angustia me va calando como un sirimiri sin poder desclavar los ojos de la cortina. De pronto ésta se abre. Durante un instante, el temor da paso al alivio, esperando por fin ver la mueca de su sonrisa, esperando por fin que todo acabe. Él avanza dos pasos y, al salir de la penumbra y recibir la luz lunar, un escalofrío me traspasa: veo en él mi propio rostro y mi propio cuerpo, me veo a mí mismo como si se tratara del hermano gemelo que nunca tuve.»

Este fue el primero. El sueño de mi hermano era idéntico, aunque fechado un día después. El médico quería que los anotáramos antes de que se nos olvidaran. Decía que esa terapia haría que pronto voláramos de allí.

Cómo hace el pequeño cocodrilo

Cómo hace el pequeño cocodrilo (1998) Leonora Carrington

La reunión de amigos

Ha sido un sueño raro. Subíamos en un gran ascensor, amplio y luminoso. Me bajaba en una planta con grandes ventanales por donde entraba la luz suave del día. La mesa estaba dispuesta para todos, tal vez flores en el centro y los cubiertos preparados. No sé qué habríamos de celebrar. Muchos eran amigos. Volvía al ascensor a buscar a algunos rezagados o perdidos. Los acompañaba a todos en unas idas y venidas interminables, pero complacientes. Me comportaba y hablaba con los demás con una serenidad y un aplomo impropios en mí, como si yo no fuera el yo que conozco, o más bien como si estuviera muerto. Sólo así puedo interpretar la paz personal que sentía: no siendo yo. Lo más importante era la forma de comprender y hablar a los demás, una forma que denotaba más que nada un extraño respeto hacia mí mismo, hacia lo que soy, sin soberbia alguna pero también sin culpa.

Ha sido un sueño placentero, de no ser por el regusto melancólico que me produce ahora.

Ya sentado en el balcón he oído cantar a mi vecina Dorita: ¡ola ola ola ola, no vengas sola, ola ola ola ola ola, ven con mi amor…! Creo que ya no tiene novio. En una entrada de este blog, hace un año, celebraba yo todo lo contrario. Sin embargo, esta tarde en el balcón, después de esta siesta de casi tres horas tan parecida a la muerte, después de oírla cantar con su voz fuerte y alegre esa melodía que se me ha antojado tan triste, me ha parecido como si ella estuviera también ya muerta. Descorro las cortinas después de escribir esto, para que entre la luz de la tarde en el salón y leer en el ordenador sin luz artificial, y también para decirle buenas tardes, Dorita. Pero, como el ascensor y la mesa luminosa; como cada uno de vosotros, invitados a esa reunión que bien podría ser un velorio; como ese yo tan extraño y esas flores que tal vez no estaban en la mesa, Dorita tampoco estaba ya.

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Foto de Firooz Zahedi

Pesadillas

Durante toda la noche he soñado el mismo sueño una y otra vez. La fiebre me despertaba y allí estaba la pared, una pared de montaña inexpugnable, sin verdes ni cielo. Cuando era pequeño sufría alucinaciones por la fiebre, veía cosas que no estaban encima de los muebles, hablaba con alguien que nadie veía. Una habitación vacía, de suelo ajedrezado, no paraba de crecer y yo empequeñecía en un rincón, como una menguante Alicia. La guerra llegaba en invierno a mi barrio, el cielo era rojo y entre el barro asomaban, sucias, las cajas de cerillas que coleccionaba mi abuelo muerto, el pico del gorrión que enterramos el año pasado. La gente corría en silencio por las calles empedradas. El humo de las bombas o del fuego, y el frío, y el verdín sucio entre las piedras y los zapatos rotos. El maestro borracho nos formaba por las mañanas en el patio del colegio con ademanes militares y una vara en la mano. La bandera subía por el mástil helado y la leche hervía y se derramaba hasta el suelo. Mi primo mayor me llevó a una casa abandonada, en las paredes había caracoles sin concha ensartados con alfileres, nos fumamos un cigarro sentados en la tierra. Flotando a la deriva, barcos herrumbrosos, sentinas llenas de orín y semen. Qué hermosa era ella, sus ojos miraban absortos a los demás. Por fin llegó el verano con sus noches olorosas y sus terrazas llenas de estrellas. Todos nos congregábamos en silencio a la luz de la luna, tumbados bajo el firmamento. La cortina se bamboleaba, dejando entrever la luz tenue de las escaleras de acceso. Faltaba alguien en la reunión. Sería él, con su muda locura y sus ojos de pozo, el que apareciera apartando la cortina. Qué tiempo de amores imposibles y de soledad suprema. Las cloacas llenas de la adolescencia. Por fin asomó entre la cortina. Su rostro impávido, sus manos muertas. Se tumbó lentamente a mi lado, frío como un espejo. Idéntico a mí.

 

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JUGUETE“, de Juan Vida