Buenos días, tormento

“Buenos días, tormento”. Esa era la frase que aparecía pintada en un muro de Atarfe. La coma se la he añadido yo, puntilloso con los vocativos. A mi amigo Ramón le fascinaba. La descubrió un día y la veía a diario. Le hizo una foto, la colgó por estos lares hace un año. Se preguntaba si sería una declaración de amor o de odio, si tendría o no una intención social. Le gustaba pero decía no entenderla, “como las canciones de los Beatles”. Ya entonces mi amigo Ramón sabía que le quedaba poco tiempo, que había sobrepasado con creces el que los médicos le habían pronosticado, que vivía de prestado. Pero no se arredraba, volvió una vez más a montar a caballo, salía a la calle con su moto y su pañuelo pirata cubriéndole las calvas y las cicatrices de la cabeza, me lo encontraba en las tapias del cementerio o en las manifestaciones por Gran Vía, nos contaba sin tapujos que esto iba en serio pero que qué podía hacer sino seguir viviendo la vida. “Buenos días, tormento”, leía cada día en la tapia cercana a su casa. Había hecho suya esa frase, pero él sabía por qué, todos lo sabíamos. Buenos días al tiempo que corre en mi contra, buenos días a la vida que me abandona y, sin embargo, te deseo buenos días, tormento mío. ¿Cómo afrontar la vida si no? Ya hace casi dos meses que mi amigo Ramón murió. “Una emoción para siempre”. La de vivir. También la de que él forme parte de mi vida.
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¿Guerra? ¿Qué guerra?

He leído ya varias veces por ahí que vivimos en Europa, en España, en una especie de guerra solapada en la que la gente se empobrece o muere sin que nadie dispare un solo tiro. Me parece una barbaridad, no estoy de acuerdo. No estamos en guerra, aunque se cuenten por decenas de miles los que en pocos años han caído abatidos por los “francofirmadores” de elite apostados en los despachos de los consejos de administración. No lo estamos aunque ocurra, como en las guerras –es cierto– que se incauten los bienes al “enemigo” y se usen en su nombre y en su contra: hasta el papel donde se firman las sentencias que condenan a miles o millones a la miseria, es sufragado con el dinero de los abatidos, dinero del erario público, sí, eso es cierto. No estamos en un período post-bélico ni parece que en uno prebélico, aunque las cifras de la pobreza (también es cierto) se hayan disparado por los cuatro puntos cardinales: despidos masivos, indemnizaciones humillantes, subidas desorbitadas en el precio de bienes y servicios esenciales de consumo, sueldos miserables, familias completas lanzadas a la calle, auténticos misiles dirigidos a la línea de flotación de un país que nuestros representantes políticos aseguran tener que gobernar con más “medidas impopulares” todavía, eso sí, a su pesar. No estamos en guerra aunque sea verdad que muchos tengamos la sensación de que hay quienes trabajan cada día socavando la tierra bajo nuestros pies. No lo estamos aunque se amplíe paulatinamente la zona de seguridad que nos separa de los resortes de poder. Esto también es cierto. Pero no podemos estar en guerra porque en las guerras no se extermina al otro sólo a base de decretos o de deudas imposibles. Esto no puede ser llamado guerra si consentimos que nos arrebaten la vivienda que habitamos, las escuelas y hospitales que levantamos y hasta la luz que nos calienta, a cambio de que nos dejen depositar nuestro importantísimo voto en una urna. No sé cómo debe llamarse a este extraño estado de la realidad que vivimos que consiste en alejarnos cada vez más de ella, en aceptar que cada día se llenen los comedores sociales, que un tercio de nuestros hijos viva en riesgo de pobreza, malnutridos o severamente desatendidos, que se obre el milagro de conseguir trabajo y aun así no se pueda encender la estufa en invierno ni comprarle al niño las gafas. Es verdad que es asombroso comprobar cómo hemos aceptado seguir mostrándonos educados y respetuosos mientras saltamos por el balcón, hay que reconocerlo. También es cierto que a muchos los hemos aupado a nuestros púlpitos y que han aprendido rápidamente a pronunciar la palabra que más nos gusta oírles: la palabra “todos”, porque “todos” no excluye a nadie, no nos excluye; porque si hay un “todos” no habrá cabida para un “ellos” y un “nosotros”, como ocurre en las contiendas. Por tanto, definitivamente, no podemos estar en guerra aunque la realidad se empeñe en aparentarlo y, además, no sería creíble que los abatidos fueran siempre los mismos, como de hecho lo son. No sé cómo debe llamarse a este extraño estado de la realidad que vivimos, pero desde luego no podemos llamarlo “guerra”; tal vez, tal vez, como mucho, podríamos llamarlo “rendición”. No se me ocurren otras palabras que no sean indecorosas o que no nos las hayamos prohibido a nosotros mismos hace ya tiempo.

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Kamchatka

Aunque llegaran esos días encapotados del invierno, de telarañas gigantes por el cielo y soles con cataratas, nunca dejábamos de brincar y correr, tal vez para dejar atrás el frío, o tal vez las malas noticias. A veces un rayo de sol que se escapaba conseguía calentarnos las orejas y las manos de lagartija y, al parecer, con poco más nos bastaba. Por la mañana amanecían pequeñas estalactitas de hielo colgando de tejas y canales, y a mediodía los charcos de las placetas espejeaban como los ríos falsos de los belenes. El barrio se parecía como nunca a una isla unida a la realidad por un estrecho y tortuoso istmo. Rara vez se me calentó el corazón en esos años: cuando no era el frío, era la humedad de la casa, mayor aún los domingos en que me quedaba solo. En una vieja caja de jabones tuve encerrado durante mucho tiempo el almanaque de una mujer casi desnuda. Ella me miraba a los ojos detrás de la barra metálica de un bar. Acababa de llenar una jarra de cerveza y la espuma chorreaba por su mano. Anunciaba el año nuevo y sonreía llena de promesas. Me recuerdo mirando sus pechos, absorto, con la nariz helada y esa tibieza de los braseros que prendía en los pies y nunca traspasaba la cintura. Ahí empecé a situar en el mapa a Kamchatka.

 

Algodón de azúcar

He de reconocer que desde que estoy enganchado a Facebook mi espíritu se alimenta de otra manera, a veces me empacho y a veces sufro de anemias intelectuales. Y aunque la mayoría de las veces la jornada es grata y hasta divertida, también he de reconocer que ha hecho que lea menos de lo que acostumbraba, aunque no pare de leer, sobre todo citas y frases ocurrentes (algunas muy buenas); estados de ánimo (como éste), “buenos días” y “buenas noches” (muchos, inspiradores); “ahora mismo” luminosos y necesarios como las horas del recreo, y algunas entradas en los muros amigos o artículos que son verdaderos miniensayos, auténtica literatura o periodismo del bueno. Sin embargo, mi involución como lector a la antigua usanza (que me crea no pocos problemas de conciencia), me recuerda la de algunos partidos políticos que pretenden mantener alimentado intelectual e ideológicamente al personal con una dieta a base de algodones de azúcar como aquellos de la feria, livianos y resultones, hechos de aire y populismo de colores; de vez en cuando un jugoso filete y vuelta otra vez a la dieta. Así, me pasa que hoy me he imaginado a doña Teresa Jiménez, la secretaria general del psoe en Granada (partidaria, como su jefa, Susana Díaz, de abstenerse para que el pp, ese partido que evita condenar al franquismo, pueda gobernar) con un algodón de azúcar en su mano derecha mientras se fotografiaba en el homenaje a las víctimas fusiladas por el franquismo en el Barranco de Órgiva, considerada como una de las mayores fosas comunes de asesinados por los franquistas, hecho tan doloroso que realmente empequeñece la protesta ciudadana masiva contra la gestión hospitalaria en Granada: lo digo porque también sale en la foto don Aquilino Alonso, nuestro consejero manostijeras. También es fácil imaginarse de esa guisa a los dirigentes del pepé que acudieron como romeros triunfantes a la manifestación por una sanidad pública digna aquel luminoso domingo: con su nube de azúcar.

Últimamente es que veo algodones de azúcar por todos lados, será la anemia intelectual. En el lazo violeta contra la violencia de género que luce en la solapa la misma consejera que recorta en Igualdad y Políticas Sociales: un vistoso algodón de azúcar. En el lazo rosa contra el cáncer de mama de la solapa del consejero Aniquilo: otro hermoso algodón de azúcar. Y así sucesivamente hasta lograr ver la cabeza de la presidenta Susana Díaz como un enorme algodón rosa de azúcar mientras cantaba La Internacional Socialista en el último congreso de su partido.

Creo que necesito un filetón con urgencia, ¡y mira que tengo pendientes de devorar! Sólo con las publicaciones que les he comprado a mis contactos de Facebook me daría para un año sabático facebookiano. Pero, ¿y si me pierdo mañana la foto que no saldrá en los periódicos ni en las televisiones del consejero de turno? ¿Y si me pierdo tu ahora mismo? Echaré un vistazo rápido.

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Libros pendientes de leer por culpa de Facebook.

Dehesa del Camarate

Ayer estuve en la Dehesa del Camarate (Lugros, Granada). Estos de ahora son días en los que el bosque se exhibe sin pudor y provoca que uno repita, a cada vuelta del camino, las mismas pobres palabras de asombro ante tanto esplendor. Barrancos, lindes, lomas… todo dispuesto con sus mejores galas, nada que recuerde ni por un momento esa cruel paradoja que llamamos en nuestro mundo la mejoría de la muerte y, sin embargo, es un fulgor fugaz, un primitivo y luminoso estertor que antecede al silencio que pronto se extenderá y lo cubrirá todo. Pura ostentación, lentejuelas verdes y amarillas, ocres y rojas que se agitan jubilosas en las ramas antes de su sacrificio ritual, antes de mostrar sin temor que la vida y la muerte se abren paso ajenas a todo y a todos. Un lenguaje arcaico y secreto que sopla de copa en copa, enormes peines invisibles que rascan un cielo de robles, arces y quejigos, aquelarres y remolinos de hojas pálidas tras los coches de la carretera: el Bosque Encantado, como también se conoce a esa zona, es una reliquia que ha sobrevivido milagrosamente casi intacta a desastres naturales y a la mano del hombre. Parece hasta pecado pisar por donde pasan sus otoños.

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De Dylan a Cornejo

Todo está confuso, pero los tiempos están cambiando, y desde antes de que el gran Bob Dylan lo anunciara; desde siempre, en realidad. Avanzamos. A veces damos un pasito adelante y dos pasitos atrás, pero avanzamos. El tiempo transcurre y, por tanto, necesariamente el fin de la humanidad está más cerca que nunca, como el del Sol. Hay quien dice que si la humanidad no consigue pronto polinizarse fuera de la Tierra, sus días están contados, y que ya hay serios indicios de ello: ahí está el cambio climático que deshiela los polos y congela a los psoecialistas, y ahí está, sobre todo, la loca huida hacia adelante de los mandamases de este mundo, empeñados en mear sin pausa desde la cúspide de la pirámide sobre las cabezas de los costaleros que la soportan: usted y yo. Pero hay también indicios menores. El otro día Juan M. Cornejo, considerado el número dos del PSOE andaluz (maestro que no ejerce su profesión desde hace casi treinta años, los mismos que lleva ocupando distintos cargos políticos en el PSOE), afirmó que no le producía orticaria (sic) la palabra abstención para evitar las terceras elecciones, propiciando así que Mariano y sus secuaces puedan gobernar España. Y esto es un síntoma grave que pasa desapercibido como un lunar peludo en el culo. No que el PSOE se abstenga, no, eso es previsible y ya no causa alarma. Lo grave es constatar que estamos en manos de una elite dirigente mamporrera, orgullosa y analfabeta que, sin pudor alguno, considera necesario, para más inri, hacer pedagogía (sic) entre afiliados y simpatizantes descarriados. ¿Se acuerdan de esa película de alienígenas, El pueblo de los malditos, en la que todos los habitantes de un pueblo se desmayan un día, y meses después todas las mujeres descubren que están embarazadas y dan a luz el mismo día a niños de aspecto similar, casi albinos, de ojos azules, telépatas entre ellos, obedientes ciegos de una oscura consigna pedagógicamente inoculada, tan listos como desalmados y sin orticaria alguna?, ¿se acuerdan? Pues esa vez el maestro Cornejo no tuvo nada que ver.

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Estéril esterilización

Tener un hijo, o más, no es nada excepcional, o no lo era hasta hace poco. Querer tener un hijo debería implicar la pregunta “para qué”. Yo tengo dos y nunca sentí la llamada de la paternidad, más bien acepté tenerlos cuando ella lo quiso. Cuando me casé, hace ya 26 años, supe que tendría hijos, sin más. Esperé a que ella decidiera cuándo. Y lo decidió. Es verdad que yo estuve de acuerdo. Pero porque desde que tuve uso de razón asumí que las etapas de la vida comprendían trabajar, casarse (o vivir en pareja, tanto daba), tener hijos, hacerse viejos juntos y morirse. Por ahora no me he desviado del camino que se nos marcó. A lo largo de este tiempo he conocido todo tipo de anomalías estadísticas. Algunas de ellas ya empiezan a constituirse en norma: no tener trabajo, no tener pareja fija (y, por tanto, no envejecer juntos) y no tener hijos. Lo de morirse sí se va cumpliendo religiosamente. Sin embargo, el tema de los hijos es el que me parece más peliagudo. ¿Para qué tener hijos? No sé si subsiste en los humanos algo parecido al impulso animal de perpetuar la especie, esa llamada ancestral que imagino subiendo desde el fondo de las tripas hasta acabar verbalizándose un día, en la sobremesa, ante tu pareja: “Cariño, llevo dándole vueltas varios días… ¿Qué te parece si empezamos a buscar al niño?”. Ya digo que yo no la he oído, aunque es verdad que siempre he sido muy despistado. Lo que sí he hecho es intentar que mis hijos no copiaran lo peor de mí y, al principio, cuando aún eran pequeños e iban a la escuela, confieso que también he intentado que les gustara lo que más me gustaba a mí. Pues bien, el resultado ha sido muy satisfactorio porque donde menos me lo esperaba ha saltado la liebre: su liebre. Pronto abandoné las pequeñas y egoístas manipulaciones encaminadas a hacer de ellos las personas que yo nunca pude ser y me hubiera gustado. Mi generación estaba al corriente (iba a decir “estaba al loro”, pero me hubiera delatado muy pronto) de que eso era contraproducente, no en vano mi generación, mi progre, y ya no tan pobre, generación ya podía ir a la universidad y estudiar nociones de psicología, pedagogía o sociología, y ya comenzaba a ponerle a sus hijos nombres distintos a los propios. Sin embargo, la pregunta “para qué se quiere tener hijos” sigue para mí sin respuesta a lo largo de los años. Descartado el móvil del instinto paternal y rechazada la razón de hacerlos a nuestra imagen y semejanza (o a nuestra imagen y semejanza frustrada), no encuentro motivos. Alguna noche, hablando con mi mujer sobre lo mal que va el mundo (aunque esto lo habrán dicho millones de personas felices desde que el mundo es mundo), le confesaba yo, muy serio, las ganas que me entraban de coger a los niños y esterilizarlos con nocturnidad y alevosía. Ella se reía, pero me miraba con el rabillo del ojo temiendo descubrir en mi broma un atisbo de veracidad. Y nos reíamos los dos juntos, ella de la barbaridad que yo había dicho, y yo de su rabillo del ojo. Y es que ella sabía que yo no disponía de instrumental quirúrgico ni de conocimientos médicos y, lo más convincente y definitivo: que yo mataba diariamente a los malos que salían en los telediarios sin derramar una sola gota de sangre, sólo usando dos o tres ridículas maldiciones y dos o tres blasfemias gordas. Hoy, que mi hija cumple 18 años, me alegro infinitamente de que mis padres no me esterilizaran. Me parece un milagro que yo haya tenido algo que ver, siquiera, en su mera existencia. Y me parece otro milagro que, siendo yo como soy, ella sea como es. Y si decide algún día dejarme a mi nieto para poder ir a trabajar o a divertirse, puede que le recuerde lo que una noche le dije a su madre, no lo descarto. Y si decide no continuar la especie, o no puede, siempre me podré quedar con su perro o su novio en casa, viendo el fútbol, aunque no sea del Madrid. Y aunque no le guste el fútbol. Nadie es perfecto.

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Leche aguada

Empieza el día, y en la cola de la miseria ya hay muchos madrugadores. Tiene que ser duro ser acera, escalón o soportal, siempre aguantando los mocos, la mierda y las lágrimas de los sin techo. Ahora, con el fresco, los cajeros acristalados amanecen como diminutos apartamentos insomnes. Junto al cuerpo que yace sobre los cartones hay bolsas de plástico con ropa, fruta y latas de conserva… Una maquinilla de afeitar a pilas enmudece de pronto en un banco en penumbra de la plaza. Una mujer se lava sin dentífrico los dientes en el chorro de una fuente. No sabemos aún si habrá nuevo gobierno o nuevas elecciones. Lo dicen todos en la radio todos los días. Lo que sí parece es que han cesado todos los desahucios, que ya nadie se tira por el balcón de su casa y que ya no es tan urgente encontrar trabajo o comer tres veces al día todos los días. Con la luz del día se ve todo más claro. Hasta la esperanza en esta ciudad es tan clara y transparente que se camufla con el día: si está nublado será una esperanza nublada, si está raso será una esperanza rasa. Somos discretos con las alegrías, nada de echar las campanas al vuelo, nada de alharacas. Todo el mundo puede, de una manera u otra, llevarse a la boca algo de comer al día y no faltan escalones de iglesias donde dormir o descansar un rato. Aún se puede aguar la leche un poco más, y acostarse sin cenar es tan aconsejable que lo firmaría hasta algún ex ministro de Alimentación. No es mucho, pero no es poco, tiempo al tiempo, escaño a escaño. Por la misma razón (la discreción) no parece sano ni necesario ejercer de agoreros cada día que pasa con el rollo aburrido del fin de ciclo, del expolio del país y de todas esas mandangas que nos amargan la vida. A los que todavía no nos ha caído por la calle un suicida encima, tendríamos que ser más agradecidos y contribuir con nuestra plana y discreta alegría a esa plana y discreta esperanza de la que antes hablaba.
Por eso, en fin, olvidemos todo eso de los desahucios y de los dientes que se caen y de los que duermen en la calle o no pueden pagar la luz. Oigamos las noticias de las ocho. Tenemos, a falta de una, dos soluciones en España: o nuevo gobierno o nuevas elecciones, y además nada se ha dicho en lo que va de verano de que se acerque el fin del mundo, no es tan malo el panorama. Y por otro lado, ya llueve y se van las calores extremas, y vuelven los poetas de las vacaciones, y el otoño nos dejará acurrucarnos como Dios manda, o como Dios sugiere, que diría el maestro Benedetti.

Móvil perpetuo

El remonte sube y baja formando una cadena, viene y va continuamente. Has de subir en marcha, pasajero, pues no hay pausa en este viaje. En algún punto del trayecto te bajarás unas horas, tal vez unos días. Pretenderás descansar o escuchar tu propio latido, es razonable. Pero la cadena seguirá circulando, transportando a los demás, sin ti. Arriba se posan las primeras nieves. Más altas que éstas, las águilas despliegan sus hermosas alas bajo el sol. El brillo de sus pupilas salta de peña en peña, como un bisturí atraviesa la alegría o la tristeza más sólida o recóndita, recorre las calles, penetra todas las imposturas, se cuela por todas las rendijas, cruza la noche y el día, se desliza entre las sábanas y baja goteando hasta la punta de tus pies. Y todo vuelve a empezar (si es que acaso hay un comienzo o un final). En alguna estación te tomarás un tiempo de descanso, tal vez unos años. Es razonable. Pero cuando vuelvas, viajero, de nuevo habrás de subir en marcha, reconocer cada camino o abrir una vereda. Serás siempre bienvenido: lo seremos, mas no perdamos demasiado tiempo en preguntar qué fue de todo sin nosotros, porque todo, sin nosotros, continuó siempre siendo.

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