La silla de párvulo

Deshabitada y con el portal tapiado. Ni la puerta siempre abierta del balcón airea tanta negrura. Forjados fuertes y sobrios, testigos de un siglo que ya pasó, como pasan las nubes por esos cristales. Me pregunto de quién serían esas macetas secas, de quién esa silla de párvulo asomada a la calle como quien solo espera, del día, que llegue la noche; de la noche, que llegue el día. Es fácil eclipsarse en la oscuridad de la habitación, imaginar que la vida sigue, que alguien desde el fondo nos observa.

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En calle Marqués de Falces, Granada.

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La Vereda de la Estrella y los Gigantes

No lana, sino hilo de agua helada

guía a Teseo en esta travesía.

Por el sendero viejo del tranvía

lleva el rumor del río por compaña.

Cinco túneles cruzan su destino,

cinco veces hilvana la montaña.

 

Sabe bien lo que importa del camino:

la dicha, el paso, el hombre,

no la cumbre o la hazaña,

sabe bien que la bestia tiene el nombre

del miedo y sabe bien

que la soberbia siempre nos engaña.

 

Buenos días, Vereda de la Estrella,

Castaño del Abuelo,

Puente del Burro, huella

de verde escarcha, arañas

de cristal en el cielo.

 

Buenos días, Gigantes y Vasares,

lagunas misteriosas

païsajes lunares.

Buenos días, riqueza de venero,

silencioso maná,

estrella de las nieves, sol de enero,

buenos días, Boca de la Pescá.

 

Cucarachas, Calvarios,

Raspones, Valdeinfierno,

Cuestas de Presidiarios:

apellidos y nombres del averno

que esconden en la tierra

edenes subsidiarios.

Buenos días, fanales de la sierra,

veredas de gigantes,

buenos días, humildes santuarios.

 

Vereda de la Estrella

Vereda de la Estrella. Foto de Pablo Lara.

 

Calixta, o el amor a los tontos

Calixta era una joven muy lista, la más lista del pueblo y aun de los alrededores. Si se estropeaba algún aparato de la casa, ella era la que podía arreglarlo; si dos vecinos se enemistaban, ella era la que podía mediar con éxito en la riña. También en amores no correspondidos era diestra, y bien que lo había demostrado años atrás emparejando al pastor con la farmacéutica, e incluso posibilitando el amour fou que orbitaba entre el farmacéutico y el sargento de la Guardia Civil sin ellos saberlo. Pero hacía ya tiempo que esos asuntos habían dejado de interesarle. Ahora prefería mil veces intervenir en las batallas cotidianas que acontecían ante cualquier mirada atenta, como la suya; batallas que, no por incruentas, dejaban de saldarse con víctimas, o con secuelas de por vida para alguno de los contendientes. Este era, al cabo, simplemente un ejercicio más de los que Calixta se imponía, no sin cierta pereza, para disipar por un tiempo el sopor que la desesperanzaba. Hábil en el manejo de las cosas y de los problemas, y hábil en el manejo de las relaciones sociales, sabía utilizar a las personas, en su propio beneficio casi siempre. Esto, que por algunos podría ser tachado de deshonesto, para ella no era ni más ni menos que una empresa jugosa, y necesaria como el aire que respiramos: la savia que extraer de una florecilla más en su camino, la minúscula larva con la que mitigar el vacío de su estómago, la dosis indispensable que una garrapata precisa para sobrevivir un día más. En su universo de placeres, sin embargo, no ocupaban un lugar relevante esas habilidades suyas; Calixta hacía lo que mejor sabía hacer, más que por puro pasatiempo, por matar, bien muerto, el rato. Y es que el peor de los males que la aquejaban era el del aburrimiento: la vida la aburría soberanamente. Tan sólo había una cosa en el mundo que la salvara de su tedio vital: los tontos. Sí, los tontos, eso era lo que más le gustaba. Y —como bien es sabido— son tantos los tontos que nos rodean, que esa afición suya, ese vicio menor que la hacía verdaderamente gozar, ese pequeño pecado inconfesable, esa alta pasión incontrolable, era fácil de saciar. Y barata. Sin embargo, a estos, a los tontos, no los instrumentalizaba como al resto de los mortales, sino que los disfrutaba igual que un entomólogo disfruta excrutando la naturaleza de un bichito nuevo, de su bichito nuevo. Le sorprendían sus ocurrencias, tan alejadas de lo predecible en los demás (sin duda menos tontos pero más vulgares, del montón, del inmenso montón en el que no figuraba ella). Calixta tenía buena conciencia de estos matices aristocráticos y libertinos de su carácter, también de su inevitabilidad y de su venenoso e incurable arraigo. A veces los pensaba como una mancha en el alma imposible de limpiar, tanto más cuanto más placer le procuraban. Su gusto enfermizo por los tontos era esa mancha con la que convivía, una pupa viva a la que alimentar, un lugar hondo en la piel que no dejaba de proporcionarle placer a medida que lo rascaba más y más. Los tontos eran en sí un universo lleno de posibilidades por explorar. Porque un loco puede desvariar tanto que se haga imposible entenderlo, pero un tonto no, un tonto bien tonto guarda un poso virgen y añorado de frescura, un espejo de aguas cristalinas donde verse reflejado, donde descubrirse a uno mismo sin vergüenzas. Así que, con el tiempo, alejó de su conciencia la consideración de enfermiza de estos gustos suyos tan íntimos y, por ende, dejó de preocuparle que todo el mundo supiera de su afición. Hasta el punto de que cuando algún amigo —¿he dicho amigo?, más bien tributario— se topaba con un tonto a estrenar, no tardaba en ofrecérselo a Calixta para que ella lo trabajara y lo disfrutara, como un regalo, como la mejor ofrenda que se podía dejar en su altar.

Así fui yo regalado a Calixta un día, como el guardia civil al farmacéutico, sin saberlo. Y sin comerlo ni beberlo engrosé su catálogo de tontos y pasé a ocupar un lugar preeminente en él: tonto entre los tontos, bufón y rey al mismo tiempo. Tanto disfrutó Calixta conmigo que, aun en mi idiotismo, siendo yo consciente de su felicidad, que era la mía, intenté por todos los medios que no se me notara ese puntito de luz, entre mis cortas luces, a través del cual yo observaba en secreto y soportaba con gusto sus mofas más hirientes (sin duda las más sutiles): tan a gusto me encontraba frente a sus ojos. Pero el amor, ¡ay, el amor!, el amor que nos hace volar o nos sume, dio al traste con todo. Por el mismo agujerito por el que yo espiaba y gozaba con dolor los escupitajos que Calixta lanzaba al fondo de mi alma, acabó ella descubriéndome un día tal y como soy, o mejor dicho, tal y como ella me hizo: bobo enamorado sin remedio. Y lo peor: se vio nítidamente reflejada en el espejo. Y eso no, eso sí que no lo pudo soportar su desengrasado corazón. Marchó lejos de todo y de todos (tal vez a la cima más alta o alejada del mundo), marchó lejos de mí, pobre tonto incapaz de rastrear su amor. Y nunca más supe ni se supo de Calixta, la chica más lista del pueblo y aun de los alrededores.

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Retrato del bufón Jester Gonella (Jean Fouquet, 1445)

“El Peo”

Más que alumbrado, parido sin remedio. Más que desarraigado, plantado entre el mortero del empedrado, como una mala hierba. El Peo, alto y rubio, hierba rara en el barrio, hierbajo, sarmiento de raíces aéreas. Qué raras se me fueron antojando las caras y las calles: donde las barricadas de los rojos, puestos de chumbos frescos en las mañanas de verano; y en las tardes de invierno, hornacinas de vírgenes de las angustias, temblorosas a la luz de las candelas. A menudo veo al Peo bajar por las cuestas del barrio, desemboca en la plaza igual que un río seco. Con su faz cadavérica, con su andar de camello viejo. Allí el aljibe lleno de fusiles en la estampida, aquí la huella de la bomba del Carril de La Lona, las Cuatro Esquinas beneméritas, el Huerto del Carlos, la pierna reventada de Frasquito “Berzana”… Por cada yunque y por cada taberna, un chivato sentado en la Plaza Larga. Ya nada queda de eso y es todo un bello decorado. Cuarenta años de paz. Ya ni El Peo vende merca. De esos cuarenta, me pregunto cuántos pasó entre rejas. Pero de aquella desmemoria baja todos los días en silencio, con sus raíces a cuestas. Indiferente a todo, a los fortines encalados y a los jazmines, a los turistas y a las vecinas viejas. Ya nada le intimida al Peo. Ya no intimida a nadie. Cruza delante de la iglesia sin prisa, de los bares, sin prisa, de los bancos, sin prisa. Ni siquiera la metadona lo apremia. Es como si un barco, el mismo barco todos los días, se hundiera una y otra vez detrás de su memoria.

SUEÑO DE VERANO NÚM. 5

Todo se tambalea, nada es seguro.
Este siglo XXI —muerto en vida que abarrota las calles,
niebla sin suelo, humo entre las horas
firmes que, sin embargo, nos arrastran—,
no se parece a nada:
no ha heredado los ojos que quisimos
ni las manos que nos acariciaron,
en él no habita el resplandor
de los siglos, ni siquiera la huella
de los mejores días por venir
está a salvo
en este siglo descarnado,
hijo de nadie,
padre de nada.
Y se pregunta mi cabeza vieja,
revieja, avejentada,
quién ha proscrito de este siglo el vértigo,
la emoción o el talento,
quién decretó esta línea recta,
quién secó el césped,
quién apagó la luz,
quién disfruta moviéndonos
este puente de mala muerte.
¿O acaso solo es que me hago viejo?
¿Soy solo yo o el mundo
también se hace viejo?
Tal vez si sólo fueran cosas de mi cabeza,
de mi vieja, revieja, de mi avejentada cabeza…
Tal vez si al menos, si acaso, por suerte,
no me entendiera ningún hijo nuestro…

SUEÑO DE VERANO NÚM. 4

Me ha despertado de la siesta el fresco de este octubre que parece que por fin ya se aviene a ser lo que es, desde luego no un mes más del verano abrasador que hemos padecido (y disfrutado). Me he dicho (o le he dicho), ¡ya está bien, octubre, cabeza loca, deja ya de travestirte, deja de jugar a ser lo que no eres, mira a tu alrededor, míranos, todos esperamos el frescor de la lluvia, mira el mapa ajado, mira la pobre tierra gallega cómo se consume por culpa de incendios devastadores y tú ni siquiera ayudas lo más mínimo, octubre, cabeza buque…! Me he despertado en lo alto de la cama, desnudo y sin tapar, y el airecillo frío ha ido soplando como un niño huérfano en cada cala ya sin bañistas: solo la espuma solitaria cerca de la orilla, esa saliva infantil y cruel que el mar escupe después de golpear los acantilados insomnes, impávidos, inconmovibles. Me ha despertado la voz de mi hija en mis brazos, como cuando era pequeña y yo miraba su boca, asombrado por el torrente de palabras y medias palabras con que describía a cada paso el mundo, un mundo nuevo, también para mí. En mis brazos alcanzaba con su menuda mano las uvas de un emparrado frondoso que engalanaba la calle. Sin duda era una noche de verbena, de domingo o de fiesta, al final del verano. Yo le explicaba qué uvas coger, pero las probábamos todas, las blancas y las negras, y todas eran casi dulces en el torrente de su boca nueva, y más dulces eran en mis ojos, que se alimentaban sólo con verla. Me ha despertado la voz de mi hija veinte años después, hablando por teléfono en la cocina, y también me ha despertado la luz fría que se escapaba de su puerta entreabierta, una luz como de invierno o de estrellas muy lejanas, y que inundaba poco a poco mi habitación.

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El verano en Lisboa

           Una vecina aguanta estoicamente entre los turistas que abarrotamos el famoso tranvía 28 de Lisboa. Nos bajamos en la misma parada y le preguntamos por una dirección, sonríe y nos da toda suerte de indicaciones. Un turista japonés camina desconfiado entre la gente, abrazado a la mochila que cuelga sobre su pecho. Las columnas manuelinas del Mosteiro dos Jerónimos son aún más bellas, si cabe, vistas desde el coro alto de la iglesia. En el avión una mujer nos contó el truco para no hacer cola al comprar los Pastéis de Belém. Callejeamos por el barrio de Alfama entre balcones con macetas y ropa tendida, pequeños miradores desde donde contemplar el mar del Tajo, casas abandonadas o casi derruidas, vendedores de hachís y tascas encantadoras. Hemos llegado al olivo frente a la Casa dos Bicos. No está Pilar, pero sí A semente e os frutos de Saramago, permanentemente expuesta entre una arquitectura espléndida. Por las colinas verdes de Sintra se mueve la niebla al atardecer y baja el frío. Las luces amarillas de las ventanas son pequeños incendios en las fachadas de colores y cada casa es un pequeño Palácio da Pena. Atravesamos como fantasmas los esqueletos del Convento do Carmo y de la pequeña torre Eiffell de Santa Justa, y aterrizamos en Rossio y Avenida da Liberdade, donde los cañones de los fusiles y los tanques dispararon un día claveles rojos. Hemos estado en Lisboa cuatro días. Entre los barrios Alto y Chiado alquilamos un estudio cerca del metro, cerca de la estación de tren, cerca del muelle y de varias paradas de autobuses y tranvías: nada excepcional, porque en Lisboa funcionan bastante bien los medios de transporte y no son caros, pese a la Troika europea. He visto muy poca gente pidiendo limosna en las calles de Lisboa, pero multitud de edificios, hasta en pleno centro, tras cuyos bellos azulejos no había nadie, no había nada. Turistas y vecinos comemos sardinas gordas y sabrosas en plena Rúa Augusta, sin marquesinas ni toldos fijos. La Torre de Belém se mece a la orilla del río, y en Cascais las grutas de Boca do Inferno no dejan de tragarse al Atlántico. Me hago una foto junto a la fea escultura de Pessoa y probamos el café de A Brasileira, los pasteles de A Brasileira, las tapas de A Brasileira, la cerveza, las copas y el váter de A Brasileira.

Nada me ata a nada.
Quiero cincuenta cosas al tiempo.
Con angustia del que tiene hambre de carne anhelo
no sé bien qué:
definidamente lo indefinido…
Duermo inquieto, y vivo en el soñar inquieto
de quien duerme inquieto, a medias soñando.

(De Lisbon revisited (1926), Fernando Pessoa)

     Un grupo de jazz inaugura la noche frente a la estatua de Chiado, en las calles se retiran los vendedores de vasos de melón y sandía, un furgón de los años veinte aparca junto a la acera, abre un lateral repleto de vinilos y CD y comienzan a sonar las primeras notas de un fado. A estas horas las sombras habrán sellado ya el pozo iniciático de Quinta da Regaleira y la alquimia de la noche confundirá las quimeras: la realidad y la utopía, la vigilia y el sueño. La marea atraviesa el delta y penetra en Cais das Colunas, hasta mañana no volverá a verse en ellas el verdín que saludara a tantos navíos venidos de ultramar. El ferry nos lleva a Cacilhas, llena de marisco y barrios humildes. En la otra orilla, sobre los turistas rubios que toman el sol de agosto y sobre el Monumento a los Descubrimientos (Padrão dos Descobrimentos: saudade del imperio perdido) que impulsara el dictador Salazar, un avión cruza el cielo cada minuto. Lisboa está viva, muy viva.

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